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Con motivo del año de Newman, el Círculo John Henry Newman sus fuentes y comentadores, les compartimos esta carta escrita por el Santo Padre Juan Pablo II.

Al reverendísimo
Vincent NICHOLS
arzobispo de Birmingham

Con ocasión del II centenario del nacimiento del venerable siervo de Dios John Henry Newman, me uno de buen grado a usted, a sus hermanos en el episcopado de Inglaterra y Gales, a los sacerdotes del Oratorio de Birmingham y a la multitud de personas que en todo el mundo alaban a Dios por el don del gran cardenal inglés y por su perenne testimonio.

Reflexionando en el misterioso plan divino que se realizaba en su vida, Newman llegó a la profunda y permanente convicción de que «Dios me ha creado para que le preste un servicio determinado. Me ha encomendado una tarea que no ha dado a ningún otro. Yo tengo mi misión» (Meditaciones y devociones). Cuán verdadera nos parece ahora esta reflexión al considerar su larga vida y la influencia que ha ejercido desde su muerte. Nació en un tiempo particular, el 21 de febrero de 1801; en un lugar particular, Londres; y en una familia particular, primogénito de John Newman y Jemima Fourdrinier. Pero la misión particular que le encomendó Dios garantiza que John Henry Newman pertenece a todas las épocas, a todos los lugares y a todos los pueblos.

Newman nació en un tiempo agitado, que no sólo sufrió convulsiones políticas y militares, sino también espirituales. Las antiguas certezas se debilitaban, y los creyentes afrontaban, por una parte, la amenaza del racionalismo, y, por otra, la del fideísmo. El racionalismo implicaba un rechazo tanto de la autoridad como de la trascendencia, mientras que el fideísmo alejaba a la gente de los desafíos de la historia y de las tareas de este mundo, produciendo una dependencia deformada de la autoridad y de lo sobrenatural. En ese mundo, Newman llegó finalmente a una notable síntesis entre fe y razón, que eran para él «como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad» (Fides et ratio, Introducción; cf. ib., 74). La contemplación apasionada de la verdad lo llevó a una aceptación liberadora de la autoridad, que tiene sus raíces en Cristo, y al sentido de lo sobrenatural que abre la mente y el corazón humanos a toda la gama de posibilidades reveladas en Cristo. «Guíame, luz amable, en medio de la oscuridad que me envuelve, guíame tú», escribió Newman en «El pilar de la nube». Para él Cristo era la luz en medio de cualquier tipo de oscuridad. Para su tumba eligió como epígrafe:  Ex umbris et imaginibus in veritatem; al final del camino de su vida fue evidente que Cristo era la verdad que había encontrado.

Pero la búsqueda de Newman estuvo marcada por el dolor. Cuando comprendió plenamente la misión que Dios le había confiado, declaró:  «Por tanto, confiaré en él… Si estoy enfermo, mi enfermedad puede servirle; si estoy perplejo, mi perplejidad puede servirle… Él no hace nada en vano… Puede quitarme los amigos. Puede arrojarme entre desconocidos. Puede hacer que sienta desolación, que mi corazón se deprima, que no vea claro el futuro. Sin embargo, él sabe lo que hace» (Meditaciones y devociones).

Todas las pruebas que experimentó durante su vida, más que abatirlo o destruirlo, paradójicamente fortalecieron su fe en el Dios que lo había llamado, y robustecieron su convicción de que Dios «no hace nada en vano». Por eso, al final, lo que resplandece en Newman es el misterio de la cruz del Señor:  este fue el centro de su misión, la verdad absoluta que contempló, la «luz amable» que lo guió.

Al mismo tiempo que damos gracias a Dios por el don del venerable John Henry Newman en el II centenario de su nacimiento, le pedimos que este guía seguro y elocuente en nuestra perplejidad sea también un poderoso intercesor en todas nuestras necesidades ante el trono de la gracia.

Oremos para que pronto la Iglesia pueda proclamar oficial y públicamente la santidad ejemplar del cardenal John Henry Newman, uno de los paladines más distinguidos y versátiles de la espiritualidad inglesa.

Con mi bendición apostólica.

Vaticano, 22 de enero de 2001 

http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/letters/2001/documents/hf_jp-ii_let_20010227_john-henry-newman.html

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Publicado el Martes 18 enero 2011 por Federico Ledesma

No ponemos la mirada en las cosas que se ven
sino en las que no se ven;
porque las cosas que se ven son temporales,
mas las que no se ven, eternas.

II Cor. IV:18

Tal como lo repetimos en el Credo, hay dos mundos, “el visible y el invisible” ―el mundo que vemos y el mundo que no vemos; y el mundo que no vemos existe tan realmente como el que vemos. Existe realmente por mucho que no lo veamos. Sabemos que existe el mundo que vemos porque lo vemos. Basta con levantar los ojos y mirar a nuestro alrededor y contamos con la prueba: lo dicen nuestros ojos. Vemos el sol, la luna y las estrellas, la tierra y el cielo, colinas y valles, bosques y llanuras, mares y ríos. Y también vemos hombres, y las obras de los hombres. Vemos ciudades, y edificios fastuosos, y sus habitantes; hombre que van y vienen ocupándose de proveer para sí y para los suyos, o llevando a cabo grandes empresas, u ocupados en sus negocios. Todo aquello con lo que se topan nuestros ojos constituye un mundo. Es un mundo inmenso; llega hasta las estrellas. Podríamos desplazarnos durante miles de milenios por los cielos y aunque viajásemos más rápido que la misma luz, no alcanzaríamos sus confines. Son distancias más grandes que lo que se puede definir. Tan alto, tan ancho, tan profundo es el mundo; y con todo, también se nos acerca y se nos pone a tiro. Allí está, por todas partes; y no deja lugar a ningún otro mundo.

Y sin embargo, a pesar de este universo mundo que podemos ver, existe otro mundo, igualmente grande, igualmente cerca nuestro, y mucho más maravilloso; otro mundo alrededor nuestro, por más que no lo veamos, y más maravilloso que el mundo que vemos; por esto, si no por otra cosa: que no lo vemos. A nuestro alrededor hay innumerables seres, idas y venidas, seres vigilantes, que trabajan o que esperan, que no vemos: pertenecen a aquel otro mundo, al que no alcanzan a ver nuestros ojos, sino sólo la fe.

Detengámonos en esto. Nacemos a un mundo de sentidos; esto es, de cosas reales que yacen a nuestro alrededor, un gran conjunto de cosas se nos acerca, nos acosa a través de nuestros órganos corporales, nuestros ojos, oídos y dedos. Las sentimos, las oímos y las vemos; y sabemos que existen porque así es que las percibimos. Contamos con innumerables cosas a nuestro derredor, animadas e inanimadas. Pero una clase en particular de estas innumerables cosas se nos hacen presentes a través de los sentidos. Y más aún, mientras actúan sobre nosotros, tomamos conciencia de su presencia. Entonces las sentimos y somos conscientes de que las percibimos. No sólo las vemos, sino que además sabemos que las vemos; no sólo tenemos tratos con ellas, sino que también lo sabemos. Estamos entre hombres, y lo sabemos. Sentimos frío y hambre; sabemos qué cosas sensibles los quita. Comemos, bebemos, nos vestimos, vivimos en casas, conversamos entre nosotros y actuamos con otros y cumplimos con los deberes de la vida social; y sentimos vívidamente que lo estamos haciendo, mientras lo hacemos. Así es nuestra relación hacia una parte de las innumerables cosas que nos rodean. Actúan sobre nosotros y lo sabemos; y nosotros actuamos sobre ellas, y eso, conscientemente.
Pero todo esto no interfiere con la existencia de aquel otro mundo del que hablo, que actúa sobre nosotros, y que sin embargo no nos hace tomar conciencia de que así es. Bien puede estar tan presente como el visible y ejercer una influencia semejante al mundo que se nos revela. Y semejante mundo existe: nos los dice la Escritura.

