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El nuevo libro sobre Newman

Libro de Casimiro Jiménez Mejía

La trayectoria del beato John Henry Newman refleja mejor que cualquier otra el ambiente moral, espiritual y religioso en Inglaterra durante el convulso siglo. XIX. Las luchas vitales del propio Newman son el mejor exponente de las contradicciones existentes en la sociedad victoriana, donde lo viejo y lo nuevo, la tradición y la innovación libraban una cruenta batalla. 

Si algo debemos destacar de la tortuosa vida de Newman, es sin duda su conversión al catolicismo, y su fe en la Divina Providencia. Por esta razón, esta biografía escrita por el sacerdote católico Casimiro Jiménez se titula “John Henry Newman, conversión y providencia”.

Con esta biografía, Casimiro pretende acercar al público la figura del Beato Newman, describiendo su trayectoria vital e intelectual, y explicando el porqué de su influencia en el mundo occidental. No se trata, pues, de un estudio para expertos en la figura del Cardenal Newman, sino de una breve biografía que permita a los lectores un primer acercamiento al pensamiento de este beato.

El libro sigue un orden cronológico, para facilitar la comprensión de los hechos a los lectores. Primero se narran las condiciones en las que se desarrollaron la infancia y la adolescencia de Newman. De las tres fuertes conversiones que el Cardenal experimentó a lo largo de su vida, la primera tuvo lugar a los 15 años, cuando Newman fue consciente de que Dios le llamaba al celibato.

Después se aborda la etapa universitaria de Newman en Oxford. El propio Cardenal siempre consideró esta etapa como una de las más felices de su vida. Tras estudiar en Oxford, Newman se convirtió en profesor de la Universidad y en párroco de Saint Mary. Poco después de ser admitido como profesor, Newman se embarcó a un viaje a Italia, donde experimentó una segunda conversión. 

Tal y como explica Casimiro, la segunda conversión de Newman fue determinante para su trayectoria intelectual. Y es que, tras este importante acontecimiento, el futuro Cardenal decidió dedicar todos sus esfuerzos a combatir el liberalismo religioso, y a encontrar una vía media entre el catolicismo romano y lo que Newman llamaba “catolicismo” ingles. Debido su vasta influencia intelectual, Newman atrajo hacia él a numerosos intelectuales oxonienses, dando comienzo al famoso “Movimiento” de Oxford. Este movimiento tuvo como principal objetivo volver a las esencias del primer cristianismo.

A partir de 1840, Newman comenzó a sentir dudas en relación con la autenticidad de la corriente anglicana. Tal y como explica el autor de esta biografía, las dudas que asaltaron a Newman no surgieron por casualidad, sino que fueron los frutos de años y años dedicados a la búsqueda de la verdad. Finalmente, en 1844, llegó la última y definitiva conversión de Newman al catolicismo.

Si bien la vida de este beato es muy conocida hasta su conversión, los hechos acaecidos después de ésta no son tan famosos. Como explica Casimiro, Newman hubo de superar graves impedimentos después de su conversión, debido a la desconfianza generalizada por parte de católicos y protestantes.  Además, Newman sufrió su propio calvario interior porque creía que sus obras católicas no tenían tanta difusión e influencia como sus obras anglicanas. 

Así pues, en los últimos capítulos, el autor posa la vista en los principales hitos de la vida de Newman como católico, desde su nombramiento y posterior dimisión como rector de la Universidad Católica de Dublín a su nombramiento como Cardenal por parte del Papa León XIII.

En definitiva, nos encontramos ante una magnífica biografía del Cardenal Newman, en la que se narran los principales hitos de esta extraordinaria e influyente figura, para que los lectores se acerquen más a la interesante trayectoria del que pronto será elevado a los altares como santo de la Iglesia Católica. 

Jiménez Mejía, Casimiro. (2019): John Henry Newman: conversión y providencia, Madrid, Digital Reasons. 

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Nueve años después de su beatificación, hoy día 1 de julio de 2019 se anuncia la fecha de la canonización de John Henry Newman: 13 de octubre de 2019.

Desde Roma nos escriben desde la Internacional Newman Friends para dar este gozoso aviso, enviado a todos los que se consideran sus amigos:

<Con profunda alegría les comunicamos que el 13 de octubre de 2019, el Papa Francisco canonizará al Beato John Henry Newman, junto con otros cuatro bienaventurados, en la plaza de San Pedro en Roma.

Cuando Newman escuchó que alguien lo había llamado santo, escribió en su seco sentido del humor: «No tengo tendencia a ser santo, es algo triste de decir. Los santos no son hombres literarios, no aman a los clásicos, no escriben Cuentos … Para mí es suficiente con oscurecer los zapatos de santos como San Felipe, si es que en el Cielo usa el negro en sus zapatos» (Letters and Diaries, tomo XIII, n. 419). A lo largo de su vida, Newman pensó que estaba lejos del ideal de santidad. Sin embargo, desde su «primera conversión» a la edad de quince años (hacia el año 1816), su esfuerzo estaba orientado hacia Dios, a quien había reconocido como Creador y centro de su vida.

Una conciencia vívida de la presencia de Dios, una fe sincera en el Apocalipsis y una disposición para asumir la responsabilidad de la salvación de las personas caracterizaron toda su vida. En el curso de su «primera conversión», eligió las siguientes palabras como un lema: «Santidad en lugar de paz». Su objetivo era superar cualquier forma de paz falsa, seguir incondicionalmente la Verdad y llevar una vida en conformidad con el Evangelio. Un día después de la muerte de Newman, el conocido periódico inglés publicó un obituario, concluyendo con estas palabras: «De una cosa podemos estar seguros, que la memoria de esta vida pura y noble, no tocada por la mundanalidad …, perdurará y que, independientemente de que Roma lo canonice o no, será canonizado en los pensamientos de personas piadosas de muchos credos en Inglaterra. El santo… en él, sobrevivirá «(The Times, 12 de agosto de 1890).

En la década de 1950, hacia el final del pontificado de Pío XII, se abrió oficialmente el proceso de canonización. Es sorprendente la claridad con la que los Papas recientes expresaron su aprecio por el cardenal inglés, subrayando también su relevancia profética para nuestros tiempos. Cuando Dominic Barberi, un sacerdote de la orden Pasionista, quien había recibido a Newman en la Iglesia Católica en 1845, fue beatificado el 27 de octubre de 1963, Pablo VI declaró que Newman «guiado únicamente por el amor de la verdad y la fidelidad a Cristo, trazó un itinerario, el más difícil, pero también el más grande, el más significativo, el más concluyente que el pensamiento humano haya llegado a tener durante el último siglo -de hecho, se podría decir durante la era moderna- para llegar a la plenitud de la sabiduría y de la paz». Pablo VI alimentó una gran veneración hacia Newman.

En una carta dirigida el 7 de abril de 1979 al Arzobispo de Birmingham, con motivo del Centenario del Cardenalato de Newman, Juan Pablo II escribió: «Newman, con una visión casi profética, estaba convencido de que estaba trabajando y sufriendo» para la defensa y afirmación de la causa de la religión y de la Iglesia, no solo en favor de su propio tiempo, sino también para el futuro. Su influencia inspiradora, como gran maestro de la fe y como guía espiritual, se percibe cada vez más claramente en nuestros días”.

Benedicto XVI, que beatificó a Newman durante una celebración eucarística en Birmingham el 19 de septiembre de 2010, declaró en su discurso con motivo de los saludos de Navidad a la Curia romana el 20 de diciembre de 2010, refiriéndose a Newman: 

“¿Por qué fue beatificado? ¿Qué tiene que decirnos? Se pueden dar muchas respuestas a estas preguntas. La primera es que debemos aprender de las tres conversiones de Newman, porque fueron pasos a lo largo de un camino espiritual que nos concierne a todos. Aquí me gustaría enfatizar solo la primera conversión: a la fe en el Dios vivo. Hasta ese momento, Newman pensó como los hombres promedio de su tiempo y, de hecho, como los hombres promedio de hoy, que no simplemente excluyen la existencia de Dios, sino que la consideran algo incierto, algo que no tiene un papel esencial que desempeñar en sus vidas. Lo que le pareció genuinamente real a él, en cuanto a los hombres de él y de nuestros días, es la cuestión empírica, que puede ser comprendida. Esta es la «realidad» según la cual uno se encuentra orientado. Lo «real» es lo que puede comprenderse, son las cosas que pueden calcularse y tomarse de la mano. En su conversión, Newman reconoció que es exactamente lo contrario: que Dios y el alma, la identidad espiritual del hombre, constituyen lo que es genuinamente real, lo que cuenta. Estos son mucho más reales que los objetos que pueden ser comprendidos. Esta conversión fue una revolución copernicana. Lo que antes parecía irreal y secundario ahora se revelaba como el elemento genuinamente decisivo. Donde se produce tal conversión, no es solo la teoría de una persona la que cambia: la forma fundamental de la vida cambia. Todos tenemos una necesidad constante de tal conversión: entonces estamos en el camino correcto».

El Papa Francisco también habla muy bien de Newman. En su Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, del 24 de noviembre de 2013, en el n. 86, cita una carta de Newman en la sección sobre las tentaciones para quienes se dedican a las labores pastorales: «En algunos lugares, evidentemente, se ha producido una ‘desertificación’ espiritual, como resultado de los intentos de algunas sociedades para construir sin Dios o para eliminar sus raíces cristianas. En esos lugares, «el mundo cristiano se está volviendo estéril y se está agotando como un terreno sobreexplotado, que se transforma en un desierto (Letters and Diaries, Tomo III, n. 204)». En este pasaje, el Santo Padre habla, con palabras de Newman, sobre la esterilidad de una vida y una actividad sin Dios, a veces verificables incluso dentro de la Iglesia. Cuanto más vivimos en comunión con Dios y servimos en favor de su plan, más podemos dar frutos duraderos>.

Con estas palabras, Sr. Mary-Birgit nos hace un resumen de la trayectoria de Newman hacia la santidad y su reconocimiento oficial. Seguramente ello llamará la atención de muchos a los que la vida de Newman podrá dar luz a sus pasos por esta tierra, camino a la morada definitiva. 

Finalmente quiero destacar que, para Newman, es a través del cultivo de la inteligencia, de la búsqueda sincera de la verdad en todos los ámbitos, como cada persona dispone su corazón a asumir con todas sus consecuencias lo que la verdad supone, tanto en el ámbito teórico, como en lo práctico y vital.

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Paula Jullian

En febrero de 2019, el Vaticano aprobó la canonización del cardenal inglés John Henry Newman (1801-1890). Pero más allá de su santidad de vida, Newman es reconocido como uno de los intelectuales más célebres de la Inglaterra victoriana. Su figura despierta un creciente interés, como lo confirman numerosas publicaciones sobre su persona y pensamiento en los últimos años, sin embargo, permanece aún bastante desconocido en el mundo hispanohablante.  

Probablemente muchos católicos, particularmente de habla castellana, han oído de John Henry Newman por su santidad de vida y su célebre conversión, pero su nombre es quizá poco conocido como un intelectual de categoría. 

Newman es uno de los pensadores más versátiles del siglo XIX, cuyo legado trasciende el mundo católico. Es considerado como un humanista en el más pleno sentido de la palabra: teólogo, filósofo, historiador, educador, ensayista, poeta y músico. La fecundidad de su vida intelectual puede abrumar. Su vasta obra quedó plasmada en 90 gruesos volúmenes, de los cuales 32 corresponden a sus cartas. Se suman los innumerables documentos personales y de trabajo sin publicar, conservados en el Birmingham Oratory Archives (BOA) hoy en proceso de digitalización.   

Newman estudió y trabajó en la universidad de Oxford, el centro del anglicanismo y la discusión intelectual del momento, donde se desempeñó como clérigo y profesor de historia, literatura y lenguas clásicas, disciplinas pertenecientes al centro del currículo universitario, por las que tenía una especial pasión.

Para ello se remontó al estudio de las fuentes del cristianismo en los Padres de la Iglesia, lo que no hizo más que llevarlo a su conversión en Roma, a pesar de que durante años la había repudiado públicamente. 

Si bien ya en su tiempo era un destacado personaje, su nombre se difundió más aún con su bullada conversión en el entorno académico. Así, tras 27 años de residencia en Oxford, debió renunciar a una posición de prestigio, incompatible con su condición de católico. Más tarde en su vida, como sacerdote fundaría una universidad, una congregación secular y un colegio, en los cuales actuaría como rector, director y profesor. 

HOMBRE DE LETRAS

Su pasión por las humanidades brotaba de su asombro ante el misterio inefable del ser humano y su incansable búsqueda de la verdad. Platón, Aristóteles y Cicerón eran sus maestros y figuras centrales en su enseñanza, con quienes ‘dialogaba’ tanto en sus clases como en sus escritos. 

Los clásicos eran para él obras donde podía vislumbrar las profundidades de la naturaleza humana, lo más sublime y lo mas decadente dentro de uno mismo. De ahí que sostenía que “el libro del hombre es llamado literatura”[1], lo que dejó bellamente expresado en el noveno discurso de “La idea de Universidad”: “La Literatura declama e insinúa, es multiforme y versátil, persuade en vez de convencer; seduce, cautiva, apela al sentido del honor, fomenta la imaginación y estimula la curiosidad. Se abre paso por medio de la alegría, la sátira, el romance, lo bello y lo placentero”[2].  

A fin de encontrar respuestas, exploró en todas las áreas del saber de sus días. Era un ávido lector de todos los temas, desde la historia y teología hasta las ciencias y la lógica formal. Su amigo James Froude escribió de él,“Su mente era universal, se interesaba por todo lo que ocurría en las ciencias, en la política o en la literatura. Nada era demasiado grande o demasiado trivial para el, en cuanto todo daba luces a la cuestión central: que era realmente el Hombre y cual era su destino”[3]

Su genialidad se ve reflejada en su enorme producción de escritos literarios, académicos y personales, que incluyen novelas, poemas, ensayos, columnas, editoriales, y unas 20.000 cartas. La riqueza de sus publicaciones radica tanto en el contenido como en el estilo. Dada la diversidad de géneros que abarcó, se le puede encajar cómodamente en una variedad de temas y estilos.

A pesar de su amor por las letras, Newman escribió poco por placer como el hubiera querido. Su obra se compone mayormente de compilaciones de sus innumerables discursos y escritos que fueron recogidos y publicados años mas tarde. A causa de esto, sus escritos se han calificado de ‘asistemáticos’ y efectivamente lo son. Se comprende ya que sus colecciones tomaron forma a lo largo de años, a menudo con prolongadas pausas de tiempo entre una parte y otra y en circunstancias disímiles. Aun así, tomaba especial cuidado en la edición y estilo para dar cohesión a textos aislados de modo que el conjunto adquiera una mayor unidad, lo que no fue siempre igualmente logrado. 

Como en el caso de todo artista, su obra solo se comprende a la luz de su historia personal. El no se consideraba a si mismo mas que un “un escritor ocasional”, cuyo trabajo fue casi siempre motivado por una “llamada a escribir”[4], es decir por una provocación a causa de circunstancias del momento o deberes que recaían sobre el. A menudo se trató de defender cuestiones filosóficas o teológicas, ataques personales o falsas acusaciones. De ahí que llego a declarar “Envidio a quienes han podido seguir su línea de interés, como tantos escritores y poetas lo hacen hoy”[5].

El POLEMISTA 

La Europa del siglo XIX destaca por las numerosas corrientes de pensamiento racionalista y liberal que se imponían en el mundo de las ideas. En el contexto británico, esta tendencia se caracterizó por las fuertes expresiones secularistas, empiristas y utilitaristas que tuvieron un gran impacto en la esfera social. Newman reaccionó y las confrontó atendiendo a argumentos filosóficos, teológicos, educacionales e incluso políticos a fin de exponer sus errores antropológicos. 

Durante su vida, dialogó básicamente con todas las manifestaciones ideológicas dominantes, objetando sus posturas por medio de cartas y editoriales en diarios y revistas, donde abría discusiones públicas que generaban acalorados debates. Esto explica la naturaleza dialógica de su obra, que se podría resumir en una gran respuesta a cuestiones en torno a la persona y la religión. 

