Selección de textos de Newman. Adviento.

Selección de textos de Newman. Adviento.

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Rosario Athié

Unas palabras de John Henry Newman para esta temporada de Adviento, en preparación para la Navidad. Para esta ocasión, tomaremos su sermón parroquial n. 429, escrito Newman el día 30 de octubre de 1836. Nos encontramos con un joven clérigo de 35 años, profesor de Oriel College desde 1822 y párroco de la iglesia universitaria de Oxford desde 1828. Junto con sus colegas Keble y Pusey, hace tras años que promueven el Movimiento de Oxford con el fin de revitalizar la Iglesia Anglicana a la luz de la Sagrada Escritura y las enseñanzas de los Padres de los primeros siglos de la Iglesia.

En este sermón, publicado en español bajo el título de Sermones Parroquiales/5, Consideraremos la vocación del joven profeta Samuel, dedicado al Señor por su madre, quien había crecido en el Templo para servir a Dios todos los días de su vida. Anota Newman: “Una presencia tan constante en la casa de Dios haría que un alma vulgar se volviera irreverente por un exceso de acostumbramiento a las cosas santas. Pero cuando la gracia de Dios está presente, el efecto es justamente el contrario; y podemos estar seguros de que así fue en el caso de Samuel. ‘El Señor estaba con él’, se nos dice; y, por tanto, cuantos más signos exteriores veía a su alrededor, más reverente se volvía él”. 

Newman hace después una comparación entre la actitud de Samuel y la actitud de Saúl, el rey réprobo e irreverente que no supo comportarse de manera adecuada ante la presencia del Espíritu de Dios. Trasladando este antagonismo a tiempos posteriores, Newman comenta: “Siempre ha habido estos dos grupos entre quienes se dicen cristianos: cristianos de la Iglesia y cristianos que no son de la Iglesia. Y es notable, fijaos, que mientras, por un lado la reverencia por las cosas sagradas ha sido, en general, una característica de los cristianos de la Iglesia, del mismo modo la falta de reverencia ha sido la característica general de los cristianos que no son de la Iglesia. Unos han profetizado según el modelo de Samuel, los otros según el modelo de Saúl”.

Sacando consecuencias, continúa: “Es tan natural la conexión entre espíritu reverencial en el culto divino y fe en Dios que lo realmente sorprendente es cómo alguien puede imaginar siquiera que tiene fe en Dios y al mismo tiempo irreverencias con Él. Creer en Dios es creer en el ser y la presencia de Quien es Todo-Santo y Todo-Poderoso y Todo-Gracia. ¿Cómo puede alguien creer esto de Dios y tomarse libertades con Él?”

Estas palabras de Newman me han hecho recordar el asombro de un buen amigo con quien coincidí hace poco. De niño, él había sido acólito. Siendo estudiante, había dejado de practicar. Pasadas varias décadas, después de la pandemia, en aquella ocasión en que nos encontramos, observó cómo el sacerdote colocaba sobre la palma de los asistentes la Sagrada Hostia y cómo, sin más cuidados, la gente la tomaba y se iba a su lugar. Al terminar la ceremonia, me comentó: “cuando yo era acólito, recuerdo con qué cuidado me enseñaron a poner la patena mientras la gente comulgaba en la boca. La patena, donde solían caer partículas, yo debía entregarla al sacerdote con todo cuidado. Y si en alguna ocasión algo cayó al suelo, se cubrió con un paño para que nadie pisar y venía el sacerdote con otro paño a recogerlo y a limpiar el piso con todo respeto. Asombrado, sólo dijo, ¿y ahora, qué sucede?”.

Observa Newman que hay personas que piensan que la cercanía con Dios les exime del fervor: “Han decidido que el respeto es superstición, y la reverencia esclavitud”. Sin embargo, nos hace recordar las mismas palabras de Jesús, quien describe cómo la oración de publicano que se dirigía a Dios de manera “humilde y lleno de respeto, que sentía que Dios está en el Cielo y él en la tierra, que Dios es todo Santidad y Poder, y él un pobre pecador”, y esa oración era agradable a Dios. Mientras que el fariseo se expresaba con un tono “grave y solemne, pero no reverente”.

“Todo lo que hagamos en la iglesia sea hecho en espíritu de reverencia; sea hecho con el pensamiento de que estamos en la presencia de Dios. Las personas irreverentes […] encuentran el servicio de Dios aburrido y fatigoso, porque no vienen a la iglesia a honrar a Dios, sino a darse gusto a sí mismos”. Siendo fuertes estas palabras, las consecuencias son muy graves, por lo que Newman nos pregunta: “¿no está claro que los que se cansan y se aburren y se impacientan en las ceremonias religiosas aquí en la tierra, se cansarían y se aburrirían también en el Cielo?; porque ahí los querubines y serafines ‘sin descanso, día y noche dicen: Santo, santo, santo es el Señor, el Dios todopoderoso’ (Ap 4, 8)”.

Newman nos recuerda que “Dios pide el culto del corazón”, porque las formas exteriores de culto deben estar avaladas por el intento de obedecer a Dios en todo y cumplir sus deberes. “Pero si se esfuerza honradamente por obedecer a Dios, entonces su porte externo será también reverente”. 

El sermón concluye con el comentario de Newman: “Esta es la verdadera forma de ejercitar la devoción: no tener sentimientos sin obras, ni hechos sin sentimientos, sino las dos cosas, sentimientos y obras, que nuestros corazones y nuestros cuerpos se santifiquen juntos y lleguen a ser uno, que el corazón dirija los miembros del cuerpo y haga que todo nuestro ser sirva a Dios, Redentor del hombre completo, cuerpo y alma”.

¡Cómo pueden servirnos estas palabras de Newman para prepararnos con reverencia a la contemplación del Hijo de Dios encarnado! Acompañemos, en estas semanas de Adviento, a María encinta, a José su fiel y casto esposo, quienes andando hacia Belén en presencia del Santísimo por nacer, adoraban al Todopoderoso escondido en las entrañas santísimas de su Madre. 

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