¿Os preguntáis qué es y qué contiene? No diré que todo lo que le pertenece resulta inmensamente más importante que lo que vemos, pues entre las cosas visibles están nuestros coetáneos, nuestros compañeros, y no hay cosa creada más preciosa y noble que un hijo de hombre. Pero, aun así, tomadas como un todo, las cosas invisibles y aquellas que vemos, hay que decir que en definitiva las cosas que no vemos son más encumbradas que las que vemos. Pues, antes que nada, está Él, Aquel que está por encima de todas las cosas, que las ha creado todas, ante quién no son sino como nada y con quien nada puede compararse. Bien sabemos que Dios Todopoderoso existe más real y absolutamente que cualquiera de nuestros compañeros cuya existencia certifican nuestros sentidos; y sin embargo no lo vemos, no lo oímos, no lo sentimos, no lo encontramos.

Aparentemente, pues, las cosas que se ven no sino una parte, y una parte sólo secundaria, de los seres que nos rodean, cosa que podemos afirmar, aunque más no fuera porque el Dios Todopoderoso, el Ser entre los seres, no pertenece a su número, sino que está entre “las cosas que no se ven”.

Una vez, y una sola vez, durante treinta y tres años, condescendió en convertirse en uno de los seres que se pueden ver, cuando Él, la segunda persona de la Santísima Trinidad, nació, por una indecible merced, de la Virgen María, para aparecer en el mundo visible. Y entonces fue visto, oído, tocado; comió, bebió, durmió, conversó, anduvo, actuó como otros hombres; pero a excepción de aquel breve período, su presencia nunca fue perceptible; nunca nos ha hechos conscientes de su existencia por medio de nuestros sentidos. Vino y se retiró detrás del velo: y a nosotros, individualmente, resulta como si nunca se nos hubiese mostrado; no contamos con ninguna experiencia sensible de su presencia. Y con todo, “Él vive para siempre”.

Y en aquel otro mundo también están las almas de los muertos. Ellos también, cuando parten de aquí, de este mundo, no cesan de existir, pero se retiran de la escena de las cosas visibles; o, en otras palabras, dejan de interactuar con nosotros a través de nuestros sentidos. Viven tanto como vivían antes; pero su marco exterior a través del cual les era posible tener trato con otros hombres, es, de algún modo, no sabemos cómo, separado de ellos, y toda esa estructura exterior se seca y se marchita como hojas caídas de un árbol. Ellos permanecen, pero sin los medios habituales para acercarse y corresponder con nosotros. Como cuando un hombre pierde la voz o la mano aún existe como antes, pero ya no puede hablar, o escribir, o tener trato con nosotros; de tal modo que cuando pierde no sólo la voz o la mano sino su marco entero, se dice de él que murió―no hay nada para mostrar que se ha ido, pero nosotros hemos perdido los medios de aprehenderlo.

Más todavía: los ángeles también habitan el mundo invisible, y a su respecto se nos dice mucho más que de las almas de los fieles difuntos, pues estos últimos “descansan de sus labores; pero los ángeles están activamente empleados entre nosotros, en la Iglesia. Se dice que son “espíritus servidores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salvación” (Heb. I:14). No existe un cristiano tan modesto que no cuente con ángeles a su servicio, si vive por la fe y para el amor. Y eso, pese a que son tan grandiosos, tan gloriosos, tan puros, tan maravillosos, que con sólo verlos (en el caso que se nos permitiera) caeríamos por tierra, como a osadas le ocurrió al profeta Daniel, a pesar de ser un justo de consumada santidad. Y con todo, son nuestros “compañeros-sirvientes” y nuestros camaradas de ruta que velan cuidadosamente por nosotros, atentos para la defensa del menor de entre nosotros, con tal de que seamos de Cristo.

Que forman parte de nuestro mundo invisible se pone de manifiesto en una visión que tuvo el patriarca Jacob. Se nos refiere que cuando huyó de su hermano Esaú, “llegado a cierto lugar, pasó allí la noche, porque ya se había puesto el sol. Y tomando una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal, y acostóse en aquel sitio.” (Gén. XXVIII:11). Ni se le ocurrió que había alguna cosa maravillosa en aquel lugar. Parecía un lugar cualquiera, igual que cualquier otro. Era un lugar solitario y poco confortable: allí no había casa, se venía la noche, y se vio obligado a dormir sobre la roca pelada. Y, sin embargo, lo cierto es que todo resultó considerablemente diferente a lo que parecía. Jacob sólo vio el mundo visible; no vio el mundo invisible; y con todo, el mundo invisible estaba allí. Estaba ahí bien que no se hizo conocer inmediatamente, sino que hizo falta que le fuera manifestado sobrenaturalmente. Lo vio en sueños. “Y tuvo un sueño: he aquí una escalera que se apoyaba en la tierra, y cuya cima tocaba en el cielo; y ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y sobre ella estaba Yahvé.” He aquí el otro mundo. Ahora, observemos lo siguiente: por lo general la gente habla como si el otro mundo no existiese actualmente, aunque conceda que exista después de la muerte. No es así: existe ahora, lo veamos o no. Está entre nosotros y a nuestro alrededor. A Jacob se le mostró esto en sueños. Los ángeles lo rodeaban, aunque él no lo supiera. Y lo que Jacob vio en su sueño, es lo que el sirviente de Elías vio con sus propios ojos, y que los pastores, en el tiempo de Navidad, no sólo vieron, sino que también oyeron. Oyeron las voces de aquellos benditos espíritus que alaban a Dios día y noche en un oficio que, a nosotros en nuestra condición menos encumbrada, se nos permite participar.

Por tanto, estamos en un mundo de espíritus, tanto como en el mundo de los sentidos, y tenemos tratos con ellos, y participamos de ese mundo invisible, aunque inconscientemente. Si a alguno todo esto le parece raro, que piense por un momento que innegablemente también participamos de un tercer mundo por cierto que visible, pero del que no sabemos mucho más que acerca de las legiones de los ángeles: el mundo animal de las bestias de la tierra. A menos que estemos acostumbrados a pensar sobre esto, ¿podrá haber algo más sorprendente o maravilloso que este fenómeno de raza de seres que nos rodea y que vemos claramente y que sin embargo conocemos tan poco? ¿Que sabemos tan poco acerca de su naturaleza, de quienes no podemos describir sus intereses, ni su destino―no más que de los habitantes del sol y de la luna? Ni bien nos ponemos a pensar en este asunto―en verdad se trata de un pensamiento sobrecogedor―esto de que nos codeamos como si nada, que incluso, me animaría a decir, tenemos trato con creaturas que nos resultan tan extrañas, trato habitual con seres misteriosos, fabulosos, extrañas creaturas más poderosas que el hombre y que sin embargo están a su servicio, seres que parecen sacados de una fábula oriental… En verdad sabemos más acerca de los ángeles que sobre las bestias. Aparentemente cuentan con pasiones, hábitos, y un cierto sentido de la responsabilidad, pero están rodeados de misterio. No sabemos si pueden pecar o no, si están bajo un castigo, si han de tener otra vida después de esta. A algunos de ellos les infligimos señalados sufrimientos y como por una ley tan asombrosa cuanto inexorable, cada tanto se vengan de nosotros. De varias señaladas maneras dependemos de ellas; nos valemos de su trabajo, comemos su carne. Y con todo, aquí sólo me refiero a los animales que tenemos más a mano: pónganse a pensar en todo su vasto número, grandes y pequeños, en inmensos bosques, o en el agua, o en el aire, y luego digan si la presencia de semejante muchedumbre de tan variada naturaleza, tan extraños y salvajes en sus formas, viviendo sobre la tierra sin que se pueda establecer con qué objeto, y díganme si no son tan misteriosos, o más, que lo que las Escrituras nos dicen sobre los ángeles. ¿Acaso no está claro que hay un mundo inferior a nosotros en la escala de los seres con los que estamos conectados sin entenderlos plenamente? Por lo tanto, no es de extrañar ni difícil para la fe creer a la Escritura en lo que se refiere a nuestra conexión con un mundo más encumbrado que el nuestro.