Dentro de la diversidad de sus escritos, se distinguen su retórica directa e incisiva -característica de la prosa británica del siglo XIX- que lo convirtió en un reconocido polemista que se involucró en abiertas disputas con personajes públicos, intercambiando correspondencia incluso con los primeros ministros William Gladstone y Robert Peel y con destacados intelectuales como Charles Kingsley y Thomas Arnold, a cuyas réplicas les debemos algunas de sus obras mas prominentes. 

Sus contiendas en los medios prácticamente estrenaron una nueva forma literaria; “la literatura de la controversia”[6]. El mismo llegó a declararse un “controversialist”, cuyos agudos comentarios -propios del humor flemático inglés- hoy en día serían tildados de políticamente incorrectos. No en vano el círculo literario lo calificó como “un genio de la sátira y uno de los grandes maestros del sarcasmo de la lengua Inglesa”[7]. Sin embargo, por su calidad moral y lucidez intelectual, era respetado incluso entre sus adversarios, quienes muchas veces optaron por no replicar. 

Pero lo que definitivamente movía a Newman no era una mera confrontación de opiniones. Todo su pensamiento está fundado en su convicción de la existencia de una verdad objetiva e inmutable y la capacidad de la mente humana de aprehenderla. Argumentaba que esta no era un mero pensamiento, sino que una realidad externa a nosotros, “que existe por si misma, no porque sea comprendida por nosotros ni por dependencia de nuestra voluntad. Se refiere a la naturaleza misma de las cosas”[8]. Este principio se encuentra en el trasfondo de toda su obra.

 CONFESION DEL CORAZÓN

La obra de Newman también revela su exquisita sensibilidad, recogida en poemas y en sus miles de cartas, en que deja ver su corazón en toda su hondura; el hombre de muchos amigos, de tierno cariño por su familia y constante preocupación por sus estudiantes y cuantos se acercaban a él.

Entre las obras que nos muestran su exquisita sensibilidad se encuentra la Apologia Pro Vita Sua, una obra maestra de la literatura espiritual que ha sido comparada con Las Confesionesde San Agustín. Durante años Newman había sido objeto de calumnias y descrédito públicos a causa de su conversión y había callado, pero ante la acusación de faltar a la verdad optó por responder en un sincero y desapasionado relato del proceso de su conversión, en el que abre su alma exponiendo los motivos que le llevaron a ella, los sufrimientos por los que pasó y la paz que descubrió en la Iglesia Católica. 

Esta humilde confesión le ganó el cariño de muchos ingleses que cambiaron radicalmente su actitud hacia él. Cientos de cartas vinieron a llenar su buzón expresándole su afecto. Entre ellas la de George Elliot, quien además de celebrarle por su obra literaria, lo elogió por su valentía. La Apologíaes una joya de la mas fina prosa inglesa. 

Aunque la vida no le permitió a Newman dedicarse a la literatura como él hubiera querido, la razón de todos sus trabajos fueron un profundo amor a Dios y su intensa vida de oración. Fue él quien penetró en la realidad de la conciencia como nadie lo había hecho hasta entonces, definiéndola como la “recámara en lo mas profundo del alma, donde se encuentran Dios y el hombre cara a cara”. No es de extrañar que su lema cardenalicio fuera “cor ad cor loquitur”. Es decir “El Corazón habla al corazón’.

FUENTE: 

Suplemento Artes y Letras (p. 6) del diario ‘El Mercurio’. Domingo 10 marzo, 2019


[1]Idea of a University, discourse 9 http://www.newmanreader.org/works/idea/discourse9.html

[2]Idea of a University, discourse 9http://www.newmanreader.org/works/idea/discourse9.html

[3]James Anthony Froude. Longmans, Green & Co., London http://www.newmanreader.org/biography/jafroude.html

[4]To the Academia of the Catholic Religion http://www.newmanreader.org/works/addresses/file3.html

[5]To the Academia of the Catholic Religion. http://www.newmanreader.org/works/addresses/file3.html

[6]Ker, Ian. The Achievement of John Henry Newman, Collins, 1990, (p. 153)

[7]Richard Holt Hutton, Letters and Diaries, xxi. 61. http://www.newmanreader.org/biography/ward/volume2/chapter20.html

[8] Idea de Universidad. Parte II. Temas Universitarios. Conferencia impartida en la facultad de Filosofía y Letras universidad de Dublín.http://www.newmanreader.org/works/idea/discourse9.html

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Primera estación

Jesús es condenado a muerte

Salir de casa de Caifás, arrastrado ante Pilato y Herodes, ridiculizado, golpeado y escupido; su espalda rota por los azotes, su cabeza coronada de espinas… Jesús, que en el último día juzgará al mundo, es Él mismo condenado por jueces injustos al tormento y a una muerte abyecta.

Jesús es condenado a muerte. Su sentencia está firmada; y ¿quién la ha firmado más que yo, cada vez que caigo en el pecado? Caí, perdí la gracia que me habías dado en el bautismo. Mis pecados mortales fueron vuestra sentencia de muerte, oh Señor. El inocente sufrió por los culpables. Esos pecados míos fueron las voces que gritaron “¡crucifícale!”.

Ese afecto, ese gusto del corazón con que los cometí fueron el asentimiento que Pilato dio a la multitud vociferante. Y la dureza de corazón que vino luego, mi disgusto, mi inquietud, mi orgullosa impaciencia, mi terca insistencia en ofenderte, el amor al pecado que se apoderó de mí, ¿qué eran si no los golpes y blasfemias con que los soldados y la plebe te recibieron? ¿No ejecutaron estos sentimientos míos, rebeldes e impetuosos, la sentencia que Pilato había pronunciado?

Segunda estación

Jesús carga con la cruz

Sobre sus hombros rotos le ponen una Cruz pesada y maciza, que ha de soportar su peso cuando llegue al Calvario. Él la toma con dulzura, mansamente y con el corazón alegre, porque esa Cruz va a ser la salvación de la humanidad.

Eso es cierto; pero recuérdalo: esa Cruz agobiante es la carga de nuestros pecados. Al caer sobre sus hombros y su cuello, cayó como un trallazo. ¡Qué peso tan brutal he descargado sobre Ti, Jesús! Aunque estabas completamente preparado –porque todo lo ves en la tranquila visión de tu mente clara–, tu cuerpo frágil se tambalea cuando la Cruz cae sobre Ti. ¡Qué miserable he sido alzando mi mano contra Dios! ¿Cómo iba a pensar siquiera que me perdonaría, de no ser porque Él mismo anunció que esta amarga Pasión la sufría para poder perdonarnos? Yo reconozco, Jesús –y siento angustia en mi corazón arrepentido–, que mis pecados te han golpeado la cara, han llenado de moratones tus brazos adorables, han destrozado tu carne con hierros, te han clavado a la Cruz y te han dejado morir ahí lentamente.

Tercera estación

Jesús cae por primera vez

Jesús, doblado bajo el peso del madero alargado e irregular que lleva arrastrando, avanza lentamente entre las burlas e insultos de la multitud. La agonía en el huerto, suficiente para extenuarle, fue sólo el principio de otros muchos sufrimientos. Con todo su corazón, sigue adelante pero le fallan las fuerzas y cae.

Sí; es lo que temía. Jesús, mi Señor fuerte y poderoso, es por un momento más débil que nuestros pecados. Jesús cae, pero llevó el peso. Se tambalea, pero se levanta con la Cruz de nuevo y sigue adelante. Él ha caído para que tú, alma mía, tengas un anuncio y un recordatorio de tus pecados.

Me arrepentí de mis pecados y, durante un tiempo, fui adelante; pero al final la tentación me venció y me vine abajo. De repente, pareció que todos mis buenos hábitos desaparecerían; como si me despojaran de un vestido, así de rápida y completamente perdí la gracia. En ese momento miré a mi Señor… Se había desplomado. Me cubrí la cara con las manos, en un estado de tremenda confusión.

Cuarta estación

Jesús encuentra a su madre

Jesús se pone en pie; se ha herido en la caída, pero sigue adelante con la Cruz sobre los hombros. Va encorvado, pero alza la cabeza un momento y ve a su Madre. Se miran sólo un instante, y Él avanza.

De ser posible, María hubiera preferido padecer ella todos los sufrimientos de su Hijo, antes que estar lejos y no haberlos presenciado. También para Él fue un alivio, una brisa fresca y consoladora, verla, ver su triste sonrisa entre las miradas y ruidos que le cercan. Ella le había visto en su plenitud humana y en su gloria, había contemplado su rostro, fresco de paz e inocencia divinas. Ahora le veía tan cambiado, tan deformado que lo reconoció con dificultad, sólo por esa mirada que le dirigió, profunda, intensa, llena de paz. Ahora me cargaba con el peso de los pecados del mundo, el rostro de Jesús, santidad absoluta, exhibía la imagen de todas las maldades. Parecía un criminal que esconde una culpa horrible. Él, que no conoció pecado, fue hecho pecado por nosotros. Ni uno solo de sus rasgos, ninguno de sus miembros expresaba sino culpa, maldición, castigo, angustia.

¡Qué encuentro entre Madre e Hijo! Uno y otra se consolaron porque existía un mismo sentir. Jesús y María: ¿llegarán a olvidar, en toda la eternidad, aquella marea de dolor?

Quinta estación

Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz

Las fuerzas terminan por fallarle del todo y ya no puede seguir. Los verdugos, perplejos, se quedan parados. ¿Qué hacer? ¿Cómo va a llegar al Calvario? Pronto se fijan en uno que parece fuerte y ágil, Simón de Cirene. Lo agarran y le obligan a llevar la Cruz con Jesús. Mirar al dolor en persona taladra el corazón de aquel hombre. ¡Qué honor! ¡Feliz tú, predilecto de Dios! Y con alegría carga con su parte de la Cruz.

Ha sido por la oración de María. Jesús oraba, pero no por Él; sólo que pudiera beber hasta el final el cáliz del dolor y cumplir la voluntad de su Padre. Pero ella actuó como una madre: fue tras Él con la oración, ya que no podía ayudarle de otra manera. Ella envió a aquel hombre a ayudarle. Ella hizo que los soldados vieran que podían acabar con Él. Madre amable, haz lo mismo con nosotros. Pide siempre por nosotros, Madre Santa; mientras estemos en el camino, ruega por nosotros, sea cual sea nuestra Cruz. Pide por nosotros, caídos, y nos levantaremos. Pide por nosotros cuando el dolor, la angustia o la enfermedad nos lleguen. Pide por nosotros cuando nos hunda el poder de la tentación y envíanos un fiel siervo tuyo a socorrernos. Y si merecemos reparar por nuestros pecados en la otra vida, mándanos un Angel bueno que nos dé momentos de respiro. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.

Sexta estación

La Verónica limpia el rostro de Jesús

Mientras Jesús asciende la colina lenta y pesadamente, bañado en el sudor de la muerte, una mujer se abre paso entre la muchedumbre y le seca el rostro con un lienzo. En pago por su compasión, el sagrado rostro queda impreso en la tela.

Aquella ayuda enviada por la ternura de una Madre no fue todo. Sus oraciones llevaron a Verónica, lo mismo que a Simón, hasta Jesús. A Simón para un trabajo de hombre; a Verónica, de mujer. Ella le sirvió mientras pudo con su afecto. Lo mismo que la Magdalena vertió el ungüento en el banquete, Verónica le ofreció su lienzo en la Pasión. “¿Qué más no haría yo?”, decía. “Ojalá tuviera la fuerza de Simón, para cargar yo también con la Cruz”. Pero sólo los hombres pueden ayudarle a Él, Sumo Sacerdote, cuando ofrece el solemne sacrificio. Jesús, concédenos servirte según nuestra situación y, lo mismo que aceptaste ayuda en tu hora de dolor, danos el apoyo de tu gracia cuando el Enemigo nos ataque.

Siento que no puedo resistir la tentación, el cansancio, el desaliento y el pecado; entonces, ¿de qué sirve buscar a Dios? Caeré, Amado Salvador mío, es seguro que caeré, si Tú no renuevas mis fuerzas, como las águilas, y me llenas de vida por dentro con el amoroso toque de tus sacramentos.

Séptima estación

Jesús cae por segunda vez

A cada paso crecen el dolor de sus heridas y la pérdida de sangre. Los miembros le fallan otra vez y Jesús cae al suelo.

¿Qué ha hecho Él para merecer esto? ¿Es este el pago que el tan esperado Mesías recibe del pueblo elegido, los hijos de Israel? Sé la respuesta: Él cae porque yo he caído. He caído otra vez. Yo sé bien que sin Tu gracia, Señor, no puedo mantenerme en pie; creía estar cerca de Ti pero he perdido tu gracia una vez más. He dejado enfriar mi devoción, he cumplido tus mandamientos de manera rutinaria y formal, sin afecto interior; así he ido también a los sacramentos, a la Eucaristía. Me volví tibio. Creí que la batalla había terminado, y dejé de luchar. No tenía una fe viva, perdí el sentido de lo espiritual. Cumplía mis deberes por puro hábito y porque los demás lo vieran. Yo debía ser una criatura completamente renovada, vivir de fe, de esperanza, de amor; pero pensaba más en este mundo que en el que ha de venir. Terminé por olvidar que soy siervo de Dios, seguí el camino ancho que lleva a la destrucción y no el otro, estrecho, que lleva a la vida. Así me aparté de Ti.

Octava estación

Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Al ver los sufrimientos de Jesús, las santas mujeres sienten tal punzada de dolor que, sin importarles las consecuencias, gritan su pena y le compadecen a voces. Jesús se vuelve a ellas: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por Mí sino por vosotras y por vuestros hijos”.

Señor, ¿soy yo uno de esos hijos pecadores por los que Tú invitas a llorar? “No lloréis por Mí, que soy el Cordero de Dios y, por voluntad propia, estoy pagando por los pecados de los hombres. Sufro ahora, pero después triunfaré, y cuando triunfe, las almas por las que ahora muero serán mis amigos más queridos o enemigos inmerecidos”.

¿Es posible? ¿Cómo soportar el pensamiento de que Tú, Señor, lloraste por mí –¡Tú lloraste por mí!– como lloraste por Jerusalén? ¿Es posible que, por tu Pasión y Muerte, yo me pierda en vez de ser rescatado? Señor, no me dejes. ¡Soy tan poca cosa, hay tal miseria en mi corazón y tan poca fuerza en mi espíritu para hacerle frente! Señor, ten piedad de mí. Es tan difícil apartar de mi corazón el espíritu del mal. Sólo Tú puedes echarlo lejos.

Novena estación

Jesús cae por tercera vez

Ya casi había alcanzado lo alto del Calvario, pero antes de llegar al punto donde va a ser crucificado, Jesús cae otra vez; y de nuevo es arrastrado y empujado brutalmente por los soldados.

La Escritura habla de tres caídas del diablo. La primera fue al comienzo del mundo; la segunda, cuando el Evangelio y el Reino de los Cielos se anunciaban al mundo; la tercera cuando acaben todas las cosas. La primera la cuenta el evangelista San Juan: “Se produjo un gran combate en los cielos. Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón, y el dragón luchaba, y sus ángeles. Pero no lograron vencer y perdieron su lugar en los cielos. El gran dragón fue expulsado, la serpiente antigua, la que se llama diablo y Satanás”. La segunda caída, en tiempos del Evangelio, la cuenta el Señor: “Veía a Satanás, como el rayo, caer desde el cielo”. La tercera, también San Juan: “Cayó del cielo fuego divino y el diablo fue arrojado al estanque de fuego”.

Cuando el Maligno movió a Judas a traicionar a nuestro Señor, pensaba en estas tres caídas, la pasada, la presente y la futura. Esta fue su hora. Nuestro Señor, al ser apresado, dijo a sus enemigos: “Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”. Satanás sabía que su tiempo era corto y se aprestó a emplearlo; pero sin advertir que sus actos apresuraban la salvación del mundo que nuestro Señor traía con su Pasión y Muerte. Como venganza, y –eso pensaba– seguro de su triunfo, le golpeó una, dos, tres veces, cada vez con más fuerza. El peso de la Cruz, la brutalidad de los sayones y la turba no fueron más que instrumentos. Jesús, Hijo único de Dios, Verbo Encarnado, Te alabamos, Te adoramos, Te ofrecemos nuestro amor porque te has abajado tanto, hasta someterte al poder del enemigo de Dios y del hombre, para salvarnos así a nosotros de ser eternamente siervos suyos.

