Newman en Francia (1898-1908)1

Todavía en vida el pensamiento de J. H. Newman fue conocido en Francia a través de la traducción al francés de algunas de sus obras. Por ejemplo el Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana fue traducido y publicado en 1846 por Madeame Louise Boyeldieu-d’Auvigny; y una traducción de los Sermones Universitarios hecha por el Rev. Léopold Dèferriere y autorizada por el mismo Newman apareció cuatro años más tarde. Desafortunadamente la traducción del Ensayo no era muy buena, con decir que hasta el nombre de Newman estaba mal escrito. En cambio la traducción de los Sermones era buena, pero al ser casi lo único que se conoció de Newman, los lectores se llevaron la impresión de que Newman era simplemente un apologista.

Luego como afirma Philip Callaghan, tras el Concilio Vaticano I (1870) y la Guerra Franco-Prusiana (1871) el interés por Newman se fue apagando, al menos en Francia2; de tal suerte que al comenzar el nuevo siglo “las obras de Newman en francés era casi imposible encontrarlas, ni siquiera en las librerías de libros usados”3.

Pasados unos ocho años tras la muerte del Cardenal Newman, vieron la luz en Francia una serie de publicaciones sobre el pensamiento de Newman. Quizás la más importante fue la de Paul Marie Thureau-Dangin, La Renaissance Catholic en Angleterre au XIXe siècle, la cual fue publicada periódicamente a partir de 1898 hasta abarcar tres volúmenes4. A partir de aquí tuvo lugar la reaparición de Newman en Francia, pero de la mano de Alfred Loisy y de otros autores que protagonizaron la llamada crisis modernista. Así que uno debe comprender que en las primeras décadas del siglo XX el nombre de Newman tanto en Francia como en otros países de Europa quedó vinculado al modernismo.

El modernismo y Alfred Loisy

“El término modernismo, derivado del término modernidad, que conservó durante poco tiempo un sentido polivalente, acabó asumiendo una connotación negativa, una acusación contra alguien”.5 El modernismo fue de hecho un término con el que se quiso señalar a todos aquellos, principalmente teólogos, que ponían en tela de juicio los dogmas de la Iglesia. En los primeros años del siglo XX se habló del modernismo negativamente y “Pío X lo definió como ‘compendio y veneno de todas las herejías’”, mientras que el jesuita Enrico Rosa lo consideró “el sistema herético más perverso y complejo de la historia de la Iglesia”.6

Uno de los argumentos fuertes de los modernistas consistía en decir que los dogmas no eran perennes, sino que estaban sometidos a la ley de la evolución y del desarrollo, de tal manera que uno no podía considerar ninguna verdad de fe como algo innamovible, sino por el contrario como cosas pasajeras ligadas a las circunstancias de la época y a los condicionamientos históricos de cada generación. En este contexto y a propósito del desarrollo el nombre de Newman fue invocado por los autores, especialmente por Loisy, para sustentar sus propias posiciones.

Alfred Loisy (1857-1940), publicó en noviembre de 1902 el libro titulado El Evangelio y la Iglesia, dicha publicación desencadenó la crisis modernista. No sólo en este libro, sino en publicaciones previas Loisy citaba textos de Newman, principalmente tomados del Ensayo sobre el Desarrollo, a fin de desplegar sus propios puntos de vista en torno a la evolución del dogma.

Debe decirse, de todas formas, que cuando Loisy citaba a Newman no era para dar a conocer el pensamiento del Cardenal, sino para avalar una serie de tesis que él mismo ya tenía en mente7. Así que de hecho sólo tomó de Newman lo que servía a sus propios intereses. Claro está que al obrar así dejaba fuera muchos párrafos importantes de Newman. Ahora bien, como apunta Callaghan, “es preciso notar que para muchos esta presentación de Newman, era su primer encuentro con Newman el teólogo. Si ese era tal cual el pensamiento de Newman, por supuesto que no querían saber nada de él”8.

Más adelante Ferdinand Prat escribió que quizás la palabra ‘desarrollo’ era lo único común entre Loisy y el Card. Newman9. Así y con todo no se piense que Loisy quiso distorsionar deliberadamente el pensamiento de Newman, pero lo cierto es que al ser Loisy un protagonista de la controversia modernista, el pensamiento de Newman quedó atrapado en ella. De hecho cuando el papa Pío X con la encíclica Pascendi (1907) condenó el Modernismo, muchos aseguraban que el pensamiento de Newman había sido condenado con ella10.