En verdad, si hay gente para la cual le resulta dificultoso concebir la existencia entre nosotros de un mundo de espíritus porque no tienen conciencia de él, deberían recordar cuantos variopintos mundos de hecho se contienen simultáneamente en la sociedad humana. Nos referimos al mundo político, al científico, al académico, literario, religioso; y eso muy apropiadamente, porque los hombres están tan intrínsecamente relacionados con algunos, y a la vez tan distantes de otros, puesto que tienen cometidos tan diferentes y principios tan distintos y por consiguiente compromisos tan disímiles, que en un mismo lugar coinciden una cantidad de círculos de interés (como se los podría llamar), o mundos, constituidos por gente visible, pero ellos mismo invisibles, desconocidos, y lo que es más, ininteligibles los unos respecto de los otros. Los hombres se desplazan en los caminos comunes de la vida, y se parecen todos; pero no hay mucha comunión de sentimientos entre ellos; cada cual sabe poco de lo que sucede fuera de la esfera de su propio mundo. Un extranjero llegado a cualquier vecindario, contemplándolo de acuerdo a sus propios afanes e intereses, se iría de allí con impresiones totalmente diferentes e incluso totalmente equivocadas de aquel pueblo visto en su conjunto. O, en otro ejemplo, abandonad por un tiempo el ajetreo comercial y político de una gran ciudad para refugiaros en un pequeño pueblo perdido en las montañas; allí donde no existe el bombardeo de las noticias, considerad el modo de vida y los hábitos mentales de sus habitantes y decid si el mundo, considerado en sus diferentes partes, no se parece menos a sí mismo que al mundo de los ángeles que la Escritura coloca cabe nuestro.
Así, el mundo de los espíritu, por muy invisible que sea, está presente; en el presente, no en el futuro, no lejos. No está por encima del cielo, ni más allá de la tumba, está aquí y ahora: el Reino de Dios está entre nosotros. De esto habla el texto: “No ponemos la mirada en las cosas que se ven sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven, eternas.” Ya ven que el Apóstol la tenía por verdad práctica, una verdad para guiar nuestra conducta. No sólo refiere al mundo invisible, sino al deber de “contemplarlo”; no sólo lo opone a las cosas que pasan, a las cosas temporales, sino que agrega que hay allí razón de más para no mirar las de acá, sino poner la mirada más allá. Por más que la eternidad se proyecta hacia el futuro, no por eso se encuentra lejos; no porque resulte intangible, lo invisible carece de influencia. De igual modo, dice en otra epístola que “nuestra conversación está en los cielos” (Phil. III:20) y, en otro lugar, que “Dios nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús” (Ef. II:6), aparte de recordarnos que nuestra vida “está escondida con Cristo en Dios” (Col. III:3). Y parecidamente San Pedro, cuando nos dice que a Cristo lo amamos “sin haberlo visto, en Él ahora, no viéndolo, pero sí creyendo, os regocijáis con gozo inefable y gloriosísimo” (I Pet. I:8). Y San Pablo también quiere que tengamos presente que “hemos venido a ser un espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres” (I Cor. IV:9) y, en palabras ya citadas, nos habla de los ángeles como “espíritus servidores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salvación” (Hebreos I:14).

Así es el reino escondido de Dios; y, así como ahora está oculto, a su debido tiempo será manifestado.

Los hombres creen que son señores del mundo y que pueden hacer lo que les venga en gana. Creen que esta tierra les pertenece, y que tienen poder sobre sus movimientos cuando en realidad cuenta además con otros señores, y el mundo resulta ser la escena de un conflicto más alto que lo que son capaces de concebir. Contiene a los pequeñuelos de Cristo que ellos desprecian, y a sus ángeles, en los que no creen. Hasta ahora “todas las cosas”, aparentemente, “permanecen como desde el principio”, y “vendrán impostores burlones” que dirán “¿dónde están las promesas de su Parusía?” (II Pet. III:3); pero en el tiempo señalado habrá una “revelación de los hijos de Dios” (Rom. VIII:19) y los santos escondidos “brillarán como el sol en el Reino de su Padre” (Mt. XIII:43).

Cuando los ángeles aparecieron ante los pastores, fue una manifestación repentina: “Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial” (Lc. II:13). ¡Qué admirable revelación! La noche anterior había parecido igual que cualquier otra noche; tal como aquella en que Jacob tuvo su visión parecía igual que cualquier otra. Estaban vigilando sus rebaños; vigilaban a medida que pasaba la noche. Las estrellas pasaban―llegó la medianoche. No tenían la menor idea de lo que ocurriría cuando de repente se les apareció un ángel. Tales son el poder y la virtud escondida en cosas visibles, y cuando Dios así lo quiere, se manifiestan. Por un momento, le fueron manifestadas a Jacob, por un momento al siervo de Elías, por un momento a los pastores. Serán manifestadas para siempre cuando venga el Cristo en el Último Día, “en la gloria de su Padre con los santos ángeles” (Mt. XXV:31). Entonces este mundo se desvanecerá y el otro resplandecerá.

Me gustaría que pensaran en esto, mis hermanos, especialmente en esta primavera, cuando la faz de la naturaleza toda se muestra tan feraz y hermosa. Sólo una vez por año, una sola vez, el mundo que vemos exhibe sus poderes ocultos y de alguna manera se manifiesta. Entonces brotan las hojas y florecen los árboles frutales y las flores; y crece el césped y aparece el maíz. Hay como una repentina explosión que exterioriza aquella vida oculta que Dios alojó en el mundo material. ¿Y bien? Eso nos muestra, a modo de ilustración, lo que puede hacer ni bien Dios se lo manda, cuando da la voz de orden. Esta tierra, que ahora brota en forma de hojas y florecimientos algún día brotará para convertirse en un nuevo mundo de luz y de gloria, en el que veremos morar a los santos y los ángeles. ¿Quién habría pensado, a menos que no fuera por su experiencia de otras primaveras a lo largo de su vida, quién habría anticipado hace dos o tres meses, que fuera posible que la faz de la naturaleza, que entonces parecía tan inerte, se convertiría en algo tan espléndido y variado? ¡Cuán diferente es un árbol revestido de hojas y uno deshojado! ¡Cuán inverosímil parece, antes de que ocurra, que las secas y desnudas ramas de repente se vean revestidas con lo que resulta tan luminoso y refrescante! Y sin embargo, en el tiempo oportuno, los árboles se revisten de hojas. Puede que la estación se retrase, pero al fin llega. Y así es con la venida de aquella Eterna Primavera que los cristianos todos esperamos. Y en efecto, al fin aparecerá, aunque se demore un tanto; y por mucho que tarde, esperémosla porque “puesto que vendrá, no se demorará” (Habacuc, II:3). Y así decimos día tras día, “adveniat regnum tuum”, que significa: Oh Señor, muéstrate; manifiéstate; aunque tu trono esté entre los querubines, muéstrate; manifiesta tu poder y ven a ayudarnos. La tierra que vemos no nos satisface; no es más que un comienzo; pero es una promesa de algo que está más allá; incluso cuando aparece con toda su gloria y nos muestra de modo tan conmovedor lo que encierra en lo más profundo, no nos alcanza. Sabemos que hay mucho más… mucho más, escondido en aquello que vemos. Un mundo de santos y ángeles, un mundo glorioso, el palacio de Dios, la montaña del Señor de los Ejércitos, la Jerusalén Celestial, el trono de Dios y del Cristo, todas esas maravillas eternas, sin precio, misteriosas e incomprensibles, yacen escondidas en lo que vemos. Lo que vemos es el caparazón exterior de un reino eterno; y en ese reino fijamos los ojos de la fe. Resplandece, Señor, como cuando en tu Natividad los ángeles visitaron a los pastores; que tu gloria florezca y brote como las hojas de los árboles; con tu poder omnímodo haz que este mundo visible se convierta en aquel mundo más divino que aún no vemos; destruye lo que vemos para que pase y se transforme en aquello que creemos. Por resplandeciente que sea el sol, y el cielo, y las nubes; por verde que sean las hojas y los campos, por dulce que sea el canto de las aves; sabemos que no son todo lo que hay y no confundiremos la parte con el todo. Proceden de un centro de amor y bien, que es Dios mismo; pero no son el Dios todo; hablan del cielo, pero no son del cielo; no son sino rayos perdidos y pálidos reflejos de Su Imagen; no sino migas caídas de la mesa. Estamos a la espera de la venida del día de Dios, cuando todo este mundo exterior, por bello que sea, perecerá; cuando los cielos se incendiarán y la tierra se derretirá. Podemos soportar su pérdida, pues sabemos no que será más que el retiro de un velo. Sabemos que la remoción del mundo visible será la manifestación del mundo invisible. Sabemos que lo que vemos es como una pantalla que no nos deja ver a Dios y al Cristo, a sus ángeles y a sus santos. Y por la fuerza de la añoranza que tenemos de aquello que no vemos, deseamos con toda el alma y rezamos por la disolución de todo lo que vemos.
¡Bienaventurados en verdad aquellos destinados a contemplar aquellas maravillas en medio de las que se encuentran, a las que ahora miran, y que sin embargo no reconocen! ¡Benditos aquellos que a la larga verán aquello que con el ojo mortal no se ve y que sólo se contempla con la fe! Aquellas cosas maravillosas del mundo nuevo están incluso ahora como entonces serán. Son cosas inmortales y eternas; y las almas que entonces cobrarán conciencia de ellas las verán en la paz y majestad en las que siempre se mantuvieron. Pero ¿quién podrá expresar la sorpresa y gozosa admiración que descenderá sobre aquellos que las aprehendan por primera vez, y para quiénes aquella percepción resultará enteramente nueva? ¿Quién podrá imaginar los sentimientos de aquellos que, habiendo fallecido en la fe, se despertarán para el gozo?