Esta es la peor caída de las tres. Las fuerzas le fallan completamente y pasa un poco hasta que los soldados le levantan. No es más que un signo de lo que me pasará a mí, cada vez más tibio. Desde el principio Jesús ve el final. Pensaba en mí mientras se arrastraba subiendo la colina del Calvario. Veía que yo volvería a caer, a pesar de tantas advertencias y ayudas. Vio que pondría la confianza en mí mismo y que entonces el enemigo me sorprendería con tentaciones. Yo creía conocer mis defectos; sabía dónde era fuerte, pero Satanás fue hacia ese punto débil, mi autosuficiencia, e hizo estragos.

Me faltaba humildad. Creía que a mí el mal no podía tocarme, que había superado el peligro de pecar; pensaba que era fácil ir al cielo y no estaba vigilante. Todo por orgullo. Por eso caí de nuevo, por tercera vez.

Décima estación

Jesús es despojado de sus vestiduras

Por fin llega al lugar del sacrificio y se preparan para crucificarle. Desgarran sus vestiduras sobre su cuerpo sangrante, que queda expuesto –Él, Santo de los Santos– a la mirada y al burdo griterío de la multitud.

Tú, Señor, fuiste despojado de todo en tu Pasión y expuesto a la curiosidad y a la burla de la gente; haz que me desprenda de mí mismo, aquí y ahora, para que en el último día no me cubra de bochorno ante los ángeles y los hombres. Tú soportaste la vergüenza del Calvario para librarme a mí de la vergüenza del Juicio Final. Tú, que nada tenías de que avergonzarte, sufriste vergüenza por haber tomado la naturaleza humana. Cuando te quitaron los vestidos, tu cuerpo inocente fue humilde y amorosamente adorado por los ángeles más escogidos: te rodearon mudos de asombro, atónitos de tu belleza, temblando ante tu anonadamiento.

Señor, ¿qué sería de mí si me tomaras y, despojado del ropaje de tu gracia, me vieran tal como soy realmente? ¡Cuánta suciedad! Incluso limpio de pecado mortal, ¡cuánta miseria en mis pecados veniales! ¿Cómo voy a presentarme ante los ángeles y ante Ti si Tú no quemas tanta lepra con el fuego del Purgatorio?

Undécima estación

Jesús, clavado en la Cruz

Fijan a Jesús en la Cruz, tendida sobre el suelo. Con mucho esfuerzo y después de bandearse pesadamente a un lado y otro, la Cruz acaba por hincarse en el hueco abierto en la tierra. O quizá –como piensan otros– la Cruz es primero erguida y luego, Jesús alzado y clavado al madero. Mientras los verdugos clavan salvajemente los enormes clavos, Él se ofrece al Padre Eterno en rescate por la humanidad. Caen los martillazos, la sangre salta.

Sí; pusieron en alto la Cruz, colocaron una escalera y habiéndole desnudado, le hicieron subir. Agarrando débilmente con las manos la escalera, los peldaños, subiendo con esfuerzo, lentos e inseguros los pies, y resbalando, si los soldados no estuvieran allí para sujetarle, habría caído al suelo. Al alcanzar la base para apoyar los pies, se giró con modestia y dulzura hacia la muchedumbre enfurecida, alargando las manos como si quisiera abrazarles. Después, con amor, puso sus manos en el travesaño esperando a que los verdugos, con clavos y martillos, perforaran sus manos y le clavaran a la Cruz. Ahí cuelga ahora, enigma para el mundo, temor de los demonios, asombro inexplicable, pero también alegría y adoración de los Ángeles.

Duódécima estación

Jesús muere en la Cruz

Jesús, tres horas colgado. En ese tiempo, reza por quienes le matan, promete el Paraíso al ladrón arrepentido y entrega su Madre Bendita al cuidado de San Juan. Con todo ya cumplido, inclina la cabeza y entrega el espíritu.

Ya ha pasado lo peor. El Santo, muerto, se ha ido. El más compasivo de los hijos de los hombres, el que ha derrochado más amor, el más santo, ya no está. Jesús ha muerto y en su muerte ha muerto mi pecado. De una vez por todas, ante los hombres y ante los ángeles, rechazo el pecado para siempre. En este momento me entrego a Dios del todo. Amar a Dios será mi primordial empeño. Con la ayuda de su gracia crearé en mi corazón aborrecimiento y dolor profundo por mis pecados. Me empeñaré en detestar el pecado, tanto como antes lo amé. En las manos de Dios me pongo, y no a medias sino del todo, sin reservas. Te prometo, Señor, con la ayuda de tu gracia, huir de las tentaciones, evitar toda ocasión de pecado, escapar enseguida de la voz del Maligno, ser constante en la oración: morir al pecado, para que Tú no hayas muerto en la Cruz por mí, en vano.

Decimotercera estación

Bajan a Jesús de la cruz y lo entregan a su madre

La gente se ha ido a casa. El Calvario queda solitario y en silencio; sólo Juan y las santas mujeres están allí. Llegan José de Arimatea y Nicodemo, bajan de la Cruz el cuerpo de Jesús, y lo ponen en brazos de María.

Por fin, María, tomas posesión de tu hijo. Ahora que sus enemigos ya no pueden hacer más, te lo dejan, como un despojo. Mientras esos amigos inesperados hacen su difícil tarea, tú le miras con pensamientos que jamás encontrarán palabras. Tu corazón lo atraviesa aquella espada de que habló Simeón. Madre dolorosa, en tu dolor hay una alegría aún más grande. La alegría que iba a venir te dio fuerzas para permanecer junto a Él colgado de la Cruz. Con más fuerza ahora, sin desvanecerte, sin temblar, recibes su cuerpo en tus brazos, en tu regazo maternal.

Eres inmensamente feliz ahora que ha vuelto a ti. De tu casa salió, oh Madre de Dios, con toda la fuerza y la belleza de su Humanidad; a ti vuelve descalabrado, hecho pedazos, mutilado, muerto. Y, a pesar de todo, Madre Bendita, más feliz eres en este momento atroz que aquel día de las bodas, cuando estaba a punto de irse; pero a partir de ahora, el Salvador Resucitado nunca más se separará de ti.

Decimocuarta estación

El cuerpo de Jesús es puesto en el sepulcro

Sólo tres cortos días, un día y medio… María tiene que dejarte. Todavía no ha resucitado.

Los amigos lo toman de sus brazos y lo ponen en una sepultura digna. Y la cierran con cuidado, hasta que llegue el momento de su Resurrección.

Reposa, duerme en paz un poco, en la quietud del sepulcro, amado Señor nuestro, y después levántate y reina sobre tus hijos para siempre. Como las fieles mujeres, también nosotros te velaremos, porque todo nuestro tesoro, nuestra vida entera, está puesta en Ti. Y cuando nos llegue la hora de morir, concédenos, dulce Jesús, dormir en paz nosotros también el sueño de los santos. Que durmamos en paz ese breve intervalo entre nuestra muerte y la resurrección de todos los hombres. Guárdanos del enemigo, sálvanos del castigo eterno. Que nuestros amigos nos recuerden y recen por nosotros, Señor. Que por el sacrificio de la Misa las penas del Purgatorio –que hemos merecido y que sinceramente aceptamos– pasen pronto. Concédenos momentos de alivio allí, envuélvenos en santas esperanzas y acompáñanos mientras reunimos fuerzas para subir a los Cielos. Permite a nuestros Ángeles Custodios que nos ayuden a remontar aquella escala de gloria que vio Jacob y que lleva de la tierra al cielo.

Y al llegar, que las puertas de lo Eterno se abran ante nosotros con música de Ángeles, que nos reciba san Pedro y que nuestra Señora, la gloriosa Reina de los santos, nos abrace y nos lleve a Ti y tu Padre Eterno y a tu Espíritu, tres Personas, Un solo Dios, para participar en su Reino por los siglos de los siglos.

Topic del III Coloquio Internacional John Henry Newman, sus fuentes y comentadores: La educación liberal La educación liberal que propuso John Henry Newman para la Universidad Católica de Irlanda en el siglo XIX sigue vigente. Para él, el fin de la universidad es el saber, y su focus central es la formación de la inteligencia. Lo demás, vendría por añadidura. Entre las habilidades intelectuales que busca desarrollar es el hábito filosófico, sin el cual la capacidad de vincular y dar unidad a los distintos saberes, la búsqueda sincera de la verdad, y la capacidad para resolver problemas teóricos y prácticos se imposibilita. El estudio de la gramática, de la literatura, de la historia, de las diversas lenguas y culturas llegan a armonizarse en la mente gracias a este hábito filosófico. En The Idea of a University, Newman describe lo que él considera que es un verdadero gentleman, más allá de un hombre frío y sereno, como fue el ideal británico a la luz del Capitán Horatio Nelson. El gentleman para Newman es un hombre culto, un hombre sabio, que ha formado y “amueblado” adecuadamente su mente, pero, sobre todo, tiene visión de conjunto, distingue entre lo importante y lo secundario, lo lejano y lo cercano y, sobre todo, el valor de cada persona. Todos estos efectos positivos, por un lado, son manifestaciones del hábito filosófico y, por otro lado, de un adecuado dominio de sí y la forja del carácter, que abren a un conocimiento más acabado de la realidad posibilitando así el conocimiento de Dios a través de la teología. No se trata entonces de buscar un resultado al incluir materias filosóficas o teológicas en los estudios universitarios, sino de crear ámbitos adecuados para el diálogo y la reflexión, la interiorización de lo que otros sabios han propuesto para el mejor conocimiento de sí mismo y de la naturaleza humana que compartimos. Es verdad que la filosofía y la teología son saberes abarcantes de la realidad, que ayudan a esta comprensión de conjunto, pero el hábito se forma con la práctica, con el diálogo, en el debate, en la reflexión y expresión de nuestros pensamientos y en el intercambio entre profesores y alumnos. Este III Coloquio sobre John Henry Newman, sus fuentes y comentadores, tiene como propósito el crear este ambiente de diálogo sobre la educación universitaria.

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CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA Fundada el 12 de octubre de 1927 “La Lengua es la Patria” Santo Domingo, República Dominicana

ACTIVIDADES ACADÉMICAS DE SEPTIEMBRE DE 2018

Estimados académicos:
Mediante esta comunicación les remito una reseña de las actividades realizadas en la
Academia Dominicana de la Lengua en el mes de septiembre de 2018.

Con mi distinción y afecto, reciban mis saludos cordiales.

Dr. Bruno Rosario Candelier

Director.-
Dirección postal
Academia Dominicana de la Lengua
Calle Mercedes 204, Ciudad Colonial,
Santo Domingo, República Dominicana

Dirección electrónica
Teléfono 809-687-9197
http:www.academia.org.do

COLOQUIO SOBRE LA POETA COLOMBIANA HELENA OSPINA

En su sede oficial de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, la Academia
Dominicana de la Lengua celebró un coloquio literario sobre la obra de Helena Ospina
Garcés, poeta, ensayista y promotora cultural colombiana, quien fuera correspondiente
de la ADL.
La actividad estuvo presidida por los miembros directivos de la institución,
Federico Henríquez Gratereaux, Manuel Núñez, Juan José Jiménez Sabater y Bruno
Rosario Candelier. Y de Costa Rica, Víctor Valembois, Jorge Chen y Gabriel Quesada,
quienes compartieron con la escritora en la editora Promesa y la Universidad de Costa
Rica.
La administradora de Promesa, Érika Chinchilla, en su mensaje enfatiza el
valioso aporte de Helena Ospina Garcés como gestora cultural en una ardua labor
desplegada por la poeta colombiana mientras residió en San José de Costa Rica. Se trata
de una escritora que abogaba por el cultivo del arte como expresión de la belleza
inspiradora.

Jorge Chen Sham habló sobre “La creación literaria de Helena Ospina Garcés”,
que ilustró con poemas la función emotiva y apelativa del lenguaje. Reiteró que la
poética de esta autora se asienta en esas dos funciones de la lengua. Analizó el poema
&quot;Victoria de Samotracia&quot;, del cual destacó la musicalidad en sus versos, fundada en
varios recursos estilísticos como el encabalgamiento, así como en el uso de la rima
asonante. El yo lírico de la autora se siente seguro, afirma Chen Sham, al avanzar en el
poema, como el marinero que llega al puerto al comparar ambas realidades, la textual y
la vida cotidiana. Durante su alocución, el intelectual tico hizo mención de un estudio
que, acerca de la obra literaria de doña Helena, ha realizado la académica Conny
Palacios, compartiendo con ella sus juicios elogiosos sobre la autora homenajeada: &quot;Es
un himno al tú, dado que en una parte del poema, Ospina invoca a la
Divinidad&quot;. También analizó otros poemas de Helena Ospina: &quot;De amor herida&quot; y
&quot;Diálogo del alma y el verbo&quot;, de los cuales afirmó que están estructurados como una
canción, subgénero lírico bastante asentado en el gusto de las mayorías, aseguró, y
agregó que, &quot;es propio de la canción esa transformación del verso, en estructura
musical, a partir de la valoración de las imágenes, como la sinécdoque, por ejemplo&quot;.
Por su parte, Víctor Valembois testimonió su fructífera relación con la escritora, de
quien destacó que contribuyó enormemente a tender puentes entre los escritores de otros
países con los colegas de Costa Rica,  se refirió con gran admiración y respeto acerca de
“Las bellas armas poéticas”, de Helena Ospina. Recalcó que gracias a doña Helena
conoció la literatura dominicana, y a sus escritores, como Manuel de Jesús Galván y
Juan Bosch.
Valembois presentó su disertación en el plano del testimonio, y lo anecdótico
predominó en sus palabras acerca de los lazos fraternos que le unieron a Ospina Garcés,
quien contribuyó a que él pudiese establecer vínculos entrañables con escritores de otros
lares, como el escritor y sacerdote guatemalteco Gustavo González Villanueva, o como
el polaco-colombiano Bogdan Piotrowski y con el dominicano Bruno Rosario
Candelier. La gestora de puentes literarios, Ospina Garcés, marcó la impronta de su
legado en &quot;ese ir más allá, más lejos en la búsqueda de la belleza y lo verdadero o
esencial en el arte&quot;.
Esas reflexiones resultaron de sus evocaciones, a propósito de las veces que
doña Helena le impulsó a dictar conferencias -en lugares tan exclusivos como el palacio
de la Zarina, en San Petersburgo, Rusia-, o conocer autores como Victoria Ocampo, o
publicar obras, superando sus dudas sobre la calidad de las mismas. Valembois
concluyó con una enseñanza del papa Juan Pablo II, y que doña Helena le recalcaba
frecuentemente, en la que exhortaba a “constituirse en puentes, en caminos viables para
el progreso espiritual&quot;.
El director de la Academia, al tomar la palabra explicó que esta ilustre escritora
colombiana de nacimiento, pero costarricense por elección personal, asumió su
vocación poética a los cincuenta años, semejante al caso de nuestro Premio Nacional de
Literatura 2018, el novelista Manuel Salvador Gautier, quien también es el coordinador
del Grupo Mester de Narradores de la Academia, presente en la actividad. Rosario
Candelier afirmó que Ospina Garcés exaltaba la belleza como principio rector del arte,
como testimonio para canalizar su sensibilidad y su creatividad. En este punto, ella se
declara seguidora de Platón, filósofo griego para quien la belleza encendía los mejores
sentimientos del ser humano hasta elevarlo a la Divinidad: &quot;La poesía es un medio para
alcanzar la comprensión estética y espiritual de la realidad&quot;, dijo. En este punto, hizo
referencia a los libros del Interiorismo literario, en los cuales hago hincapié en este
aspecto,  y cuya dimensión mística, espiritual y estética, podemos constatar en las obras
de doña Helena: “La meta de ella, dijo, era alcanzar lo divino, lo trascendente, tanto en