Otro actor en la crisis modernista fue Édouard Leroy (1870-1954), quien también involucró a Newman en controversia sobre el dogma y el desarrollo. En su artículo Qu’est-ce qu’un dogme? (1905), Leroy afirmaba que Newman mismo sostenía que el dogma era un asunto práctico y nada tiene que ver con la razón o la verdad filosófica. Sin embargo párrafos aducidos por Leroy que están tomados de los Sermones Universitarios de Newman estaban sin lugar a dudas sacados de contexto. Mas como señala Callaghan “no hace falta un gran esfuerzo para colocar esos párrafos en su contexto adecuado”11.

Otros autores y otras interpretaciones del pensamiento de Newman podrían mencionarse, como por ejemplo del lado católico los nombres de Friedrich Von Hügel y de Maurice Blondel, y del lado protestante el de Auguste Sabatier12. En todo caso con esto que hemos dicho uno se da una idea de como el nombre de Newman quedó vinculado a la herejía modernista13.

Estando así las cosas resulta claro que durante las primeras décadas del siglo XX el nombre de Newman estaba marcado por la controversia y en segundo lugar es evidente que sólo se conocía a Newman parcialmente a través de pasajes selectos en manos de modernistas, las más de las veces sacados de contexto. En su momento Maurice Nédoncelle, un especialista en Newman podía decir, que fuera cual fuera la valoración que se hicera del Modernismo, lo cierto es que Newman llegó a Europa por el camino del Modernismo.14 Fue por ello que este autor junto con otros sintieron la necesidad de volver a introducir a Newman en Francia, pero esta vez al verdadero Newman.

 


1. Cfr.  Philip Callaghan, “Newman and Newmanism in France (1898-1908). An Aspect of the Development of the Modernist Crisis” (PhD diss., Institut Catholique de Paris, 1965).

2. Cfr. Ibid., 84.

3. Ibid., 206.

4. Paul Thureau-Dangin, La Renaissance Catholique en Angleterre au XIXe siècle, 3 vols. (Paris: Plon-Nourrit, 21923). El primer volumen trata sobre Newman y el Movimiento de Oxford. En conjunto esta obra fue bien recibida.

5. Maurilio Guasco, El Modernismo. Los hechos, las ideas, los personajes, Tr. Patricia Alonso, (Bilbao: Desclée de Brouwer, 2000), 23.

6. Ibid.

7. Cfr. Ibid., 155-58.

8. Ibid., 160.

9. Cfr. Ferdinand Prat, “Au Fond d’un Petit Livre,” Ètudes 97 (1903): 318-319.

10. Nicolas Lash, Newman on Development. The search for an explanation in history (Sheperdstown WV: Patmos Press, 1975), 147; Cfr. Lawrence Barmann, Baron Friedrich Von Hügel and the Modernist crisis in England (London: Cambridge University Press, 1972), 204, n. 5.

11. Callaghan, “Newman and Newmanism,” 186.

12. Auguste Sabatier, Esquisse d’une Philosphie de la Religion (Paris: Fischbacher1897).

13. Véase Chuck Talar, “Newman in France During The Modernist Period: Pierre Batiffol and Marcel Hébert,” Newman Studies Journal 2/1 (2005): 45-57.

14. En la primera edición de su Introducción a la versión francesa de la Apologia Nédoncelle escribió: “La teología de Newman, empero, ejerció un influjo inesperado a través de F. Von Hugel en los círculos modernistas, especialmente en el caso de George Tyrrell y de Alfred Loisy. Se trata de un asunto todavía reciente, tan delicado y controvertido, que prefiero simplemente señalar su existencia. Hablar de ello superficialmente sería una injusticia. Pero es históricamente cierto que el Modernismo fue uno de los principales caminos por los que Newman fue conocido en el Continente y adquirió allí su reputación”. Maurice Nédoncelle, Introduction a Apologia pro vita sua, por John Henry Newman (Paris: Bloud et Gay, 1939), 68.


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