La vida que entonces comience, lo sabemos bien, durará por siempre; y con todo, si la memoria continuará siendo lo que es para nosotros ahora, en la eternidad aquel será un día muy celebrado en la presencia del Señor, por los siglos de los siglos. En verdad, podremos crecer en conocimiento y amor por siempre jamás y sin embargo aquel primer despertar de entre los muertos, el día que será simultáneamente el de nuestro nacimiento y el de nuestros esponsales, será querido y santificado por nuestros pensamientos por toda la eternidad.

Cuando nos encontremos, después de un largo descanso, regalados con poderes renovados, cuando nos sintamos llenos del vigor de la semilla de la vida eterna aleteando en nuestro seno, cuando seamos capaces de amar a Dios todo lo que queramos, conscientes de que toda tribulación, pena, dolor, ansiedad, luto y congoja han pasado para siempre, cuando nos hallemos bendecidos por el afecto pleno de aquellos amigos terrenales que hemos amado tan pobremente y que no hemos podido proteger sino débilmente cuando estaban en la carne, y, por sobre todo, cuando estemos siendo visitados por la Presencia inefable, visible e inmediata, de Dios Todopoderoso, con su Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo y su Espíritu Santo co-eterno y co-igual con Él, aquella gran visión en la que la plenitud del júbilo y del gozo que serán por siempre jamás―¡qué pensamientos más profundos, incomunicables, inimaginables, nos acompañarán! ¡Qué secretas armonías despertadas, de las que la naturaleza humana parecía incapaz!

En verdad, todas las palabras terrenales resultan inútiles para el servicio de anticipaciones tan elevadas. Cerremos lo ojos y guardemos silencio.

“Toda carne es heno, y toda su gloria como flor del campo; se seca el heno, se marchita la flor, cuando el soplo de Yahvé pasa sobre ella. Sí, el hombre es heno; se seca la hierba, la flor se marchita, más la palabra de nuestro Dios permanece eternamente” (Is. XL:6-8).

VISTO EN DEVOCIÓN CATOLICA

https://radiocristiandad.wordpress.com/2011/01/18/homilia-del-cardenal-newman-el-mundo-invisible/

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Es el título del artículo de la Dra. Rosario Athié, Vicepresidenta y fundadora del Círculo John Henry Newman, publicado en la revista Church, Communication and Culture en Roma y el cual ha alcanzado 2,000 descargas.

Felicitamos a la Doctora Athié por este logro e invitamos a nuestro lectores, a leer el artículo en la siguiente liga:

https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/23753234.2018.1426994?src=recsys&

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Por el Instituto Nacional de Estudios Newman


2019 fue un año para recordar para el equipo de NINS. Permítanos compartir algunos aspectos destacados de nuestro emocionante año:

¡Newman fue canonizado!

El 13 de octubre de 2019, John Henry Newman fue reconocido oficialmente como un santo en la Iglesia Católica Romana. El equipo de NINS asistió a todos los eventos oficiales asociados con la canonización. Las celebraciones comenzaron la noche anterior a la canonización el sábado 12 de octubre con una vigilia de oración, que tuvo lugar en la Basílica de Santa María la Mayor. Después de la vigilia de oración se realizó un concierto de música sacra a cargo de la talentosa Schola Cantorum de la London Oratory School. Al día siguiente, el 13 de octubre de 2020, el Beato John Henry Newman fue declarado San Juan Henry Newman en una misa en la Plaza de San Pedro oficiada por el Papa Francisco. Después de la misa de canonización, el equipo de NINS asistió a una recepción con muchos dignatarios y embajadores de todo el mundo, incluido el Príncipe Carlos, quien pronunció un emotivo discurso sobre la influencia de Newman en nuestro mundo de hoy. La tarde de la canonización, el equipo de NINS asistió a un Oratorio Musical en Santa Maria en Vallicella (Chiesa Nuova). Las celebraciones en Roma concluyeron con una misa pontificia de acción de gracias, que se celebró el lunes 14 de octubre a las 10:30 a.m.en la basílica papal de San Giovanni en Laterano. Nuestra propia fundadora, la Sra. Catharine Ryan, y el director, el Dr. Bud Marr, fueron invitados por los organizadores a leer porciones de las oraciones de los fieles.

Después de una semana increíble en Roma, el equipo de NINS viajó a Inglaterra para continuar la celebración de la canonización de Newman. La primera parada en Inglaterra fue Oxford, donde el equipo asistió a una conferencia pública impartida por el obispo Robert Barron. La conferencia se llevó a cabo en la Iglesia de la Universidad de Santa María la Virgen, el mismo lugar donde Newman predicó sus sermones universitarios. Al día siguiente, el equipo de NINS recibió un recorrido por la Iglesia de Santa María y San Nicolás en Littlemore, que Newman encargó en 1835. Esa misma noche, el equipo asistió al Evento Ecuménico, nuevamente en la Iglesia de la Universidad, que fue seguido de una cena con muchas figuras notables, incluido el vicealcalde de Oxford, el concejal Mohammed Altaf Khan. Después de visitar Oxford, el equipo de NINS viajó a Birmingham, donde asistieron al lanzamiento del Museo Newman y asistieron a una misa pontificia en celebración de la canonización de Newman en el Oratorio de Birmingham. El equipo también recorrió las viviendas de Newman, su biblioteca y los archivos. Después de su breve visita a Birmingham, el equipo de NINS regresó a Londres para la ceremonia final en la serie de celebraciones, las Vísperas Solemnes, que se celebró en la Catedral de Westminster.

NINS lanzó oficialmente las colecciones digitales

¡En 2019, NINS lanzó las Colecciones Digitales, que contienen más de 40 Terabytes de datos! Como nuestro CTO, Danny Michaels escribe en un artículo para la tableta, «NINS está a la vanguardia de la ciencia de la biblioteca. Se pueden transmitir cantidades vertiginosas de datos simultáneamente a los usuarios finales y otras instituciones. Los recursos basados ​​en imágenes permanecen en su original, formato de alta resolución, mientras que los servidores de imágenes y los procesadores de imágenes aplican algoritmos que los convierten en configuraciones infinitas; recortadas, volteadas, cortadas, coloreadas, redimensionadas, etc. ¡Es el sueño de un curador! Se preservan recursos preciosos al tiempo que se otorga acceso ilimitado al mundo «. Lea más sobre las Colecciones Digitales aquí.

Simposio de primavera 2019

El Simposio de primavera de 2019, celebrado del 14 al 15 de marzo, conmemoraba el 150 aniversario del inicio del Primer Concilio Vaticano. El Dr. Bill Portier, de la Universidad de Dayton, inició el Simposio con una conferencia estimulante sobre «El Primer Concilio Vaticano, John Henry Newman, y la Creación de una Iglesia Postcristiana». El día siguiente incluyó presentaciones de Tal Howard (Universidad de Valparaíso), Shaun Blanchard (Franciscanas Misioneras de la Universidad de Nuestra Señora), Kristin Colberg (Escuela de Teología y Seminario de San Juan) y Massimo Faggioli (Universidad de Villanova). Los documentos se combinaron muy bien: el Dr. Blanchard y el Dr. Howard proporcionaron antecedentes históricos indispensables para el Concilio, mientras que la presentación del Dr. Colberg examinó la recepción del Vaticano I en las décadas posteriores a su interrupción (en 1870). El Dr. Faggioli concluyó las presentaciones con un examen de lo que ha cambiado en la Iglesia y en la sociedad durante el siglo y medio que intervino, ofreciendo algunas sugerencias sobre cómo la Iglesia tendrá que repensar su postura sobre el mundo a la luz de Los cambios en las circunstancias sociales y políticas.