el arte como en el cultivo de la sensibilidad, de su mundo interior, rasgo esencial que le
daba sentido a su existencia”.
El director de la ADL sostuvo que Helena Ospina alcanzó la cúspide de su
vocación como poeta a la edad de 50 años: “Me lancé a escribir para alumbrar la belleza
que presentía desde siempre en mi alma y que descubría también fuera de mí”, es el
pensamiento sobre su concepción del mundo, y añadió el filólogo, quien además decoró
dicho precepto con la idea de que “la belleza, en el mundo espiritual de doña Helena
Ospina Garcés palpitaba en todo lo viviente porque ella partía siempre de la belleza, y
asumía la belleza como base y apelación de su creación. En su obra exalta el concepto
de belleza. No es de extrañar el hecho de que la poeta sea una seguidora de Platón, ya
que dicho filósofo sostenía que la belleza culmina en Dios. Bajo ese influjo, la poeta
colombiana vivió altamente estimulada para canalizar sus motivaciones y sentimientos
más fecundos y todo aquello que la sacudía entrañablemente, pues era una mujer de las
que vienen al mundo con condiciones excepcionales para testimoniar su talento, su
inspiración y su vocación de amor en su creatividad’, expresó Bruno Rosario Candelier,
y añadió que la promotora cultural tenía una alta convicción sobre el poder de la
palabra: “Tuvo la energía suficiente para asumir la palabra y encender la vocación por la
palabra; su poesía era simple y transparente pero con un mensaje luminoso, porque ella
sabía que la palabra poética debía llegar a los demás, y la mejor forma de que llegase a
los demás, no era usando esa forma moderna que usan los poetas actuales, que enredan
y complican el lenguaje, sino que ella procuraba llegar al corazón a través de la
sensibilidad, y a la sensibilidad, a través de la belleza. Asumía la palabra, la experiencia
humana y la cultura como conexión para llegar a lo divino, por lo que, como creyente de
alta espiritualidad y profunda fe, supo hallar la forma de canalizar el sentimiento de lo
divino, que era su mayor aspiración”.
En Helena Ospina el sentimiento de la Divinidad fue asumido desde el amor,
que ilustró con el poema &quot;Queriendo quedar, quedo&quot;, inspirado en la obra de san Juan
de la Cruz: &quot;Todo la estremecía, y en todo buscaba concitar en la persona el amor por lo
divino, a través del cultivo de la belleza, como vía de la verdad y la dimensión
espiritual&quot;, comentó.
Resaltó la impronta religiosa y mística en el legado de Helena Ospina, tanto a
nivel intelectual como en la vida cotidiana. Por eso, &quot;valiéndose de la poesía y la
espiritualidad, ocupó su vida en tender puentes&quot;, razón por la que rendimos este
homenaje póstumo a tan valiosa intelectual, merecedora de este reconocimiento, con
admiración y gratitud.
Al concluir el sentido homenaje a la escritora colombo-costarricense, su nieto
agradeció el noble gesto de la Academia Dominicana de la Lengua, así como de los
intelectuales que participaron en este acto de valoración del legado literario, estético y
espiritual de Helena Ospina Garcés. Santo Domingo, 18 de septiembre de 2018.

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1. Señal de la cruz
2. Lectura y reflexión del texto escrito por Newman
3. Padre Nuestro, Ave María y Gloria

ORACION DE LA NOVENA

Padre eterno, Tú llevaste al Beato John Henry Newman por el camino de la luz amable de tu Verdad para que pudiera ser una luz espiritual en las tinieblas de este mundo, un elocuente predicador del Evangelio y un devoto servidor de la única Iglesia de Cristo.

Confiados en su celestial intercesión te rogamos por la siguiente intención: [pedir aquí la gracia]

Por su conocimiento de los misterios de la fe, su celo en defender las enseñanzas de la Iglesia, y su amor sacerdotal por sus hijos, elevamos nuestra oración para que pronto sea nombrado entre los Santos.Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Día primero

Esto es ser uno de los pequeños de Cristo: dejarse penetrar de Su presencia para que sea nuestra vida, nuestra fuerza, nuestro mérito, nuestra esperanza, nuestra corona; llegar a ser de un modo admirable Sus miembros, los instrumentos o la forma visible, o el signo sacramental del Invisible y siempre presente Hijo de Dios, que  místicamente reitera en cada uno de nosotros los actos de Su vida terrenal, su nacimiento, consagración, ayuno, tentación, conflictos, victorias, sufrimientos, agonía pasión, muerte, resurrección y ascensión. Siendo Él todo en todos, aunque podamos tan poco por nosotros mismos, y tengamos tan escaso valor y mérito como el agua en el bautismo o el pan y el vino en la sagrada eucaristía, sin embargo, somos fuertes en el Señor y en el poder de Su fuerza. (Plain and Parochial Sermons, VI, 1)

Día segundo

Cuando confesamos a Dios sólo como Omnipotente, le conocemos en parte, pues Él es una Omnipotencia que puede al mismo tiempo envolverse en debilidad y llegar a ser cautivo de Sus propias creaturas. Tiene, si puedo hablar así, el incomprensible poder de hacerse incluso débil. Debemos conocerlo por Sus nombres, Emmanuel y Jesús, para conocerlo perfectamente …Ruboricémonos de nuestro orgullo y voluntad propia. Pongamos atención acerca de nuestra impaciencia a las providencias de Dios hacia nosotros, de nuestros anhelos caprichosos tras lo que no puede ser, de nuestros esfuerzos testarudos para revertir Sus justos decretos, de nuestros conflictos con las duras necesidades que nos cercan, de nuestra irritación por la ignorancia o el suspenso acerca de Su voluntad, de nuestra feroz y apasionada testarudez cuando vemos esa voluntad tan claramente, de nuestro deprecio arrogante de Sus mandatos, de nuestra determinación a hacer las cosas sin Él, de preferir nuestra razón a Su palabra, de las muchas, muchas formas en que el viejo Adán se muestra, y una u otra que nuestra conciencia nos dice que es propia. Y recémosle a Él, que es independiente de todos nosotros, pero que se hizo nuestro compañero y nuestro siervo, para que nos enseñe nuestro lugar en Su vasto universo, y nos haga ambiciosos solamente de esa gracia aquí y de esa gloria futura que Él nos ha adquirido con Su propia humillación. (Sermons preached in Various Occasions, VI)

Día tercero

Debe recordarse que las ocupaciones de este mundo, aunque no son celestiales en sí mismas son, después de todo, el camino hacia el cielo, y aunque no son el fruto son la semilla de la inmortalidad, y aunque no son valiosas en sí mismas lo son por aquello a lo que conducen. Pero es difícil darse cuenta de esto. Es difícil darse cuenta de ambas verdades a la vez, y conectarlas, contemplando fijamente la vida futura pero actuando en esta…Mientras Adán fue sentenciado a trabajar como un castigo, Cristo con su venida lo ha santificado como un medio de gracia y un sacrificio de acción de gracias, un sacrificio para ser ofrecido alegremente al Padre en Su nombre… Es muy difícil conducirse entre los dos males: usar este mundo sin abusar de él, ser activo y diligente en los negocios de este mundo pero no por el mundo sino por Dios…¡Quiera Dios darnos la gracia en nuestras diversas esferas y puestos para hacer Su voluntad y embellecer Su doctrina, que ya comamos o bebamos, que ayunemos o recemos, que trabajemos con nuestras manos o con nuestras mentes, que estemos de camino o permanezcamos en reposo, podamos glorificar a Aquel que nos ha comprado con Su propia sangre! (Parochial and Plain Sermons VIII, 11)

Día cuarto

Nosotros estamos acostumbrados a decir que nada está hecho a menos que todo esté hecho. Pero los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, ni sus caminos los nuestros…Estemos ciertos que unque sean muy grandes los desórdenes de la época presente, y aunque los incrédulos buscan y no encuentran, el Señor Dios de Elías aún se revela a Sí mismo al humilde, al serio de pensamiento y puro de corazón. La presencia de Cristo está aún entre nosotros, a pesar de nuestros muchos pecados y de los pecados de nuestro pueblo. “El espíritu y el poder de Elías” debe ahora estar especialmente con nosotros, pues las señales de su época están entre nosotros… ¿Qué otra cosa necesitamos sino fe en nuestra Iglesia? Con fe podemos hacer todo, sin fe, nada. Si tenemos una duda secreta acerca de ella, todo está perdido, perdemos nuestro ánimo, nuestro poder, nuestra posición, nuestraesperanza. Un frío abatimiento y enfermedad de mente, una tacañería y displicencia de espíritu, una cobardía y una pereza, nos envuelve, nos penetra, nos sofoca. Que no sea así con nosotros. Seamos de buen corazón, aceptemos la Iglesia como el don de Dios y nuestra dote. Imitemos a Eliseo, que cuando “iba por la orilla del Jordán…tomó el manto que se le había caído a Elías, y golpeó las aguas, diciendo, ‘¿Dónde está el Señor, el Dios de Elías’? (2 Re 2, 13-14). La Iglesia es como el manto de Elías, una reliquia de Aquel que ascendió a lo alto. (Sermons bearing on subjects of the day, XXIV)

Día quinto

Nuestro deber como cristianos reside en correr riesgos por la vida eterna sin la certeza absoluta de tener éxito. El éxito y la recompensa eterna la tendrán los que perseveren hasta el fin…Este es el verdadero significado de la palabra “riesgo”, pues sería un riesgo extraño el que no tuviera nada de temor, aventura, peligro, ansiedad o incertidumbre. Así es de incierto, y en esto consiste la excelencia y la nobleza de la fe. La verdadera razón por la cual la fe se distingue de las otras gracias y es honrada como el medio especial de nuestra justificación es que su presencia implica que tenemos el corazón para arriesgar… Si la fe es, entonces, la esencia de una vida cristiana, y si es lo que ahora he descrito, se sigue que nuestro deber reside en arriesgar lo que tenemos por lo que no tenemos, fundados en la palabra de Cristo. Y tenemos que hacerlo de modo noble, generoso, no con imprudencia o ligereza, sin saber con exactitud lo que estamos haciendo ni a qué renunciamos, ni tampoco lo que ganaremos, sino inciertos acerca de nuestra recompensa, del alcance de nuestro sacrificio, apoyados en Cristo en todo sentido, esperando en El, confiando en que cumplirá Su promesa y nos hará capaces de cumplir nuestros propios compromisos, y procediendo así en todo sin preocupación o ansiedad por el futuro… Arriesgamos nuestra propiedad en planes que prometen ganancia, confiamos en proyectos y tenemos fe en ellos. ¿Qué hemos arriesgado por Cristo? ¿Qué le hemos dado por creer en Su promesa? (Plain and Parochial Sermons, IV,20)

Día sexto

La pregunta es: “¿Por qué no apareció nuestro Salvador después de Su resurrección a todo el pueblo sino solo a testigos elegidos por Dios?”. Y esta es mi respuesta: “Porque era el medio más efectivo de propagar Su religión en el mundo”… Ciertamente es una característica general del proceder de Su providencia hacer que los pocos sean los canales de Sus bendiciones para los muchos…Es evidente que cada gran cambio está llevado a cabo por pocos, no por muchos, por unos pocos resolutos, inmutables y celosos…Uno o dos hombres, de pequeñas pretensiones externas, pero con sus corazones puestos en la obra, hacen grandes cosas. Están preparados, no por una súbita excitación, o por una vaga creencia general en la verdad de su causa, sino por una instrucción profundamente impresa y repetida con frecuencia; y como es de razón que es más fácil enseñar a unos pocos que a un gran número, es evidente que tales hombres siempre serán pocos…También nosotros, aunque no somos testigos directos de la Resurrección de Cristo, lo somos espiritualmente. Con un corazón despertado de entre los muertos, y con nuestros  afectos puestos en el cielo, podemos dar testimonio de que Cristo vive, tan verdadera y realmente como lo hicieron ellos. El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo. La Verdad da testimonio por sí misma de su Divino Autor. El que obedece a Dios conscientemente y vive santamente, fuerza a todos los que le rodean a creer y temblar ante el poder invisible de Cristo. Por cierto, no da testimonio a todo el mundo, pues son pocos los que pueden verlo lo suficientemente cerca como para ser conmovidos por su manera de vivir. Él manifiesta la Verdad a sus vecinos en proporción al conocimiento que tienen de él, y algunos de ellos, con la bendición de Dios, recogen el fuego santo, lo aprecian, y lo trasmiten a su vez. Y de este modo, en un mundo oscuro, la Verdad hace su camino a pesar de la oscuridad, yendo de mano en mano. (Parochial and Plain Sermons I, 22)

Día séptimo

Estad seguros, hermanos, que cualquiera de vosotros que esté persuadido de abandonar sus oraciones de la mañana y de la tarde, está entregando la armadura que lo defiende contra los ardides del Demonio. Si renunciáis a cumplir con ellas, podéis caer cada día, y lo haréis sin notarlo. Por un tiempo seguiréis adelante, pareciéndoos que estáis lo mismo que antes…Cuando hayáis dejado la práctica de la oración fija, os volveréis débiles gradualmente sin saberlo…Pensaréis ser los hombres que solíais ser, hasta que de repente llegará el adversario furiosamente, y también de repente caeréis… Los hombres dejan primero la oración personal, luego son negligentes con la observancia del día del Señor (que es un servicio fijo de la misma clase), luego dejan escapar de sus mentes la misma idea de la obediencia a una ley eterna fija, luego incluso se permiten cosas que su conciencia condena, luego pierden la dirección de la conciencia, que siendo maltratada, rehúsa finalmente dirigirlos a ellos….Fijad vuestro corazón en las cosas elevadas, permitid que vuestros pensamientos de la mañana y de la noche sean puntos de descanso para el ojo de vuestra mente, y dejad que sean acerca de la senda angosta, de la bendición del cielo, de la gloria y el poder de Cristo vuestro Salvador…Los hombres en general no sabrán nada de todo esto, no serán testigos de vuestras oraciones personales y os confundirán con la multitud que ellos aceptan. Pero vuestros amigos y conocidos obtendrán una luz y un consuelo de vuestro ejemplo, verán vuestras buenas obras y serán inducidos a rastrear hasta su verdadera fuente secreta: las influencias del Espíritu Santo, buscadas y obtenidas por la oración. (Plain and Parochial Sermons I, 19)

Día octavo

El gran fin que Nuestro Señor tenía en vista al asumir nuestra naturaleza, era hacer santas a las creaturas llenas de pecado, y que nadie que no sea santo será aceptado por Su amor en el último día. Toda la historia de la redención, el testamento de la misericordia en todas sus partes y provisiones, atestigua la necesidad de la santidad en orden a nuestra salvación…Si un hombre sin religión, suponiendo que fuese posible, fuera admitido en el cielo, sin duda alguna, soportaría una gran desilusión. Antes, por cierto, imaginó que podría ser feliz allí, pero al llegar, no encontraría sino aquel discurso que evitó en la tierra, aquellas ocupaciones que aborrecía o despreciaba, nada que lo limitara a buscar algo más en el universo, y lo hiciera sentir en casa, nada en lo cual pueda entrar y descansar. Se vería a sí mismo como un ser aislado y apartado por el Poder Supremo de aquellos objetos que aún se entrelazan alrededor de su corazón. Y no sólo eso. Estaría en la presencia de ese Supremo Poder, a quien invariablemente nunca trajo a su pensamiento cuando estaba en la tierra, a quien ahora consideraría sólo como el destructor de todo lo que era precioso y querido para él. ¡Ah!, no podría soportar el rostro del Dios Viviente. El Dios Santo no sería objeto de gozo para él….Nadie más que el santo puede mirar al Santo. Sin santidad ningún hombre puede soportar ver al Señor…Si quisiéramos imaginar un castigo para alguien no santo, un alma réproba, no se nos podría antojar quizás uno mayor que convocarla al cielo. El cielo sería el infierno para un hombre irreligioso…Dios no puede cambiar Su naturaleza. Santo es por siempre, y mientras es Santo, ninguna alma no santa puede ser feliz en el cielo. (Plain and Parochial Sermons, I,1)

Día noveno

¿Qué es vigilar aguardando a Cristo?…“Simón, ¿duermes?, ¿no has podido velar ni siquiera una hora?” (Mc 14,37)…Esto es vigilar: apartarse de lo que es presente y vivir en lo que es invisible, vivir pensando en Cristo, cómo vino una vez y cómo vendrá nuevamente, y desear su segunda venida desde nuestro recuerdo afectuoso y agradecido de la primera.  Pero hay quienes no vigilan, por amor al mundo…Sirven a Dios y le buscan, pero miran al mundo presente como si fuera eterno, no una escena meramente temporaria de sus obligaciones y privilegios, y nunca contemplan la perspectiva de ser separados de él… Pueden mejorar en la conducta pero no en el anhelo. Avanzan pero no suben, se mueven en un nivel bajo y si pudieran moverse así durante siglos, no se levantarían por encima de la atmósfera de este mundo…Se sienten muy bien como están, y desean servir a Dios como están. Están satisfechos con permanecer en la tierra, no desean moverse, no desean cambiar…Los años pasan silenciosamente y la llegada de Cristo está cada vez más cerca de lo que estaba…Hermanos, rogadle que os dé un corazón para buscarlo con sinceridad. Rezadle para que os haga vivir seriamente…Decidid no vivir más engañados por “sombras de religión”, por palabras, por discusiones, por nociones, por grandes declaraciones, por excusas, o por las promesas o amenazas del mundo. Rezad para que os dé lo que la Escritura llama “un corazón honesto y bueno”, o “un corazón perfecto”, y sin esperar, comenzad inmediatamente a obedecerle con el mejor corazón que tengáis…Tenéis que buscar Su rostro…¡Que esta sea la porción de cada uno de nosotros! Es duro alcanzarla, pero es lamentable perderla. La vida es corta, la muerte es cierta, y el mundo venidero es eterno. (Plain and Parochial Sermons, VI, 17)

Fuente: http://www.amigosdenewman.com.ar/?page_id=198

 

La Newman Assocition of America organiza cada año un encuentro académico en distintos puntos de la geografía de Estados Unidos. Desde hace dos años, la NAA otorga las becas Fr. John Ford para jóvenes interesados en la persona y el pensamiento en John Henry Newman, con el fin de que participen también en estos encuentros que cada vez van siendo más internacionales.

