John Henry Newman es, sin ninguna duda, una figura sui generis. No puede calificarse exactamente como filósofo ni como teólogo. Tampoco es sólo un escritor o un pensador, ni únicamente un apologeta o un hombre de acción. El nombre de J. H. Newman evoca la vida de una persona en busca de la verdad. Una búsqueda que por momentos discurrió serena en remansos y otras veces hubo de abrirse camino entre duros obstáculos. Y, afortunadamente, Newman dejó constancia escrita tanto de sus vicisitudes como de sus descubrimientos.

La verdad que Newman buscaba no estaba limitada por adjetivos: era a la vez natural y sobrenatural, filosófica y religiosa. Amplitud que es connatural a quien, como Newman, era un auténtico amante de la sabiduría: un filósofo. En este autor la perspectiva religiosa no distorsionó su búsqueda racional de la verdad, sino que más bien la estimuló de manera máximamente comprometida. Por eso cabe estudiar a Newman también como filósofo. Precisamente aquí se destacan sus reflexiones sobre temas y métodos estrictamente racionales, filosóficos, que poseen además un enfoque que los hace extraordinariamente fecundos también para quienes cultivan la teología…

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