Simposio de otoño de Newman 2019

El Simposio de Otoño de 2019 contó con el Reverendo Benjamin John King, PhD, Profesor Asociado de Historia de la Iglesia y Director del Programa de Grados Avanzados de la Universidad del Sur (Sewanee), quien habló sobre «Newman View of America». Al día siguiente, NINS organizó charlas estimulantes por Jonathan Buttaci de la Universidad Católica de América, David Deavel de la Universidad de St. Thomas, John F. Crosby de la Universidad Franciscana de Steubenville, Hna. Theresa Marie Chau Nguyen de la Universidad de St. Thomas , Edward Ondrako de la Universidad de Notre Dame, Bo Bonner de Mercy College of Health Science, Ramon Luzarraga de Benedictine University Mesa y Austin Walker de la Universidad de Chicago.

Premio Gailliot 2019 para Estudios Newman

El Premio Gailliot 2019 para Estudios Newman fue otorgado a la Dra. Mary Katherine Tillman, Profesora Emérita del Programa de Estudios Liberales en la Universidad de Notre Dame, y fue otorgada póstumamente al Padre. Marvin R. O’Connell (1930-2016), un destacado historiador de Notre Dame, autor de The Oxford Conspirators: A History of the Oxford Movement 1833-45. En su discurso de aceptación, la Dra. Tillman declaró:

«Newman le dio preeminencia a la persona viva, a quien vio como inmediatamente conectado con Dios a través de la conciencia. Vio la providencia permanente de Dios como algo particular para cada ser humano. Celebraba la realidad del mundo invisible, la sacramentalidad del mundo visible y el la santidad se encuentra en la vida cotidiana mediante el cumplimiento constante de los deberes y dones únicos.

Deseo ahora nombrar una importante inspiración y apoyo para mí y mi trabajo. Es él con quien comparto este premio, el difunto padre. Marvin Richard O’Connell. Lo más impresionante, como un historiador y autoridad internacionalmente aclamado en la historia de la iglesia, recibió el Premio al Logro Distinguido 2013 de la American Catholic Historical Association. Mi favorito entre sus muchos escritos es el libro titulado The Oxford Conspirators: A History of the Oxford Movement. Ese libro muy legible ilustra perfectamente cuán elocuentemente el p. Marvin hizo historia por medio de la biografía.

En el p. Marvin O’Connell, el deseo de Newman se cumplió: «Quiero que el laico intelectual sea religioso y el eclesiástico devoto sea intelectual». ¿Estaba aquí hoy, el Padre? Marvin, conmigo, daría un sincero agradecimiento por la vida y la santidad de Saint John Henry Newman y por el Instituto Nacional de Estudios Newman, ya que continúa su notable legado «.

Viendo hacia adelante:

¡2020 también promete ser un año emocionante para NINS! Algunos eventos que ya están en proceso son:

* El Simposio de Primavera 2020 se llevará a cabo del 12 al 13 de marzo en el Centro Gailliot para Estudios Newman, que contará con Timothy O’Malley, Matthew Levering y Jennifer Newsome Martin.

* La Conferencia de Otoño 2020, que este año es coorganizada por Oriel College, tendrá lugar del 28 al 30 de septiembre. La convocatoria de trabajos (que vence el 15 de marzo de 2020) se puede encontrar en newmanstudies.org/orielconference. Para obtener más información sobre la conferencia y para registrarse, visite: www.oriel.ox.ac.uk/newman.

https://www.newmanstudies.org

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John Henry Newman

«Tus ojos verán al Rey en su hermosura: verán la tierra que está muy lejos». Isaías xxxiii.)

El Profeta nos dice que, bajo el pacto del Evangelio, los siervos de Dios tendrán el privilegio de ver esas vistas celestiales que solo estaban ocultas en la Ley. Antes de que Cristo viniera era el tiempo de las sombras; pero cuando vino, trajo verdad y gracia; y como Él, quien es la Verdad, ha venido a nosotros, a cambio Él requiere que seamos sinceros y sinceros en nuestros tratos con Él.

Ser sincero y sincero es realmente ver con nuestras mentes esas grandes maravillas que Él ha realizado para que podamos verlas. Cuando Dios abrió los ojos del asno en el que montaba Balaam, vio al Ángel y actuó al verlo. Cuando abrió los ojos del joven sirviente de Eliseo, también vio los carros y los caballos de fuego, y se consoló. Y de la misma manera, los cristianos están ahora bajo la protección de una Presencia Divina, y eso es más maravilloso que cualquier otro que haya sido reconocido en los viejos tiempos. {30} Dios se reveló visiblemente a Jacob, a Job, a Moisés, a Josué y a Isaías; a nosotros se nos revela no visiblemente, sino de manera más maravillosa y verdadera; no sin la cooperación de nuestra propia voluntad, sino con nuestra fe, y por esa misma razón más sinceramente; porque la fe es el medio especial de obtener bendiciones espirituales. Por lo tanto, San Pablo ora por los efesios «para que Cristo pueda morar en sus corazones por la fe» y para que «los ojos de su entendimiento puedan ser iluminados». Y San Juan declara que «el Hijo de Dios nos ha dado un entendimiento para que podamos conocer a Aquel que es verdadero: y estamos en Aquel que es verdadero, incluso en Su Hijo Jesucristo». [Efesios. iii) 17; yo. 18. 1 Juan v. 20.]

Ya no estamos en la región de las sombras: tenemos ante nosotros al verdadero Salvador, la verdadera recompensa y los verdaderos medios de renovación espiritual. Conocemos el verdadero estado del alma por naturaleza y por gracia, el mal del pecado, las consecuencias del pecado, la forma de agradar a Dios y los motivos para actuar. Dios se nos ha revelado claramente; Él «ha destruido la cara de la cubierta que cubre a todas las personas y el velo que se extiende sobre todas las naciones». «La oscuridad ha pasado y la Luz Verdadera ahora brilla». [Es un. xxv. 7. 1 Juan ii. 8.] Y por lo tanto, digo, Él nos llama a su vez a «caminar en la luz como Él está en la luz». Los fariseos podrían tener esta excusa en su hipocresía, que la verdad no les había sido revelada; Ni siquiera tenemos este pobre motivo de falta de sinceridad. No tenemos la oportunidad de confundir una cosa con otra: la promesa se nos hace expresamente de que «nuestros maestros ya no serán llevados a una esquina, sino que nuestros ojos verán a nuestros maestros»; que «los ojos de los que ven no se oscurecerán»; que todo se llamará por su nombre correcto; que «la persona vil ya no se llamará liberal, ni se dirá que el churl es generoso»; [Es un. xxx 20; xxxii. 3, 5.] en una palabra, como dice el texto, que «nuestros ojos verán al rey en su hermosura; contemplaremos la tierra que está muy lejos». Nuestras profesiones, nuestros credos, nuestras oraciones, nuestros tratos, nuestra conversación, nuestros argumentos, nuestra enseñanza deben ser sinceros o, para usar una palabra expresiva, deben ser reales. Lo que San Pablo dice de sí mismo y de sus compañeros de trabajo, que eran verdaderos porque Cristo es verdadero, se aplica a todos los cristianos: «Nuestro regocijo es este, el testimonio de nuestra conciencia, que en simplicidad y sinceridad piadosa, no con sabiduría carnal, pero por la gracia de Dios, hemos tenido nuestra conversación en el mundo, y más abundantemente para usted, … Las cosas que propongo, propongo según la carne, que conmigo debería haber sí y no, pero como Dios es verdad, nuestra palabra hacia ti no era sí y no. Para el Hijo de Dios, Jesucristo, … no era sí y no, sino en Él sí. Para todas las promesas de Dios en él son sí, y en él amén, para la gloria de Dios por nosotros «. [2 Cor. yo. 12-20.]