En esta ocasión, uno de estos jóvenes becados fue Robert Kirkendall, quien estudia teología, está casado y tiene una pequeña y encantadora hija. Lo más sorprendente de esta edición de 2018, que se llevó a cabo en el Benedictine College, Kansas, fue que se reunió un nutrido número de intelectuales conversos que habían descubierto la doctrina de la Iglesia Católica a través de su acercamiento a Newman.

Robert comenta que Chesterton, cuando se le preguntaba ¿por qué era católico?, comentaba: Es difícil responder a esta pregunta, pues hay diez mil razones, pero todas ellas se resumen en una sola razón: porque el catolicismo es verdadero (Cf. G.K. Chesterton, “Why I Am a Catholic,” in G.K. Chesterton: Collected Works, Vol. III, San Francisco: Ignatius, 1990, p. 125). Robert nos hace ver que, en nuestra época, resulta aún más difícil responder a esta misma pregunta, porque la gente demanda respuestas inmediatas y explicaciones directas en un minuto, y por si eso fuera poco, lamentablemente olvida en seguida nuestra respuesta.

La unidad de la fe católica es difícil de comunicar por esta razón; por lo tanto, comunicar las razones de la conversión a ella, a través de todos los giros del tiempo, las emociones y la lógica, es aún más difícil. Significa aprehender algo como un todo que, aunque sus partes puedan ser explicadas de alguna manera, en su totalidad elude la comprensión completa y la expresión en palabras. Chesterton describe este fenómeno desde un punto de vista intelectual, al igual que el conocido relato que describió John Henry Newman sobre su conversión al catolicismo en su libro titulado Apología Pro Vita Sua. Las palabras que dejó escritas en el punto 1 del capítulo 4 en el que narra el final de su proceso de conversión entre los años 1841 y 1845, se refieren al papel que jugó, no sólo la inteligencia, la lógica, sino su voluntad:

Toda la lógica del mundo no me habría hecho avanzar más rápido hacia Roma de lo que lo hice; también podrías decir que he llegado al final de mi viaje, porque veo la iglesia del pueblo delante de mí, como aventurarme a afirmar que las millas, por las que mi alma tuvo que pasar antes de llegar a Roma, podrían ser aniquiladas, a pesar de que tenía una visión mucho más clara de la que tenía entonces: Roma era mi destino final. Las grandes acciones toman tiempo.

La metáfora que utiliza Newman para referirse, en este caso, a los actos de la voluntad es la de un viaje: en cada punto del camino, hay un tipo limitado de conocimiento que nos va acercando a nuestro destino. Hay un territorio que debe pisarse, que no se puede apresurar o aislar de la caminata más grande, y sobre el cual se debe pisar con cautela, discerniendo constantemente el camino y la meta. Este es, por supuesto, el viaje perpetuo de todos los hombres que están llamados a la comunión con Cristo.

Robert continúa hablando de su propio camino: “Hacia el año de 2011, yo fui siendo cada vez consciente de que Roma era mi destino, más concretamente cuando conocí a Newman a través de su poesía. En esta andadura, Newman resultó ser un compañero de viaje confiable.

“Fui criado como protestante evangélico, y mi amorosa familia me enseñó a amar a Cristo, a amar a los demás, a dedicarme a las Escrituras y estudiar teología. También desarrollé un gran amor por la poesía, especialmente la de T. S. Eliot, Dante, Hopkins, John Donne, George Herbert y John Milton. Poco a poco descubrí que todos mis poetas favoritos eran católicos o anglicanos (ignorando el sectarismo de Milton).

“Mientras asistía a una universidad bíblica protestante y estudiaba poesía, me topé con el Sueño de Geroncio de Newman. Mirando hacia atrás, comprendo ahora que este poema fue lo primero que picó mi corazón en una dirección católica. Me conmovió e inspiró lo que no sabía en ese momento, pues eran las representaciones del dogma católico: la intercesión de los santos, los Últimos ritos y la extremaunción, el purgatorio, la cooperación del hombre con la gracia de Cristo para la salvación, la penitencia y así sucesivamente. Me llamó especialmente la atención la estructura del cielo, que el alma de Geroncio atraviesa en su camino a Dios después de su muerte: era un palacio formado por coros de ángeles. La misma arquitectura del cielo era alabanza, y el fin y la meta era la unión de un alma individual con Dios, su matrimonio con Dios. Nunca me había sentido tan conmovida por la idea de que cada alma está destinada a la comunión eterna con el Padre de una manera tan real.

En el transcurso de los siguientes cinco años, mientras mi corazón y mi mente se conmovían con las enseñanzas católicas, en la conversación con los amigos católicos y la vida en las parroquias católicas, sentí la necesidad de alinear mi voluntad con mis emociones y mi intelecto, de la misma manera como lo hizo Newman.

Mi esposa y yo éramos anglicanos. Llevábamos tres años de casados. Durante ese tiempo me animaron a estudiar para recibir las Órdenes anglicanas, pues como es sabido, la Iglesia Anglicana permite que el clero no sea célibe. Mientras estaba en el seminario, un día vi el nombre de Newman en una librería y recordé lo conmovido que me había sentido con la lectura de su poema en mis años de la universidad. En otra ocasión, escuché hablar de Newman y su conversión del anglicanismo al catolicismo; en el fondo, yo sabía que ese sería también mi camino algún día. Recogí el libro y me encontré leyendo un ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, que describe todos los aspectos de la Iglesia Católica; él hace la analogía de que sus enseñanzas son como el conteniendo de una semilla viva, que va crecimiento en Cristo, a través de los Apóstoles, de los Padres de la Iglesia, de los Teólogos medieval, y que sigue creciendo, también en nuestros días. Con Newman, vi claramente que la Iglesia Católica es de hecho la misma Iglesia que Jesucristo instituyó hace más de 2,000 años, y que yo, como anglicana, formé parte de una secta cismática que, aunque conservaba para nosotros gran parte de la gracia de Dios a través de las Escrituras, los mandamientos, las formas eclesiales y la adoración, en última instancia, debíamos estas cosas a la herencia recibida de la Iglesia Católica, manifestadas todas ellas bajo la Sede de San Pedro.

Leer a Newman era como mirar los dominós caer hacia Roma; en la medida en que leo sus escritos, más me alejo de la posibilidad de no ser católico. Leí la Gramática del asentimiento, que me ayudó a explicar mi propia experiencia de asentimiento o aceptación del dogma católico. Leí sus novelas, poemas y sermones, que abrumó mi corazón a las verdades católicas, así como a la persona del Beato John Henry Newman. Leí la Idea de una Universidad, que me mostró las raíces católicas de la universidad y la educación, así como la primacía fundamental de la teología detrás de toda empresa académica y epistemológica. Y, por supuesto, leí la Apología Pro Vita Sua, que hizo que mi amor por Newman fuera más profundo y creció mi gratitud por todas las gracias ofrecidas por Dios a través de la Iglesia Católica. En mi segunda lectura de la Apología de Newman, me di cuenta de que ya no podía, con buena conciencia, hacer votos a las santas órdenes anglicanas, y que tenía que convertirme al catolicismo.

Gloria a Dios, más o menos al mismo tiempo que mi esposa estaba lista para convertirse conmigo, pero esa es una historia diferente. «Los grandes actos toman tiempo». Leer a Newman fue y es como estar acompañado por un buen amigo en un viaje, y espero que este testimonio ayude a la causa de su canonización. Sus libros sacaron de mí lo que yo ya sabía en el fondo de mi alma. Indujeron un «asentimiento real» de mi mente, mi corazón y mi voluntad para acoger la verdad de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, como el Cuerpo y la Esposa de Cristo, esperando la plena comunión de la Resurrección. Si bien hay muchas otras dimensiones en mi conversión, la compañía de Newman sigue siendo vital.

Leer a Newman fue como conocer a un amigo, un amigo con el que me fui uniendo gradualmente, en el vínculo de la caridad con todos los santos. A través de Newman, descubrí que es la amistad con los santos, con hombres y mujeres santos, es lo que abre a la gracia de Dios. ¿Y qué es esta gracia a la que somos llamados, y a la cual nos abrimos gradualmente a través de santas amistades? Es la forma más alta de amistad que podemos imaginar: la unión con Dios, la incorporación a su Hijo. Newman es más apto para describir esto: «El corazón se alcanza comúnmente, no a través de la razón, sino a través de la imaginación, por medio de impresiones directas, por el testimonio de hechos y eventos, por la historia, por la descripción. Las personas nos influyen, las voces nos derriten, las miradas nos someten, las obras nos inflaman. Muchos hombres vivirán y morirán con un dogma: ningún hombre dará su vida como mártir por una conclusión. Una conclusión no es más que un proceso mental; no es una cosa real» que se pueda amar en sí misma. (J. H. Newman, www.newmanreader.org/works/arguments/tamworth/section6.html “Secular Knowledge Not a Principle of Action”, The Tamworth Reading Room in Discussions and Arguments. Pittsburgh, PA: Newman Reader, The National Institute for Newman Studies, 2007.

 

La intuición de Newman ilustra la practicidad de la comunión de los santos y el fin divino hacia el cual se esfuerzan los cristianos. Las personas santas nos animan y nos aguijonean, y las tres Santas Personas de la Santísima Trinidad son nuestra meta. La gracia que Dios nos ofrece es el regalo de su propio Ser, su misma Persona; o, como Newman lo pone en su himno «Alabanza al Lugar Santísimo»: «La Presencia de Dios y su Ser Mismo / Y la Esencia todo divino.» Las amistades santas nos inclinan a esta gracia porque, en una bendita hueste de santos y ángeles, el amor de Dios que es «derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Romanos 5: 5) es el vínculo común que une esas amistades. John Henry Newman fue un regalo para mí en su propio yo, y porque me presentó a otras personas santas, y un nuevo panorama de posibilidades en mi viaje hacia la vida eterna.

Traducción y glosa de Rosario Athié

15 de agosto de 2018

 

PARTE 2:

 

“La Eucaristía y mi conversión”
Parte 1: La disponibilidad perpetua de Jesucristo

No fui criado para creer en la verdadera presencia de Cristo en la Eucaristía, ni fui
criado como católico. Sin embargo, como protestante evangélico, siempre tuve un
deseo serio de experimentar verdaderamente a Dios a través de la oración, las
Escrituras y la adoración. Me despertaba en medio de la noche para orar, pasar
largas horas leyendo las Escrituras, asistiendo a estudios bíblicos y tocando
música para los servicios de la iglesia. Cuando tenía cuatro años, mis padres me
ayudaron a rezar una oración que entre algunos protestantes se considera que
garantiza la salvación: aceptar a Jesús en mi corazón.
Cuando tenía siete años, mi padre me bautizó, un recuerdo que siempre aprecio.
Cuando tenía diez años, comencé a sentir un gran temor de que mi oración en la
que deseaba aceptar a Jesús no hubiera sido suficiente para salvarme, o temía
que hubiera pecado ya desde entonces, o que no me lo hubiera tomado lo
suficientemente en serio, así que me arrodillé en mi habitación, en el medio de la
noche, y le pedí a Jesús que volviera a mi corazón, si es que no hubiera servido
mi última oración, o si lo había perdido por algún pecado o error desconocido.
Cuando era joven, me consagré a Dios con el fin de prepararme lo mejor posible
para experimentar la verdadera presencia de Cristo en mi vida, sin embargo, quizá
estos temores me condujeron a una escrupulosidad excesiva, dada la base
puramente subjetiva del enfoque protestante en la salvación mediante una sola
oración, carente de fundamento objetivo de la salvación, mediante la fusión de
voluntades humanas y divinas en la obra del Espíritu Santo, a través de la
recepción de los sacramentos.
Al final de la escuela secundaria y al principio de la universidad, estaba cada vez
más insatisfecho con mi experiencia en las iglesias evangélicas a las que acudía,
especialmente en lo que se refiere al culto. Mi padre era pastor, y me inculcó un
gran amor por las Escrituras, la teología y la oración. Me interesaba especialmente
la idea de la Encarnación, ese gran misterio de Dios convertido en hombre. Sin
embargo, algo comenzó a inquietarme respecto a las iglesias de las que yo era
parte. En respuesta a un misterio tan grande como la Encarnación, el culto se
reduce simplemente a cantar canciones y a escuchar un sermón que se sentía
barato. En el fondo, sentí que faltaba algo. Si Dios verdaderamente se hizo
hombre, me pareció que la gran profundidad de esta realidad debería reflejarse en
las iglesias, especialmente en la adoración, que debería hacerse con una mayor
fuerza. Pero realmente no sabía lo que esto significaba.

En la universidad, pasé por lo que yo llamaría, utilizando el lenguaje de San Juan
de la Cruz, una &quot;noche oscura del alma&quot;. Durante los años previos había
disfrutado de una relación con Cristo vívida intensamente. Cuando estaba solo o
daba un paseo, aquellos momentos tenían un sentido vivido, reconfortante y
duradero, percibía que Cristo estaba conmigo, me estaba apoyando, me estaba
hablando en el fondo de mi alma. Pero en la universidad ese sentimiento se
esfumó y en su lugar, especialmente en mi tiempo diario de mi silenciosa oración,
parecía estar ante el silencio helado de un muro blanco y amenazador. Parecía
que Dios había retirado su presencia de mí, y no podía hacer nada más que seguir
los movimientos de mis hábitos diarios de oración y devoción, que comenzaban a
carecer de sentido, vacíos de su presencia.
Unos años más tarde, después de mi graduación y mi matrimonio, las cosas
comenzaron a cambiar lentamente. Mis estudios de historia de la iglesia, la
teología y las Escrituras me ayudaron a profundizar y a tener una mayor
conciencia de la creencia cristiana ortodoxa, así como de la herencia apostólica y
católica, comenzada en Cristo, que se extendió incluso a nuestra propia era. Me
atrajeron especialmente las obras de los Padres del Desierto y la espiritualidad
monástica, y me encontraba cada vez más atraído por poetas, novelistas y
teólogos católicos. Yo seguí experimentando una inexplicable frustración en la
iglesia protestante a la que asistía, pero estaba desarrollando un mejor
vocabulario teológico para describir mi inquietud: comencé a pensar que la lógica
de la Encarnación y el impulso de la historia bíblica deberían afectar la forma del
culto, que debía ser más profundo. Sentía la necesidad de alterar radicalmente la
forma en que, como protestante, fui instruido para ver a la iglesia. Recuerdo
vívidamente una conversación particular que tuve con un líder de adoración con el
que toqué música. Estaba frustrado porque, el domingo anterior, la congregación
no rompió en una adoración más apasionada y emocionada cuando se alcanzó un
clímax dramático y emocional en el coro de una canción en particular. Dijo que
estaba tratando de pensar en una mejor manera de desafiar y consolar a las
personas: llamarlos a un culto más ferviente, sin ofenderlos sugiriendo que no
estaban adorando lo suficiente. Recuerdo que lo que le dije me sorprendió incluso
a mí. Respondí: &quot;Me incomoda la idea de que debamos usar la música para
manipular a las personas en la adoración y que interpretemos si adoran bien o no,
simplemente por sus gestos externos. De hecho, encuentro que lo que realmente
necesito en un domingo, para ser desafiado o consolado, sucede en mí por la
acción de Cristo cuando recibo la comunión”. Mi comentario fue devuelto con
miradas en blanco, y la conversación se desvió rápidamente a otros asuntos. Pero
creo que ese comentario realmente lo hizo Dios hablando a través de mí y
dirigiéndose a una sola persona: a mí mismo. Dios me estaba llevando a una
conciencia más profunda de que la comunión, la Eucaristía, es el verdadero centro
del culto cristiano y la vida cristiana.

