Por José Morales

Oxford, vinculado durante siglos a la historia de Inglaterra, originó en el medievo la contribución intelectual de teólogos como Duns Escoto y la subversión eclesiástica de predicadores como Juan de Wiclef. Lugar de la ciencia, ha sido por largo tiempo ámbito de la fe y de batallas por la fe. Oxford representa la ciudad santa del Anglicanismo, y recuerda también el movimiento de renovación religiosa de 1833 que lleva su nombre. De allí salió el converso John Newman para iniciar su vida en la Iglesia. Este ensayo evoca los inicios de Newman en el Catolicismo, dentro aún de un marco oxoniense que sus ojos ven alejarse con dolor.

CON CUANTA VIVEZA viene a la memoria el doloroso vacío, la pausa sobrecogedora que descendieron sobre Oxford cuando dejó de resonar aquella voz y nos dimos cuenta de que nunca volveríamos a escucharla.

«Desde entonces pueden haberse oído las voces de maestros poderosos pero de ninguno que penetrara el alma como él»(1).

Retirado a Littlemore desde comienzos de 1843 con un pequeño grupo de seguidores, Newman se había entregado con ímpetu a una vida de oración, penitencia y estudio. Había compuesto el «Ensayo sobre el Desarrollo de la Doctrina cristiana», que contenía la justificación intelectual de un cambio de-Credo que juzgaba próximo, y en el otoño de 1845 se disponía finalmente a dar los pasos definitivos de su conversión a la Iglesia Católica Romana.

No eran muchos los anglicanos que, como Shairp, contemplaban con nostalgia y emoción la marcha de Newman. La mayoría conformista del mundo universitario de Oxford saludó con un suspiro de alivio la desaparición de una causa de turbación y posible conflicto. El mundo anglicano al que Newman había pertenecido no podía ni deseaba percibir en aquel momento que pocos hombres en la historia de la Iglesia habían seguido los caminos de la gracia con tanta lealtad, coherencia y olvido de sí mismos.

Los dos años y medio en Littlemore habían sido para Newman y sus compañeros —el grupo más estable estaba formado, además de Newman, por John Dalgairns, Ambrose St. John, Richard Stanton y Albany J. Christie— un tiempo mucho más romano que anglicano. Los hombres de Littlemore habitaban un suelo extraño y vivían en un marco confesional que ya no era el suyo. Habían tenido que procurarse su propio espacio espiritual. La suerte estaba echada y las conversiones eran sólo cuestión de tiempo.

Con tono muy característico, Newman había escrito a Pusey el día 3 de octubre: «cualquier cosa puede ocurrirme en cualquier momento» (Cfr. LD XI,) y lo mismo comunica al fiel Henry Wilberforce: «you may expect anything now any day».

La entrada del diario correspondiente al día 5 dice «estuve todo el día dentro de casa, preparándome para una confesión general» (Cfr. LD XI). El día 7 Newman comienza a redactar y enviar cartas —alrededor de treinta— en las que anuncia definitivamente su conversión a sus familiares y a los amigos más íntimos…

 

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