Y sin embargo, apenas es necesario decirlo, nada es tan raro como la honestidad y la solidez mental; tanto, que una persona que es realmente honesta, ya es perfecta. La falta de sinceridad fue un mal que surgió dentro de la Iglesia desde el principio; Ananías y Simón no se oponían abiertamente a los Apóstoles, sino falsos hermanos. Y, al prever lo que iba a ser, nuestro Salvador es notable {32} en Su ministerio por nada más que la seriedad de los disuasivos que dirigió a los que acudieron a Él, contra tomar la religión a la ligera, o hacer promesas que eran Es probable que se rompa.

Así Él, «la Verdadera Luz, que ilumina a todo hombre que viene al mundo», «el Amén, el Testigo fiel y verdadero, el Principio de la creación de Dios» [Juan i. 9. Rev. iii. 14.] le dijo al joven Gobernante, quien lo llamó a la ligera «Buen Maestro», «¿Por qué me llamas bueno?» como le ordenó sopesar sus palabras; y luego abruptamente le dijo: «Una cosa te falta». Cuando cierto hombre profesó que lo seguiría a donde quiera que fuera, no le respondió, sino que dijo: «Los zorros tienen agujeros, y las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar a sus hijos». cabeza.» Cuando San Pedro dijo con todo su corazón en nombre de sí mismo y de sus hermanos: «¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». Él respondió directamente: «¿No te he elegido a ti doce, y uno de ustedes es ¿un diablo?» como si dijera: «Responde por ti mismo». Cuando los dos apóstoles profesaron su deseo de echar suertes con él, les preguntó si podían «beber de su copa y ser bautizados con su bautismo». Y cuando «hubo grandes multitudes con él», se volvió y dijo que, a menos que un hombre odiara las relaciones, los amigos y el yo, no podía ser su discípulo. Y luego procedió a advertir a todos los hombres que «contaran el costo» antes de que lo siguieran. Tal es la severidad misericordiosa con la que nos repele que nos puede ganar más verdaderamente. Y lo que piensa de aquellos que, después de venir a Él, recaen en una profesión {33} hueca e hipócrita, aprendemos de su lenguaje hacia los laodicenos: «Conozco tus obras, que no eres frío ni caliente: yo quisiera hacía frío o calor. Entonces, como eres tibio, y no frío ni caliente, te echaré de mi boca «. [Marque x. 17-21. Mate. viii. 20. Juan vi. 68-70. Mate. xx. 22. Lucas xiv. 25-28. Rev. iii. 15, 16.]

Tenemos un ejemplo sorprendente de la misma conducta de ese antiguo santo que prefiguraba a nuestro Señor en nombre y cargo, Joshua, el capitán del pueblo elegido al entrar en Canaán. Cuando finalmente tomaron posesión de la tierra que Moisés y sus padres habían visto «muy lejos», le dijeron: «Dios no permita que abandonemos al Señor y sirvamos a otros dioses. Nosotros … serviremos a los Señor, porque Él es nuestro Dios «. Él respondió: «No podéis servir al Señor; porque es un Dios santo; es un Dios celoso; no perdonará sus transgresiones ni sus pecados». [Josh. xxiv. 16-19.] No como si les impidiera obedecer, sino para moverlos a ser prudentes en la profesión. ¡Cómo nos recuerda su respuesta las palabras aún más horribles de San Pablo, sobre la imposibilidad de renovación después de caer por completo!

Y lo que se dice de la profesión del discipulado se aplica indudablemente en su grado a toda profesión. Hacer profesiones es jugar con herramientas afiladas, a menos que prestemos atención a lo que estamos diciendo. Las palabras tienen un significado, tanto si queremos decir ese significado como si no; y nos son imputados en su significado real, cuando nuestro no significado es culpa nuestra. El que toma el Nombre de Dios en vano, no se considera inocente porque no quiere decir nada con él, no puede enmarcar un lenguaje por sí mismo; y aquellos que hacen profesiones, de cualquier tipo, son escuchados en el sentido de esas profesiones, y no son excusados ​​porque ellos mismos no les dan sentido. «Por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado». [Mate. xii. 37.]

Ahora, esta consideración necesita ser presionada especialmente sobre los cristianos en este día; para esto es especialmente un día de profesiones. Responderás con mis propias palabras, que todas las edades han sido de profesión. Así lo han sido, de una forma u otra, pero este día en su propio sentido especial, porque este es especialmente un día de profesión individual. Este es un día en el que hay (correcta o incorrectamente) mucho juicio privado, tanta separación y diferencia, tanta predicación y enseñanza, tanta autoría, que involucra la profesión individual, la responsabilidad y la recompensa, de manera peculiarmente propia. Entonces no estará fuera de lugar si, en relación con el texto, consideramos algunas de las muchas formas en que las personas, ya sea en esta época o en otra, hacen profesiones irreales, o ven no ven, y oyen no oyen, y hablar sin dominar o tratar de dominar sus palabras. Intentaré hacer esto con cierta extensión, y en cuestiones de detalle, que no son menos importantes porque son minuciosos.

Por supuesto, es muy común en todos los asuntos, no solo en religión, hablar de manera irreal; a saber, cuando hablamos de un tema con el que nuestras mentes no están familiarizadas. Si tuviera que escuchar a una persona que no sabía nada sobre asuntos militares, dar instrucciones sobre cómo deben comportarse los soldados en el {35} servicio, o cómo se organizarán debidamente su comida y alojamiento, o su marcha, estará seguro de que sus errores serían tales como para excitar el ridículo y el desprecio de los hombres experimentados en la guerra. Si un extranjero viniera a una de nuestras ciudades, y sin dudarlo ofrezca planes para el suministro de nuestros mercados, o la administración de nuestra policía, es tan seguro que se expondrá, que el intento mismo alegaría una gran necesidad de buen sentido y modestia. Deberíamos sentir que no nos entendió, y que cuando hablaba de nosotros, estaría usando palabras sin significado. Si un hombre miope intentara decidir cuestiones de proporción y color, o un hombre sin oído para juzgar las composiciones musicales, deberíamos sentir que habló sobre y desde principios generales, por fantasía, o por deducción y argumento, no de una aprensión real de los asuntos que discutió. Sus comentarios serían teóricos e irreales.

Esta forma insustancial de hablar se instancia en el caso de personas que caen en una nueva compañía entre caras extrañas y en medio de nuevos acontecimientos. A veces forman juicios amables de hombres y cosas, a veces al revés, pero sean cuales sean sus juicios, son para aquellos que conocen a los hombres y las cosas extrañamente irreales y distorsionadas. Sienten reverencia donde no deberían; disciernen desaires donde no se pretendía ninguno; descubren significado en eventos que no tienen ninguno; les gustan los motivos; malinterpretan la manera; confunden el carácter; y forman generalizaciones y combinaciones que existen solo en sus propias mentes. {36}

Una vez más, las personas que no han atendido el tema de la moral, la política, los asuntos eclesiásticos o la teología, no conocen el valor relativo de las preguntas con las que se encuentran en estos departamentos de conocimiento. No entienden la diferencia entre un punto y otro. El uno y el otro son lo mismo para ellos. Los miran mientras los bebés miran los objetos que se encuentran con sus ojos, de una manera vaga y poco apremiante, como si no supieran si una cosa está a cien millas de distancia o cerca, ya sea grande o pequeña, dura o blanda. No tienen medios para juzgar, no hay un estándar para medir, y emiten un juicio al azar, diciendo sí o no en preguntas muy profundas, de acuerdo con su imaginación en este momento, o cuando surja algún argumento inteligente o engañoso. a través de ellos. En consecuencia, son inconsistentes; diga una cosa un día, otra al día siguiente, y si deben actuar, actúen en la oscuridad; o si pueden ayudar a actuar, no actúes; o si actúan libremente, actúan por alguna otra razón no declarada. Todo esto es para ser irreal.