En mayo de 2014, las cosas cambiaron drásticamente. Viví lo que podría llamarse
mi experiencia de San Pablo en el camino a Damasco, esta vez con la Eucaristía.
Seguí buscando la presencia de Dios en la oración, en el estudio y en las
Escrituras, y seguí sintiéndome frustrado por mi experiencia en las iglesias
protestantes. Mi viejo amigo James, que fue quien se encargó de la ceremonia de
mi boda, me invitó a quedarme con él en Pittsburgh, donde estaba trabajando en
su doctorado. Disfruté de ver la ciudad y la universidad, y conocer a sus amigos.
Pero nunca podría haber esperado que un acto de fe simple y humilde que James
realizó esa semana cambiaría mi vida. James, procede de una familia practicante
católica y me llevó con él al Oratorio de San Felipe Neri en Pittsburgh para que
pudiera recibir el Sacramento de la Reconciliación. Sin embargo, algo significativo
me sucedió mientras estaba sentado en la capilla esperando que él entrara al
confesionario. Me sorprendí imaginando torpemente a todas las personas que
entraban en el pequeño cubículo de madera oscura y susurraban pecados
privados a un sacerdote. Me pregunté cuán ansiosos debían estar sintiéndose
mientras esperaban en la fila. Las puertas se abrieron y cerraron cuando cada
penitente absuelto salió, y entró un nuevo penitente. Vi a una persona salir de la
cabina del confesionario, y notó que inmediatamente fue a un banco, se arrodilló,
se santiguó y comenzó a orar. Me di cuenta de que esto era algo que yo también
podía hacer: esta capilla era para orar.
Entonces, dirigí mi mirada hacia adelante y comencé a orar. No recuerdo nada por
lo que oré; todo lo que recuerdo es que mis ojos se vieron repentinamente
atraídos por una explosión dorada de sol sobre el altar, una custodia de metal
barroco con rayos dorados y blancos que emanaba de un solo punto, sostenida
por un soporte. Pensé en lo hermoso que era el estallido del sol y miré más de
cerca. Noté que una oblea de comunión blanca descansaba dentro de un círculo
central en medio de la explosión dorada del sol. En ese momento, muchos de mis
estudios sobre la doctrina católica, las lecturas de la teología católica y
especialmente mi lucha de por lograr una vida de oración íntima con Dios llegaron
rápidamente a una frase que, inaudible pero obviamente en lo más profundo de mi
alma, me impresionó. Estas palabras que creo me fueron dadas por Jesucristo
como un regalo: &quot;Siempre estoy disponible para ti aquí&quot;. Por alguna razón, esas
fueron las palabras que necesitaba: una expresión de la disponibilidad perpetua de
Dios para el hombre en el Bienaventurado. Sacramento, la Eucaristía. Y, por
supuesto, por &quot;aquí&quot;, entendí que no solo quería decir en el Oratorio de Pittsburgh,
sino en todas partes que su verdadera presencia residía en una Hostia
consagrada. En ese momento, fue como si la última pieza de un rompecabezas,
que hacía que el resto del rompecabezas tuviera sentido, se insertara en mi alma,
e inmediatamente sentí que todas las demás enseñanzas católicas deben ser
verdaderas a la luz de la suprema y sublime enseñanza de la presencia real y
sustancial de Cristo en la Eucaristía: los sacramentos, las órdenes sagradas, el
Magisterio, la comunión de los santos, la Santísima Virgen María y otras doctrinas
me parecieron necesarias e integralmente conectadas con las realidades

derivadas de la única realidad de que el mismo Cristo, verdaderamente presente
en el sagrario, es el centro literal de la adoración cristiana.
Durante esa temporada, James asistió a Misa regularmente en este Oratorio, y
también me llevó a Misa allí al día siguiente.
No entendí todas estas cosas en toda su profundidad, y me tomó años de estudio,
oración y conversación para entender completamente lo que me sucedió. Pero en
ese momento, aunque no sabía que me encontraba ante la Adoración del
Santísimo Sacramento, intuí la verdad de la Iglesia Católica, me sentí
ineludiblemente atraído a estar en comunión con el Señor Eucarístico en mi
corazón, y sabía que llegar a ser católico era una parte incuestionable de mi
futuro. Después de ese día, mi corazón latiría más rápido cuando pasaba o
ingresaba a una iglesia católica, sabiendo que el Señor reposaba en el
tabernáculo. Mi corazón saltó de alegría ante la verdad de la Eucaristía, pero me
tomó algunos años más para que mi mente, mi voluntad y mi esposa lo siguieran.
Todavía pasé otros 3 o 4 años asistiendo a las iglesias protestantes; pero, cada
vez que me encontraba desconectado de la adoración del domingo o aburrido por
otro sermón incoherente, presentaba ante mi mente la Custodia con el Señor
Eucarístico, y me encontraba adorando &quot;en espíritu y en verdad&quot;. Realmente había
encontrado lo que había hallado lo que faltaba en mi vida con el culto cristiano: la
Presencia Real de Cristo, a lo que los fieles responden con reverencia, servicio y
obediencia. Muchas personas discuten la adoración como si su significado fuera
simplemente: por un lado, una cuestión de estimulación emocional especialmente
a través de canciones; por otro, una cuestión investigación intelectual,
especialmente a través de los sermones. Sin embargo, ambas necesidades se
satisfacen verdaderamente en la Eucaristía, que Romano Guardini, en su libro
Meditaciones antes de la Misa, llama un &quot;acto sagrado&quot;.
Dios ratificó lo que Jesús instituyó. Al hombre no le corresponde crear o
determinar, su tarea es obedecer y actuar. Además, la institución de la Eucaristía
se confía a una autoridad especial para su protección y guía. Especialmente en la
adoración, nuestra respuesta a la verdadera presencia de Cristo como Rey, Sumo
Sacerdote y Señor implica una acción y obediencia de importancia primordial. El
signo de nuestra sumisión a la entrega divina es nuestra sincera obediencia a
Cristo nuestro Rey; y Sumo Sacerdote, a través de nuestra participación alegre,
ferviente, correcta, obediente y humilde en la Misa, donde Él mismo ha prometido
venir de nuevo y quedarse entre nosotros.

Conversando con Robert Kirkendall.
“La Eucaristía y mi conversión”
Parte 1: La disponibilidad perpetua de Jesucristo
Parte 2: &#39;Lo que la Verdad ha dicho, es la verdad sostengo&#39;

En la primera parte he narrado la historia de mi reconocimiento de la verdad de la
Eucaristía; otra historia emocionante es la que las Escrituras cuentan acerca de
cómo Jesucristo vino a eliminar el antiguo sistema de adoración, consagrado en el
sistema sacrificial de Israel, e instituyó la forma de adoración del Nueva Alianza en
el Nuevo Templo de su Cuerpo. De hecho, vale la pena leer toda la historia de las
Escrituras con nuevos ojos a la luz del hecho de que la manera en que los
cristianos adoran, y el don que Cristo nos dio para adorar a su Cuerpo y Sangre
de una manera muy específica, es un componente esencial del Evangelio.
Desde la esencia misma del Evangelio surge la pregunta &quot;¿cómo deberían adorar
los cristianos?&quot; Su respuesta es completamente central en el Evangelio, ya que se
trata de cómo El Rey y Sumo Sacerdote, Jesucristo, desea conducir y ordenar el
culto en su Reino, la Iglesia, y finalmente nos lleva a la adoración celestial eterna,
de la cual nuestra presente adoración es un anticipo.
Al considerar la realidad de la verdadera y milagrosa presencia del Señor en la
Eucaristía, es importante comenzar con una confianza sencilla, de niños, ante la
verdad de las palabras de Jesucristo que están &quot;llenas de Espíritu y vida&quot; (Juan 4:
6-30). Jesucristo dijo muchas cosas que nos pueden resultar extrañas, oscuras y
misteriosas. Algunas de ellas fueron expresadas a través de parábolas que él no
explicó; otras parábolas, en cambio, sí nos llegó su explicación. Muchas cosas las
dijo como actos que expresaban su autoridad, declaraciones divinas, decretos
definitivos: por ejemplo, infundir en sus Apóstoles el Espíritu Santo, predecir la
negación de San Pedro, predecir la traición de Judas, predecir su propia muerte y
Resurrección, al describir los últimos días y el juicio final. Cristo es la Palabra de
Dios; él es el Logos, la misma Eterna Razón Creativa, y ​​las palabras que expresó
Jesucristo, Dios y hombre verdadero, aunque fueron expresadas como ser
humano, llevan el peso de su gloria divina, especialmente desde que vino a
cumplir la Antigua Alianza establecido con los Israelitas, a través de una Nueva
Alianza con el Padre, siendo Jesucristo su auténtico portador. Sin embargo, un
mensaje especial que Cristo enseñó y que, desde que la pronunció por primera
vez, ha dividido a sus seguidores y ha causado que muchos le abandonen. En el
capítulo 6 de Juan, Cristo pronuncia el discurso del &quot;pan de vida&quot;, que incluye una
de las muchas veces que en el Evangelio utiliza la expresión &quot;Yo soy&quot; que los

judíos reconocían como el modo como Dios se denomina a sí mismo. Pero a
diferencia de algunos otros pasajes, termina con una explicación inequívocamente
literal: &quot;En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y
bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi
sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es
carne en verdad; y mi sangre, en verdad, es bebida. El que come mi carne y bebe
mi sangre, permanece en mí y yo en él &quot;(Juan 6: 53-57). Cristo usa un lenguaje
superlativo y repetido que adquiere el carácter de un voto: &quot;amén&quot;, &quot;en verdad&quot;,
&quot;come&quot;, &quot;vida&quot;. La palabra griega para &quot;comer&quot; que usa aquí se refiere no a la
digestión en general, sino al acto físico de masticar: fagéin.
Estas palabras guardan una íntima relación con la Institución de la Eucaristía
durante la Última Cena, en la que dijo del pan: &quot;Este es mi cuerpo&quot;, y dijo del vino:
&quot;esta es mi sangre&quot;, y se los dio para comer y beber, ordenándoles, que lo hicieran
con la frecuencia, que realicen esta cena ritual en su recuerdo (Lucas 22: 19; 1
Corintios 11: 24). La palabra &quot;remembranza&quot; en griego, hebreo y latín no sugiere
un mero acto cognitivo de recordar algo; por ejemplo, la palabra hebrea, zikaron,
para referirse a la Pascua, sugería una recreación real del evento del Éxodo,
sugiriendo que los participantes en la comida ritual de alguna manera
experimentaran ese evento de manera vívida, nueva y espiritualizada. Igualmente,
el lenguaje que utiliza Cristo contienen un mandato de algo que debe realizarse
regularmente, un ritual conmemorativo, un acto en el que los participantes pueden
unirse al evento único de la Pasión de Cristo, su muerte y Resurrección.
Entonces, la participación real en el sacrificio de Cristo, recreada en la Eucaristía,
es el centro de la adoración cristiana. Dios no solo quiere salvar al hombre del
pecado, sino que también quiere devolverlo a la relación correcta con él, que se ve
como adoración, alabanza y adoración en su grado más completo. Es por eso que
el sistema de sacrificios de ofrecer un animal elaboradamente, rociar sangre y
consumir los restos era tan importante para Israel. Pero Cristo vino a cumplir eso,
y a ofrecer una ofrenda nueva y perfecta para ser el centro de nuestra adoración:
Él mismo, su Cuerpo y su Sangre. Su sacrificio en la cruz está disponible, se
ingresa místicamente, cada vez que su Cuerpo y su Sangre se ofrecen como
sacrificio en cualquier Misa en el planeta Tierra. La Eucaristía es la forma de
adoración cristiana que Cristo nos dio. De hecho, es interesante que el único lugar
en los Evangelios cuando Cristo usa la frase &quot;Nueva Alianza&quot; es cuando está
bendiciendo la copa de vino como su Sangre en la última cena: &quot;esta copa es la
Alianza en mi Sangre, que derramada por ti y por muchos &quot;(Lucas 22:20, 1
Corintios 11:25).
A la luz de todos estos textos sagrados hemos de confiar plenamente en las
palabras de Cristo, quien afirma contundentemente que ESTO su Cuerpo. Él sabía
que una enseñanza de tal naturaleza, siendo real y definitivo, resultaría difícil de
comprender, por ello utilizó un lenguaje increíblemente fuerte y no ofreció

entonces otra explicación. Este es el tema de la segunda estrofa de un famoso
himno de Santo Tomás de Aquino, Adoro te Devote:
Visus, tactus, gustus in te fallitur,
Sed auditu solo tuto creditur.
Credo quidquid dixit Dei Filius;
Nil hoc verbo Veritátis verius.
La vista, el tacto, el gusto se equivocan,
más el oído asenso fiel provoca.
Con gran firmeza creo cuanto dijo
la verdad infalible de Dios Hijo.
Después, en el capítulo 6 del Evangelio de San Juan, leemos que Cristo dijo que
uno debe comer su Cuerpo y beber su Sangre para tener vida, y la reacción de su
audiencia fue impresionante, pues aproximadamente la mitad de sus discípulos se
marchan pues interpretaron que se trataba de una ridícula enseñanza caníbal.
Luego Jesús se dirige a sus apóstoles y les pregunta si también se irán; Simón
Pedro responde: &quot;Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna
&quot;(Juan 6: 68). Cristo, la Palabra, nos dice palabras que son vida, destinadas a
llevarnos a la forma más elevada de adoración: recibir su verdadero Cuerpo y
verdadera Sangre en nuestra lengua. En el misterio de la incorporación a su
Novia, la Iglesia, también nos convertimos en lo que recibimos. Nos convertimos
en Cristo, y llevamos su presencia al mundo en nuestros propios cuerpos, cada
comulgante como una pequeña custodia que lleva la paz y la presencia del Señor
al mundo. Nuestra simple confianza en las palabras de Cristo -que el pan es su
Cuerpo y que el vino es su Sangre- puede generar un inmenso poder espiritual,
puede vencer muchas tinieblas y el mal, y puede abrirnos a una vida presente de
bendición, y a un eterno viaje &quot;de gloria en gloria&quot; (2 Corintios 3:18). Este viaje
tiene el destino final de la unión plena entre Dios y su Esposa, la Iglesia:
incorporación verdadera y perfecta de la humanidad a la Santísima Trinidad, por la
Sangre de Cristo, a través del Espíritu Santo, al Padre.
Pero estas alturas de gloria no se pueden alcanzar sin, primero, el reconocimiento
humilde y simple del Cuerpo de Cristo en forma de pan, su Sangre como vino.
Cristo apareció humildemente como un niño nacido de una pobre Virgen en una
cueva; y aún nos visita con mayor humildad, en silencio, como una pequeña oblea
destinada a ser consumida. Él es el miembro más frágil y humilde que aparece en
nuestra Misa dominical, destinado a ser manipulado, desmayado, comido. De esta
manera, Cristo desea ser, a través de la forma correcta de las oraciones del
sacerdote, siguiendo las instrucciones dadas por Cristo en la Última Cena, y por el
poder del Espíritu Santo, el centro literal de nuestra adoración, presentándonos un
milagro tan glorioso como la creación del mundo, tan glorioso como la