Nuevamente, no puede haber un espécimen de irrealidad más apropiado que la forma en que los juicios se forman comúnmente sobre cuestiones importantes por parte de la masa de la comunidad. Continuamente se dan opiniones en el mundo sobre asuntos sobre los cuales aquellos que los ofrecen están tan poco calificados para juzgar como los ciegos sobre los colores, y eso porque nunca han ejercido sus mentes sobre los puntos en cuestión. Este es un día en el que todos los hombres están obligados a tener una opinión sobre todas las preguntas, políticas, sociales y religiosas, porque de alguna manera influyen en la decisión; sin embargo, la multitud {37} está en su mayor parte absolutamente sin capacidad de tomar parte en ella. Al decir esto, estoy lejos de querer decir que esto debe ser así: estoy lejos de negar que exista algo como el sentido común, o (lo que es mejor) el sentido religioso, que verá su camino a través de asuntos muy complejos. , o que esto se ejerce a veces en la comunidad en general sobre ciertas grandes preguntas; pero al mismo tiempo, este sentido práctico está muy lejos de existir en lo que respecta a la gran cantidad de preguntas que hoy en día se presentan ante el público, que (como bien saben todas las personas que intentan obtener la influencia de las personas de su lado) las opiniones deben adquirirse al interesar sus prejuicios o temores a su favor; no presentando una pregunta en su sustancia real y verdadera, sino coloreándola hábilmente, o seleccionando algún punto particular que pueda ser exagerado y disfrazado, y convertirse en el medio de trabajar en los sentimientos populares. Y así, el gobierno y el arte del gobierno se vuelven, tanto como la religión popular, huecos y poco sólidos.

Y, por lo tanto, es que la voz popular es tan cambiante. Un hombre o medida es el ídolo de la gente hoy, otro mañana. Nunca han ido más allá de aceptar sombras para las cosas.

Lo que se instancia en la masa se instancia también de varias maneras en individuos y en puntos de detalle. Por ejemplo, algunos hombres están decididos a ser oradores elocuentes. Usan grandes palabras e imitan las oraciones de otros; y creen que aquellos a quienes imitan tienen tan poco significado como ellos mismos, o tal vez se las arreglen para pensar que ellos mismos tienen un significado adecuado para sus palabras.

Otro tipo de irrealidad, o profesión voluntaria de lo que está por encima de nosotros, se presenta en la conducta de aquellos que repentinamente llegan al poder o al lugar. Afectan de una manera tal como creen que requiere la oficina, pero que está más allá de ellos y, por lo tanto, impropia. Desean actuar con dignidad y dejan de ser ellos mismos.

Y así, de nuevo, para tomar un caso diferente, muchos hombres, cuando se acercan a personas angustiadas y desean mostrar simpatía, a menudo se conmueven de una manera muy irreal. No estoy del todo culpando de esto; porque es muy difícil saber qué hacer, cuando, por un lado, no podemos darnos cuenta del dolor, pero queremos ser amables con quienes lo sienten. Parece necesario un tono de pena, pero (si es así) no puede ser genuino en nuestras circunstancias. Sin embargo, incluso aquí seguramente hay un camino verdadero, si pudiéramos encontrarlo, mediante el cual se puedan evitar las pretensiones, y sin embargo se demuestre respeto y consideración.

Y de la misma manera en lo que respecta a las emociones religiosas. Las personas son conscientes de la mera fuerza de las doctrinas en las que consiste el Evangelio, que deben ser afectadas de manera diversa, y también profunda e intensamente, como consecuencia de ellas. Las doctrinas del pecado original y actual, de la Divinidad y Expiación de Cristo, y del Santo Bautismo, son tan vastas que nadie puede realizarlas sin sentimientos muy complicados y profundos. La razón natural le dice a un hombre esto, y que, si él cree simple y genuinamente las doctrinas, debe tener estos sentimientos; y él profesa creer absolutamente las doctrinas, y por lo tanto profesa los sentimientos correspondientes. Pero, en verdad, tal vez él realmente no les crea absolutamente, porque tal creencia absoluta es el trabajo de mucho tiempo, y por lo tanto su profesión de sentir sobrepasa la existencia interna real del sentimiento, o se vuelve irreal. Nunca perdamos de vista dos verdades: que debemos tener nuestros corazones penetrados con el amor de Cristo y llenos de renuncia a nosotros mismos; pero que, si no lo son, profesar que lo son no los hace así.

Nuevamente, para tomar una instancia más grave de la misma falta, algunas personas oran, no como pecadores que se dirigen a su Dios, no como el Publicano que se golpea en el pecho y dice: «Dios, sé propicio a mí, pecador», sino en tal como conciben convertirse en circunstancias de culpa, de tal manera que se vuelven tan estrechas. Son conscientes de sí mismos y reflexionan sobre lo que tratan, y en lugar de acercarse realmente (por así decirlo) al propiciatorio, están llenos del pensamiento de que Dios es grande, y que el hombre es su criatura, Dios en las alturas y el hombre. en la tierra, y que están comprometidos en un servicio alto y solemne, y que deben elevarse a su carácter sublime y trascendental.

Otra forma aún más común de la misma falla, pero sin ningún pretexto o esfuerzo definitivo, es el modo en que la gente habla de la brevedad y la vanidad de la vida, la certeza de la muerte y las alegrías del cielo. Tienen lugares comunes en sus bocas, que presentan en ocasiones para el bien de los demás, o para consolarlos, o como una señal apropiada y que se convierte en una señal de atención hacia ellos. Por lo tanto, hablan a los clérigos de una manera profesa y seria, haciendo comentarios verdaderos y sólidos, {40} y en sí mismos profundos, pero sin sentido en sus bocas; o dan consejos a niños o jóvenes; o tal vez de mal humor o enfermedad se les hace hablar en una tensión religiosa como si fuera espontáneo. O cuando caen en pecado, hablan de que el hombre es frágil, del engaño del corazón humano, de la misericordia de Dios, etc.: todas estas grandes palabras, cielo, infierno, juicio, misericordia, arrepentimiento, obras, el mundo es decir, el mundo por venir, siendo poco más que «sonidos sin vida, ya sea de pipa o arpa», en sus bocas y oídos, como la «canción muy encantadora de alguien que tiene una voz agradable y puede tocar bien en un instrumento , «- como las propiedades de la conversación, o las cortesías de la buena crianza.

Estoy hablando de la conducta del mundo en general, llamada cristiana; pero lo que se ha dicho se aplica, y necesariamente, al caso de varios hombres bien dispuestos o incluso religiosos. Quiero decir, que antes de que los hombres conozcan las realidades de la vida humana, no es maravilloso que su visión de la religión sea irreal. Los jóvenes que nunca han conocido la tristeza o la ansiedad, o los sacrificios que implica la conciencia, desean comúnmente esa profundidad y seriedad de carácter, que solo la pena y la ansiedad y el sacrificio personal pueden ofrecer. No noto esto como una falla, sino como un hecho simple, que a menudo se puede ver, y que es bueno tener en cuenta. Este es el uso legítimo de este mundo, para hacernos buscar otro. Hace su parte cuando nos repele, nos repugna y nos lleva a otra parte. Su experiencia da experiencia de lo que es su antídoto, en el caso de las mentes religiosas; y nos volvemos reales en nuestra visión de lo que es espiritual por el contacto de las cosas temporales y terrenales. Y mucho más los hombres son irreales cuando tienen algún motivo secreto que los impulsa a una forma diferente de la religión, y cuando sus profesiones, por lo tanto, se ven obligadas a seguir un curso antinatural para preservar su motivo secreto. Cuando a los hombres no les gustan las conclusiones a las que conducen sus principios, o los preceptos que contiene la Escritura, no quieren que el ingenio reduzca su fuerza. Pueden enmarcar alguna teoría o disfrazarse de ciertas objeciones para defenderse; una teoría, es decir, u objeciones, que tal vez sea difícil de refutar, pero que cualquier mente bien ordenada, es decir, cualquier espectador común, percibe como antinatural e insincera.

Lo que se ha notado aquí de los individuos, ocurre incluso en el caso de Iglesias enteras, en momentos en que el amor se ha enfriado y la fe ha fallado. Todo el sistema de la Iglesia, su disciplina y ritual, son en su origen el fruto espontáneo y exuberante del verdadero principio de la religión espiritual en los corazones de sus miembros. La Iglesia invisible se ha convertido en la Iglesia visible, y sus ritos y formas externas son alimentados y animados por el poder viviente que habita en ella. Por lo tanto, cada parte es real, hasta el más mínimo detalle. Pero cuando las seducciones del mundo y la lujuria de la carne han devorado esta vida interior divina, ¿qué es la Iglesia exterior sino una cavidad y una burla, como los sepulcros blancos de los que habla nuestro Señor, un memorial de lo que fue y es? ¿no? y aunque confiamos en que la Iglesia no esté completamente abandonada por el Espíritu de verdad, al menos según la providencia ordinaria de Dios, no podemos decir eso en proporción a medida que se acerca a este estado de muerte, la gracia de su ¿Las ordenanzas, aunque no se pierden, al menos fluyen, pero una corriente escasa o incierta?