Encarnación misma. La parte del culto cristiano del que carecen los no católicos
es el reconocimiento de la acción milagrosa de Dios que para busca la relación
con el hombre en la Encarnación, que no se detuvo con la muerte de Cristo, sino
que se continúa en la Eucaristía, lo que requiere de nuestro consentimiento
intelectual. Dios continúa buscando al hombre, y lo busca al perfeccionarlo
realmente, al llegar sustancialmente a su cuerpo, a su persona, a la Iglesia, a la
Eucaristía. San Justino Mártir, ya en los 150 d. C., comparó esta enseñanza sobre
la Eucaristía con la Encarnación, en su obra La primera apología, capítulo 66:
Y esta comida es llamada entre nosotros Eucharistia [la Eucaristía], de la cual
nadie puede participar, sino el hombre que cree que las cosas que enseñamos
son verdaderas, y que ha sido purificado con la remisión de los pecados y para la
regeneración, y quien está viviendo como Cristo lo ha ordenado. Porque lo que
recibimos, no es un pan y una bebida comunes, sino se trata de aquello que
Jesucristo dijo nuestro Salvador, quien habiendo sido hecho carne por la Palabra
de Dios, tenía carne y sangre para nuestra salvación, así también nos han
enseñado que el alimento que es bendecido por la oración de Su palabra, afecta
también nuestra sangre y carne mediante la transmutación, pues se nutren de la
Carne y la Sangre de ese Jesús que “se hizo Carne”.
La transubstanciación del pan y el vino en la Carne y Sangre de Cristo es análoga
a la Encarnación de Dios en esa misma Carne y Sangre; El Cuerpo y la Sangre
encarnados de Cristo están disponibles para los fieles cristianos en la Eucaristía.
Dios anhela encarnarse en nosotros, su Cuerpo, siendo consumido en pan y vino.
Como vemos en Juan 6, esta es una enseñanza difícil. Pero Cristo nos deja
garantía bíblicas e históricas para facilitar nuestra fe. Para aquellos que son
curiosos o escépticos, yo recomendaría, para comenzar, de la lectura lenta y
orante de Juan 6, de 1 Corintios 10-11 y los diferentes relatos de la Última Cena.
También se podría considerar la Primera Apología de San Justino Mártir, citada
anteriormente, escrita alrededor del año 155 D.C., como evidencia del desarrollo
histórico de la Eucaristía en el culto cristiano. En el Capítulo 66-67, San Justino
ofrece una descripción clara de cómo era la adoración cristiana más antigua; es
básicamente una descripción de una Misa católica, con un enfoque central en la
Eucaristía. Antes y después de leer estos textos, vaya a la Misa y medite en la
Eucaristía, la &quot;fuente y cumbre de nuestra vida cristiana&quot; (CIC 1324) el más
verdadero &quot;sacrificio de alabanza&quot; (Salmo 49: 14-16, Hebreos 13: 5) en el cual
Cristo, nuestro Cordero Inmaculado, se nos ofrece nuevamente al Padre por
nosotros y está completamente disponible para nosotros, como se expresa en las
bellas palabras del Catecismo:
“En el sacramento más bendito de la Eucaristía &quot;el Cuerpo y la Sangre, junto con
el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por lo tanto, el Cristo
completo es verdadera, real y sustancialmente contenida&quot;. &quot;Esta presencia se
llama &#39;real &#39;- por el cual no se pretende excluir a los otros tipos de presencias

como si no pudieran ser&#39; reales &#39;también, sino porque es presencia en el sentido
más completo: es decir, es una presencia sustancial por la cual Cristo, Dios y el
hombre, se hace total y completamente presente” (CCC 1374).
¿Por qué Dios hace esto? ¿Por qué se esfuerza tanto para hacerse total y
completamente presente? Por su infinito deseo de salvarnos, de estar con
nosotros, de perfeccionarnos, de darnos vida, de redimir al mundo.

 

Traducción y glosa de Rosario Athié

17 de septiembre de 2018

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John Henry Newman promovió la Universidad Católica de Irlanda (1852–1858) y fue su primer Rector (1854–1858). Su interés fue responder a la pregunta ¿cómo formar la inteligencia de jóvenes laicos con el fin de fortalecer su estructura mental y proporcionarles una visión amplia de la realidad? Su respuesta fue: el saber ha de ser el fin de la universidad, con la promoción del conocimiento de las humanidades, por el gusto de aprender, además de la preparación profesional correspondiente a la disciplina a ejercer. De esta manera Newman logra aunar la educación tradicional con aquella que busca su impacto práctico.

El objeto del artículo es mostrar la trascendencia, por medio de la vida y obra de John Henry Newman, que conlleva una adecuada formación intelectual humanista y el impacto que alcanza una persona culta, en su contexto y en las siguientes generaciones.

1. Introducción

La tesis que se desea defender en el presente artículo es que la adecuada formación intelectual humanista pone en condiciones al universitario para llegar a ser una persona culta, capaz de influir positivamente en favor de sus contemporáneos y de las siguientes generaciones. Dicha tesis parece contraponerse a la tendencia actual de las autoridades que, a nivel global, proponen los lineamientos que ha de seguir la educación universitaria.

El Consejo Europeo y su Parlamento aprobó el año 2012 como fecha límite para que sus Estados miembros adoptaran el nuevo modelo de educación superior, conocido como el Plan de Bolonia. Su objetivo ha sido unificar los criterios de medición y facilitar que los títulos universitarios sean válidos en cualquiera de sus países miembros. Este sistema de créditos se ha ido adoptando paulatinamente en muchos otros países, fuera de Europa. A partir de entonces, los profesores universitarios, especialmente los que imparten asignaturas humanísticas, coinciden con las observaciones y advertencias que se exponen en el libro Adiós a la universidad: el eclipse de las humanidades (Llovet 2011Llovet, Jordi. 2011. Adiós a la universidad. El eclipse de las humanidades. BarcelonaGalaxia Gutemberg. [Google Scholar])1, quien advierte que los fines que proponen desde el Consejo Europeo, deja de lado los estudios de las materias que ayudan a comprender al ser humano y que configuran propiamente a la universidad.

Tomando en cuenta el fin de la educación superior, se distinguen dos concepciones en franca oposición. Por un lado, quienes conciben la universidad como un espacio donde se reúnen profesores y estudiantes para buscar, de manera conjunta, la sabiduría. Se busca como fin el saber universal, por lo que se reflexiona desde las distintas ciencias para luego dialogar y llegar a una mayor comprensión de la realidad. De esta manera la formación intelectual, la habilitación de la inteligencia comprende una visión de conjunto, universal y armónica, que capacita la mente para distinguir lo verdadero de lo falso, lo propio y lo ajeno, lo distinto y lo semejante. De igual manera, se le prepara para la acción prudencial y sagaz en la toma de decisiones, que comprende todas las implicaciones de sus actos. Desde esta perspectiva, las humanidades tienen un lugar, como las demás ciencias, entrando al debate con igualdad de oportunidad la visión teológica, la filosófica y la científica, con una escucha respetuosa de la jerarquía de la realidad y del saber (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar]).

En contraposición, se concibe el plantel de la educación superior como un espacio de capacitación para el trabajo con un cierto nivel de estudios para la toma de decisiones reducido a un ámbito inmediato y técnico. Desde esta perspectiva, el fin es el trabajo, mientras que el aprendizaje es sólo un medio, relacionado con los centros económicos que demandarán trabajadores especializados. Los contenidos quedan reducidos a lo que se puede prever para efectos prácticos. La mente de los alumnos se capacita sólo en un ámbito específico, sin el cultivo de su amplia gama de capacidades. Este diseño considera al egresado como un ‘homo faber’, y su valor dependerá de la calidad de su producción, lo mismo aplica en caso de que su actividad sea la de un investigador o de un ingeniero. En tal caso, no le corresponde ya el título de ‘universidad’, sino el de instituto tecnológico (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar]).

El debate entre estas dos perspectivas estaba ya presente en Oxford, durante la primera mitad del siglo XIX. Tradicionalmente el conjunto de College vinculados a la Universidad de Oxford se distinguía por el cultivo de las humanidades, unido al desarrollo de las ciencias y las artes. Sin embargo, ante la revolución científica e industrial, así como los cambios sociales y políticos, comenzó a influir también en la enseñanza universitaria una visión más productiva.

Unas décadas después, la postura pragmática en la educación se fue consolidando y ganando terreno. Desde los Estados Unidos, John Dewey (1859–1952)2 centra su atención en los resultados, en la resolución de problemas, en las capacidades para incorporarse a la vida social. Se podría resumir su pensamiento en la expresión: ‘aprender, haciendo’. Si es verdad que trata de evitar la decadente concepción de que aprender es memorizar, desde otra perspectiva, cabe el peligro de reducir la educación y el desarrollo personal de los educandos a la instrucción del saber hacer. A través de la globalización, no sólo se ha unificado la comunicación gracias al uso de la lengua inglesa, sino que a través de ella han llegado también sus paradigmas, incluido el pragmatismo en la academia.

John Henry Newman ofrece una solución armónica que le da a las humanidades la importancia que merecen, sin olvidar el impacto práctico que conlleva. Él se propuso ‘el gran cometido del conocimiento liberal, la razón de ser y auténtico fin de la Universidad. Tal conocimiento es un bien en sí mismo, y por sí mismo debe ser buscado. Y posee también gran utilidad profana, pues constituye la mejor y más alta capacitación del intelecto para la vida social y política’ (Morales 1996Morales, José. 1996. ‘Introducción’ a los Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria, PamplonaEUNSA. [Google Scholar], 10). A través de las siguientes líneas se mostrará la propuesta de Newman respecto a las humanidades, así como la actualidad e incluso la urgencia de dicha propuesta.

La falta de formación intelectual y el rigor mental queda patente en la incapacidad para distinguir lo verdadero de lo ficticio, lo real de la opinión o suposición. Tal situación es objeto de la crítica que ofrece Umberto Eco en su libro Número Cero. Él reúne ideas críticas, vertidas hacia la realidad de la información y de la Internet. La novela presenta a un joven talentoso al que contratan para redactar la experiencia de promover un nuevo ‘diario dispuesto a decir la verdad sobre todo’ (Eco 2015Eco, Umberto2015. Número Cero. MéxicoLumen. [Google Scholar], 27). La propuesta final de Eco está centrada en el aporte del periodismo como un medio para discernir la verdad entre el cúmulo ingente de información que aparece en la Red. La intención del Commendatore, quien promueve la redacción de una novela dentro de la novela de Eco, era ‘entrar en los altos círculos de las finanzas, de los bancos e incluso de los grandes periódicos’ (Eco 2015Eco, Umberto2015. Número Cero. MéxicoLumen. [Google Scholar], 27). El plan consistía en el diseño e impresión de 12 números cero de un periódico llamado Domani para demostrar que él podía poner en apuros a los altos círculos financieros y políticos a través de sus publicaciones; entonces le rogarían que dejara esa iniciativa y, a cambio, obtendría el pase para las altas esferas. La novela recogería, a manera de ficción, el experimento real.

A partir de la propuesta literaria de Eco y mirando el mensaje de fondo que propone el lingüista y novelista, podemos cuestionarnos —por ejemplo—, acerca de la veracidad de la información que circula hoy en la Red, y particularmente sobre el nivel de dominio sobre la propia lengua y de la capacidad lógica de las mentes a las que llega tal información. Asimismo, preguntarnos por la capacidad crítica que tiene o debiese tener un lector para interpretar, asimilar y juzgar sobre su veracidad. Eco comparte el diagnóstico educativo actual que reporta una incapacidad crítica de los lectores para navegar en una sociedad desinformada; y de la misma manera, se une a la propuesta de solución: la formación humanística.

En toda esta discusión, John Henry Newman, no sólo ha tenido el acierto de avizorar y comentar esta necesidad de formación en las humanidades, sino que en su obra The Idea of a University (Newman 1907Newman, John Henry. 1907. The Idea of a University. LondonLongmans, Green and Co. [Google Scholar]) hace una descripción de cómo puede enfrentarse el reto de la formación intelectual de los universitarios. Su propuesta, la educación liberal, ofrece las claves concretas para la formación de las jóvenes inteligencias con el fin de que sean capaces de reconocer la verdad y contextualizarla. Estas claves las describe principalmente en los Discursosdictados en Dublín, en preparación a la apertura para la primera Universidad Católica de Irlanda. Newman inicia dichos Discursos en el año 1852 (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar]), durante los preparativos de su fundación y hasta 1858 en que fungió como su primer Rector, respondiendo a la petición del episcopado local. Tomando como eje dichos escritos, se han redactado las siguientes líneas.

En este artículo, una vez que se expone la noción de Newman de la ‘educación liberal’ (n. 2) y se aborda el tema de la Universidad como lugar donde se promueve la cultura (n. 3), se centra la atención en el tema de la forja del hombre culto (n. 4), porque la asimilación de la cultura no se reduce a un asunto teórico, argumentativo y lógico, sino que la persona educada, además de ser capaz intelectualmente, ha de saber conducirse con libertad, gentileza y acierto, en un mundo complejo, y aún adverso. Por ello, la propuesta educativa de Newman resulta particularmente actual (n. 5).

2. La Educación liberal

La expresión ‘educación liberal’ se refiere en general a un curso o sistema de educación adecuado para el cultivo de un ser humano en tanto que libre. Se basa en el concepto medieval de las artes liberales. Durante la época de la ilustración dicha expresión tomó un sentido que enfatiza más la independencia que en sí la libertad. La ‘Association of American Colleges and Universities’ ha descrito la educación liberal como una filosofía educativa que capacita a las personas con amplios conocimientos y habilidades transferibles, con un mayor énfasis en los valores éticos y el compromiso cívico; se caracteriza por el método de debates sobre asuntos importantes; más que una forma de estudiar que un curso o campo de estudio específico la considera una manera de pensar. Por lo general, de alcance global y plural, puede incluir un plan de estudios de educación general que proporciona una amplia exposición a múltiples disciplinas y estrategias de aprendizaje, además de un estudio en profundidad en al menos un área académica. La educación liberal fue defendida en el siglo XIX por pensadores como John Henry Newman (1801–1890), Thomas Huxley (1825–1895) y Frederick Maurice (1805–1872). Sir Wilfred Griffin Eady definió la educación liberal como educación por sí misma y enriquecimiento personal, con la enseñanza de valores (Hughes 1885Hughes, Thomas1885‘What is a Liberal Education?’ The American Catholic Quarterly Review, Vol. X, January/October. [Google Scholar]).

El declive de la educación liberal a menudo se atribuye a la movilización durante la Segunda Guerra Mundial. La prima y el énfasis puesto en las matemáticas, la ciencia y la capacitación técnica causaron la pérdida de su destacada posición en los estudios universitarios. Sin embargo, se convirtió en el centro de una gran parte de la educación de pregrado en los Estados Unidos a mediados del siglo XX a través de la figura de los College. En los primeros años del siglo XXI, muchas universidades y facultades de humanidades revisaron sus planes de estudios para incluir una educación liberal o para promover una educación universitaria más amplia, impregnada de su espíritu.

Una vez que se han mencionado algunos antecedentes de lo que aquí se va a exponer, se enfoca ahora la atención a las aportaciones de Newman, y en particular aquellas sobre la educación superior que se pueden aplicar a la formación de los nuevos alumnos que llegan a las aulas universitarias. Hoy día sus palabras cobran una importancia central ante la tendencia pragmática de reducir la instrucción a la preparación para el trabajo, dejando en segundo plano lo referente al desarrollo de la inteligencia y del universitario en su propia persona. Tales aportaciones, no sólo se basan en su experiencia como educador, sino que se muestran en él habiendo sido educado como un humanista. Él destacó como un excelente orador y escritor, en tiempo de paz y en épocas de francos ataques a su persona y a sus reflexiones en torno a su forma de pensar y de vivir. Newman no sólo fue polemista, fue un connotado predicador, poeta, teólogo y filósofo, novelista, corresponsal de miles de cartas, lo que le ha convertido en un clásico de la lengua inglesa. Todo ello muestra su esmerada preparación intelectual y sus grandes dotes. La fuerza e impacto de sus palabras iba además avalada por su experiencia, por su convicción, por su compromiso y búsqueda incondicional de la verdad; su estilo y forma era llamativamente amable, poética, enfática, poniendo en juego su amplia y profunda cultura, recibida principalmente durante sus años en Oxford. En sus Discursos Universitarios de 1852–1858, Newman retoma y sistematiza el estilo que le imprimieron esos años como estudiante en Trinity College, y más tarde como profesor en Oriel College (Ker 2010Ker, Ian. 2010. John Henry Newman Una biografía. MadridPalabra. Trad. Rosario Athié y Josefina Santana Villegas. [Google Scholar]).