Y, por último, si esta irrealidad puede invadir la Iglesia misma, que es en esencia una institución práctica, mucho más se encuentra en las filosofías y la literatura de los hombres. La literatura es casi en su esencia irreal; porque es la exhibición de pensamiento separado de la práctica. Se supone que su hogar es la tranquilidad y la jubilación; y cuando hace más que hablar o escribir, se le acusa de transgredir sus límites. De hecho, esto constituye lo que se considera su verdadera dignidad y honor, a saber. su abstracción de los asuntos reales de la vida; su seguridad de las corrientes y vicisitudes del mundo; es decir sin hacer. Se considera que un hombre de literatura preserva su dignidad al no hacer nada; y cuando pasa a la acción, se cree que pierde su posición, como si estuviera degradando su vocación por entusiasmo y convirtiéndose en político o partidista. Por lo tanto, los simples hombres literarios pueden decir cosas fuertes contra las opiniones de su época, ya sean religiosas o políticas, sin ofender; porque nadie piensa que quieren decir nada con ellos. No se espera que avancen para actuar sobre ellos, y las simples palabras no lastiman a nadie.

Tales son algunos de los especímenes más comunes o más extendidos de profesión sin acción, o de hablar sin realmente ver y sentir. Al darme cuenta de que, {43} se debe observar, no quiero decir que dicha profesión, como se ha descrito, siempre sea culpable y errónea; de hecho, he implicado lo contrario en todas partes. A menudo es una desgracia. Realmente lleva mucho tiempo sentir y comprender las cosas como son; aprendemos a hacerlo solo gradualmente. La profesión más allá de nuestros sentimientos es solo un defecto cuando podríamos ayudarla; cuando hablamos cuando no necesitamos hablar o no sentimos cuando podríamos haberlo sentido. Corazones duros e insensibles, habladores listos e irreflexivos, estos son aquellos cuya irrealidad, como lo he denominado, es un pecado; Es el pecado de cada uno de nosotros, en proporción a que nuestros corazones están fríos o nuestras lenguas son excesivas.

Pero el mero hecho de que digamos más de lo que sentimos no es necesariamente pecaminoso. San Pedro no alcanzó el significado completo de su confesión, «Tú eres el Cristo», pero fue declarado bendecido. St. James y St. John dijeron: «Somos capaces», sin aprensión clara, pero sin ofender. Siempre prometemos cosas más grandes de lo que dominamos, y esperamos que Dios nos permita realizarlas. Nuestra promesa implica una oración por luz y fuerza. Y así, de nuevo, todos decimos el Credo, pero ¿quién lo comprende completamente? Todo lo que podemos esperar es, que estamos en el camino de entenderlo; que en parte lo entendemos; que deseamos, rezamos y nos esforzamos por entenderlo cada vez más. Nuestro Credo se convierte en una especie de oración. Las personas son culpablemente irreales en su forma de hablar, no cuando dicen más de lo que sienten, sino cuando dicen cosas diferentes de lo que sienten. Un avaro que alaba la limosna, o un cobarde que da reglas para el coraje, es {44} irreal; pero no es irreal que lo menos discuta sobre lo más grande, que los liberales descansen sobre la munificencia, o que los generosos elogien a los nobles, o que se nieguen a sí mismos a usar el lenguaje de los austeros, o que el confesor exhorte al martirio

Lo que he estado diciendo viene a esto: – sé sincero y hablarás de religión dónde, cuándo y cómo deberías; apunte a las cosas, y sus palabras serán correctas sin apuntar. Hay diez mil formas de ver este mundo, pero solo una forma correcta. El hombre de placer tiene su camino, el hombre de ganancia, y el hombre de intelecto. Pobres y ricos, gobernadores y gobernados, prósperos y descontentos, eruditos e ignorantes, cada uno tiene su propia forma de ver las cosas que le anteceden, y cada uno tiene un camino equivocado. Solo hay una forma correcta; Es la forma en que Dios mira el mundo. Apunta a mirarlo a la manera de Dios. Apunta a ver las cosas como Dios las ve. Apunta a formar juicios sobre personas, eventos, rangos, fortunas, cambios, objetos, como las formas de Dios. Apunta a mirar esta vida como Dios la mira. Apunta a mirar la vida por venir y el mundo invisible, como lo hace Dios. Apunta a «ver al Rey en su belleza». Todas las cosas que vemos no son más que sombras para nosotros y delirios, a menos que entremos en lo que realmente significan.

No es fácil aprender ese nuevo lenguaje que Cristo nos ha traído. Él ha interpretado todas las cosas para nosotros de una manera nueva; Nos ha traído una religión que arroja una nueva luz sobre todo lo que sucede. Intenta aprender este idioma. No lo obtenga de memoria ni {45} lo hable por supuesto. Intenta entender lo que dices. El tiempo es corto, la eternidad es larga; Dios es grande, el hombre es débil; se para entre el cielo y el infierno; Cristo es su salvador; Cristo ha sufrido por él. El Espíritu Santo lo santifica; el arrepentimiento lo purifica, la fe justifica, las obras salvan. Estas son verdades solemnes, que no necesitan ser dichas realmente, excepto en la forma de credo o de enseñanza; pero que debe ser guardado en el corazón. Que una cosa sea cierta, no es razón para decirlo, sino que debe hacerse; que se debe actuar sobre él; que debe hacerse nuestro propio interiormente.

Evitemos hablar, de cualquier tipo; ya sea hablar en vano, hablar en censura, o profesión ociosa, o descartar las doctrinas evangélicas, o la afectación de la filosofía, o la pretensión de elocuencia. Cuidemos de la frivolidad, el amor por la exhibición, el amor de ser hablado, el amor por la singularidad, el amor por parecer original. Apuntemos a significar lo que decimos y a decir lo que queremos decir; apuntemos a saber cuándo entendemos una verdad y cuándo no. Cuando no lo hagamos, tomemos en fe, y profesemos hacerlo. Recibamos la verdad en reverencia, y roguemos a Dios que nos dé buena voluntad, luz divina y fortaleza espiritual para que pueda dar fruto dentro de nosotros.

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Autor: Delia María Sagastegui Urteaga

John Henry Newman. Para creer hoy, hay que querer es una tesis doctoral en Teología Fundamental que ha tratado de acercarse a la genialidad de la visión antropológica holística de Newman. Partiendo del núcleo de la interioridad humana, esta visión llega al compromiso activo con la realidad. Constatando una clara analogía entre el gusto, el raciocinio, la habilidad, la inventiva para el buen juicio en la conducta práctica, jamás disocia Newman mente y espíritu. Pero reconoce el fuerte e imponente atractivo sensorial que mueve todo el aparato emocional y alcanza directamente la totalidad del ser. Este trabajo evidencia el meollo de la obra newmaniana: la antropología del hombre como ser creyente, cuya salvaguardia no es la razón, sino el estado correcto del corazón que la da a luz y la corrige del fanatismo, la credulidad y la intolerancia. Este gran maestro de la Iglesia y de la historia tiene aún mucho que decir en la actualidad. 

Delia María Sagastegui Urteaga es una cristiana que, preocupada por encontrar luz en el actual contexto secularizado, está comprometida, a nivel teológico y vital, en buscar claves que favorezcan el encuentro con Jesucristo. Ella ve en la visión holística de Newman un fuerte impulso para tal encuentro, un camino para entablar un diálogo entre la fe y las nuevas formas de vida y de pensamiento, y una importante arma para enfrentar posibles dogmatismos y sectarismos.

https://www.demdel-editions.com/culture-et-foi/262-87549-289-9782875492890.html

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Newman perteneció a la comunidad de sacerdotes del Oratorio de San Felipe Neri. Para conmemorar su fiesta, Newman escribió una novena de preparación...