Este estilo de formación universitaria, basado en la tutoría personal estilo Oxford y enriquecida con su propia reflexión como educador, Newman lo transmite en The Idea of a University(Newman 1907Newman, John Henry. 1907. The Idea of a University. LondonLongmans, Green and Co. [Google Scholar]), donde describe lo que él llama ‘la educación liberal’ en la universidad, término tomado de la tradición, que considera a la Filosofía, las Letras y las humanidades en general como estudios libres, de ahí que en muchas universidades se incluya una facultad de Artes Liberales. Esta educación tiene por fin la formación humana a partir de una profunda formación intelectual, cuya consecuencia es la configuración de la persona verdaderamente culta, que Newman denomina como ‘gentleman’, ampliando el concepto de ‘caballero’, que por cierto no tiene una connotación sexista, sino que responde a la usanza de las universidades desde sus comienzos hasta mediados del siglo XX, en donde solo los varones tenían acceso a la educación superior.

Para nuestro autor las personas con una inteligencia habituada a discernir entre la realidad y la verosimilitud, entre la verdad y la falacia, podrán hacer frente a retos semejantes, superando la superficialidad y la credulidad. Alcanzar un nivel mental y moral de tal calidad, supone una larga y constante formación de la inteligencia. Sin embargo, si tal fin está claro, el problema recae en la cuestión de cómo formar a una persona verdaderamente culta.

Dar solución a tal problema es un ambicioso objetivo. No se trata sólo de conocimientos teóricos, sino también de conocimientos prácticos, de habilidades mentales y de actitudes. En su Idea (Newman 1907Newman, John Henry. 1907. The Idea of a University. LondonLongmans, Green and Co. [Google Scholar]) compara los medios para formar inteligencias humanistas, mentes amplias y profundas. Como sucede en el adiestramiento de los músculos, que a base de ejercicios en un gimnasio y con una disciplina adecuada, el adiestramiento de la mente requiere igualmente de ejercicio y disciplina. Newman ofrece una explicación sobre el cultivo del intelecto y la aprehensión de la verdad en el Discurso 7, número 4, de la Parte I (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar]). En la Lecture 4 de la Parte II de Idea (Newman 1907Newman, John Henry. 1907. The Idea of a University. LondonLongmans, Green and Co. [Google Scholar]), se detiene a explicar cuáles son los elementos básicos de esa formación intelectual: Gramática, composición, escritura latina y conocimiento religioso en general. En otro momento se refiere también a la importancia de la literatura, la geografía, la historia… Lejos estará de esta formación humanista el pretender un aprendizaje impuesto, o atento sólo a cumplir con los contenidos de unos buenos programas. Se trata de aprehender, de hacer propio el mundo en el que nos encontramos, lo que requiere del uso de la libertad e incluso el gusto por el saber. En definitiva, para responder a las dificultades con veracidad y certitud, se requiere, hoy como entonces, de una sólida formación en humanidades. De manera que, para educar realmente, se ha de comenzar desde la cabeza.

Es necesario resolver cómo formar intelectualmente desde las humanidades, hasta lograr una formación íntegra. Importa tener en cuenta que el objetivo que se busca, no solo se alcanza transmitiendo el qué —o los contenidos a enseñar—, sino que Newman hace hincapié en el cómo se forma a los alumnos universitarios. Tal estilo de educación está centrado en el esquema del College. Éstos están diseñados de manera que todo lleva a la mejora de los alumnos en un sistema de internado, con habitaciones amplias y cómodas, con un comedor en común donde las comidas son un momento de encuentro de alumnos y profesores, con un servicio adecuado. En todo momento los alumnos se hallan en un ambiente intelectual que se presta a seguir comentando, de manera cercana y cordial, lo que se ha aprendido, descubierto e incluso ideado en las aulas. También la capilla se considera un lugar de encuentro, en este caso para rezar juntos. La biblioteca es un ámbito privilegiado y central. Los jardines, los salones comunes para tomar el té, también son espacios de diálogo intelectual y de participación de nuevos hallazgos. Pero lo más importante en el modelo educativo de Oxford-Cambridge es la labor tutorial, personal: los alumnos son cultivados uno a uno según sus capacidades. Es necesario destacar que dicho método requiere del previo compromiso, de parte de profesores y alumnos, para favorecer el diálogo abierto y el deseo de crecimiento personal; por ello, se requiere de una estricta selección y la Universidad de Oxford explica a los alumnos interesados en ingresar a sus aulas desde su primer contacto en su página Web: http://www.ox.ac.uk/admissions/undergraduate/why-oxford/studying-at-oxford/tutorials.

Al promover la educación universitaria basada en una visión humanista se pretende evidenciar las herramientas intelectuales y morales que comprometan a orientar a los demás en el hallazgo de la verdad, entre la abundancia de datos y contradicciones. Una mente amplia puede, con visión de conjunto, dar jerarquía y valor a lo que es realmente importante de lo que no lo es. En palabras de Frederick D. Aquino, en An Integrative Habit of Mind, se trata de favorecer la formación humanista cristiana en la perspectiva que John Henry Newman nos propone (Aquino 2010D. Aquino, Frederick. 2010. An Integrative Habit of Mind. IllinoisNIU Press. [Google Scholar]). Si bien este estilo de educación cuenta con una larga tradición en Inglaterra y los países de influencia anglosajona, las necesidades de desarrollo personal de los universitarios de cualquier latitud, requieren de la formación intelectual humanista y del seguimiento cercano de parte de un maestro al que se le pueda considerar como gentlperson.

3. Universidad y cultura

A través de sus nueve Discursos (Newman 1907Newman, John Henry. 1907. The Idea of a University. LondonLongmans, Green and Co. [Google Scholar]) explica la naturaleza y objetivo de la educación superior. En esos años de mitad del siglo XIX su objetivo inmediato era captar el interés de los católicos de Dublín y fincar las bases del nuevo proyecto universitario. Para las autoridades irlandesas de la Iglesia Católica Romana y gran parte de los irlandeses, este proyecto de Universidad era la única alternativa posible para dar una respuesta educativa a los centros universitarios no-confesionales de Cork y Galway, pues eran considerados como peligrosos para la conservación de la fe de los alumnos católicos. El modelo a seguir era Lovaina, reactivada en 1830. Newman no compartía esta opinión, pues consideraba que si la universidad —la que fuera—, buscaba la verdad, no habría peligro alguno. Esta diferencia de puntos de vista entre los patrocinadores del proyecto y su primer Rector fueron una fuente de tensiones y malos entendidos. La esencia misma de la universidad requiere, insiste Newman, que se otorgue a la ciencia el lugar que le corresponde. Por tanto, la razón de ser del nuevo plantel debía centrarse en la fusión armónica del saber humano y el saber teológico. Ello constituye la matriz de los nueve Discursos (Newman 1907Newman, John Henry. 1907. The Idea of a University. LondonLongmans, Green and Co. [Google Scholar]), aunando las exigencias del arzobispo Culllen —prelado que encabezaba a los obispos irlandeses en la promoción de la universidad—, y la filosofía educativa de Newman.

Él había de definir con claridad la finalidad de la educación superior que estaba proponiendo. En su mente queda el deber de dar una respuesta humanista a la postura pragmática, presente en el siglo XIX, que reduce los estudios superiores a la capacitación específica en un área del conocimiento, de manera inconexa con el resto de saberes. Dadas las dimensiones del centro educativo que le propusieron, deja de lado la opción de tomar el modelo alemán de universidad como centro de investigación, por lo que, de momento, se plantea sólo la transmisión de los conocimientos. Newman no considera universidad a las instituciones que sólo capacitan para el trabajo, e insiste en que sólo pueden llevar este nombre aquellas cuya existencia tenga por fin la búsqueda del saber en sí mismo y que ofrezcan un conocimiento interdisciplinario y bien articulado. Esta afirmación tiene su explicación en el quinto Discurso de The Idea of a University que se titula ‘El saber como fin en sí mismo’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 123), en el cual expone que el cultivo del intelecto es un fin preciso y suficiente: la amplitud de mente, con unidad y concierto. Con estas palabras expresa cuál ha sido, desde el principio, el fin de la universidad. Esa educación posee un objetivo tangible, real y suficiente, que no puede separase del saber mismo. El saber es capaz de ser su propio fin, porque la mente humana está hecha de tal modo que cualquier clase de saber, si es auténtico, constituye su propio premio (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 126).

Si bien se refiere a todo saber, Newman desea ser más específico al explicar que una ciencia particular y aislada no es suficiente para el cabal cultivo del intelecto. ‘Las ciencias particulares son la base respectiva de actividades concretas, que llevan a resultados tangibles’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 126). Añade que las escuelas profesionalizantes no forman científicos, sino técnicos, que aplican lo que otros han descubierto y desarrollado. He aquí el problema que nuestro autor intentaba enfrentar, dada la segmentación del conocimiento que se producía desde el siglo XIX con la exclusión de un saber más integral, como señalábamos. El saber unitario y abarcante que Newman propone como fin de la universidad, sin excluir la teología, las ciencias y las tecnologías, es lo que él llama hábito filosófico: ‘un hábito de la mente que dura toda la vida, y cuyas características son libertad, sentido de la justicia, serenidad, moderación y sabiduría’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 125).

Newman dedica tres discursos más para exponer en qué consiste esa amplitud mental que se constituye en una potencia, una luz, un amor a la sabiduría. Su Discurso cuarto lo tituló: ‘El saber considerado en relación con la cultura’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 143). La cultura mental se suele asociar a la mera adquisición de conocimientos. Desde luego que sin los conocimientos no existe verdadera cultura (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 129), pues sin ellos ‘la mente más original puede tal vez deslumbrar, divertir, refutar, confundir, pero no llega a un resultado útil o a una conclusión fehaciente’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 147). Sin embargo, es necesario interconectar el conocimiento de las diversas disciplinas. Esto es lo que otorga a la mente una visión más integral de la realidad y, en consecuencia, un conocimiento más completo que se interconecta a su vez con los nuevos descubrimientos. Así el avance del conocimiento es directamente proporcional a la integración de disciplinas.

Newman recuerda que Cicerón consideraba que el saber es el primer objeto al que somos atraídos después de solucionar las necesidades materiales (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 127). Es condición indispensable para la expansión de la mente, más allá de la mera adquisición de conocimientos, una actitud y una intervención activa en el proceso de parte de los alumnos para superar la cómoda posición de ser meros receptores de un cúmulo de ideas nuevas para ellos, de manera que se esfuercen por mantener activa su mente hacia el conocimiento de la realidad. La apropiación del saber es un continuo proceso que supone hacer subjetivamente propios los objetivos de conocimiento, asimilarlos y articularlos con otros conocimientos, pasando a ser parte de nuestra situación mental en la que nos encontramos: captamos que ‘nuestras mentes crecen y se expanden no sólo cuando aprendemos sino cuando referimos lo aprendido a lo que ya sabíamos’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 151).

El resultado es una mente que adopta una visión conexa y armónica de lo viejo y de lo nuevo, lo pasado y lo presente, lo lejano y lo próximo, y que percibe la influencia de todas estas realidades unas sobre otras, sin lo cual no habría ni un todo ni un centro. Este intelecto posee un conocimiento no sólo de las cosas, sino de las relaciones que se dan entre ellas, lo que genera a su vez un mayor conocimiento. Más aún, es la forma normal en que el conocimiento avanza y genera cultura. ‘Es un saber, no sólo considerado como una adquisición cuantitativa, sino como filosófica’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 151).

Para Newman, la Universidad no persigue primariamente la formación técnica —pues la universidad sería entonces una escuela tecnológica—, o la orientación moral, o la promoción del arte o el deber; sino que su función principal es impartir cultura intelectual. Este es el punto capital. Podemos tratar hoy con personas muy informadas, incluso, al día, que van siguiendo determinados acontecimientos, pero no se les puede llamar propiamente personas con cultura intelectual porque ‘sólo es extensión de la mente la capacidad de ver muchas cosas a la vez como una totalidad, de referirlas a su lugar apropiado en el sistema universal del saber, de entender su respectivo valor, y de determinar su dependencia recíproca’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 153).

A pesar de que sus Discursos ocasionaron cierta polémica, Newman quedó satisfecho y han sido expresión de uno de los grandes temas del pensamiento occidental por la nitidez y determinación con que su autor formula sus concepciones (Morales 1999Morales, José. 1999. Teología, experiencia, educación. PamponaEUNSA. [Google Scholar], 140). Años más tarde, en 1863, Newman deja escrito en su Diario lo importante que fue para él su dedicación a la formación intelectual: ‘desde el principio al final, la educación ha sido mi línea’ (Newman 1957Newman, John Henry. 1957. Autobiographical Writtings. New YorkTristam. [Google Scholar], 259).

Siendo la educación un término muy amplio, una manera concreta de educar se ha denominado formación, un concepto clave acuñado en el ambiente intelectual del siglo XVIII como elemento que desarrolla las ciencias del espíritu durante el siglo XIX. Aunque Newman no fue del todo consciente, su pensamiento educativo se sitúa en una tradición que se tradujo con grandes dificultades a la vida práctica, y que en el caso de Dublín sufrió grandes traspiés (Ker 2010Ker, Ian. 2010. John Henry Newman Una biografía. MadridPalabra. Trad. Rosario Athié y Josefina Santana Villegas. [Google Scholar]), no obstante, la relevancia que desde su tiempo han cobrado sus ideas y la valoración intelectual que ha desarrollado su trabajo es clave sobre todo en las últimas décadas.

Existe una correlación entre la formación recibida y el modo en que el conocimiento se alcanza. El adecuado entendimiento, la capacidad de juicio y la inferencia prudencial son elementos esenciales que en cada propuesta formativa necesitan validarse y consolidarse. Esto hace que el conocimiento genere cultura, y posibilita el desarrollo crítico sobre la formación e información recibida. La educación liberal que tiene por objetivo el llevar a los educandos a la forja de una personalidad consolidada por una cultura amplia y profunda tiene un camino que recorrer con unos modos determinados. Sobre ello se comenta a continuación.

4. Para forjar un hombre culto

El fin de la universidad, afirma Newman, es la promoción del saber, de la cultura. Por ello, él afirma que la educación es una palabra más elevada. Implica una acción que afecta a nuestra naturaleza intelectual y a la formación del carácter. Es algo individual y permanente. Esto es lo que hace que el decir de algo o de alguien se manifieste con propiedad. La formación de la mente en la universidad ha de comenzar por lo más básico: saber leer y hablar correctamente y en el contexto adecuado, lo que supone la profundización en la gramática, la literatura y el ejercicio de los debates. Es decir, para pensar con propiedad se han de tener en la mente las herramientas adecuadas: la gramática, el dominio de la lengua y la lógica (Newman 1907Newman, John Henry. 1907. The Idea of a University. LondonLongmans, Green and Co. [Google Scholar]).

Cuando hablamos de la transmisión del saber como elemento central de la educación, estamos afirmando que el saber es un estado o condición de la mente. Y dado que el cultivo del intelecto es, sin duda, algo que merece la pena por sí mismo, llegamos de nuevo a la siguiente conclusión: las palabras liberal y filosofía, en la terminología de Newman, se utilizan con el fin de enfatizar que ‘un saber es deseable, por ser él mismo un tesoro y un premio suficiente después de años de esfuerzo, aunque nada se derive de él’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 135).

El resultado de la educación, que debe esperarse en los individuos según la medida de cada uno, ha de ser aquella perfección del intelecto, ‘visión y comprensión clara, serena y precisa de todas las cosas, en cuanto pueden ser abarcadas por una mente finita, cada una en su lugar, y con las características propias que le corresponden’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 155). La visión realista de Newman identifica que el inicio de esta formación intelectual comienza con el dominio de la propia lengua. ‘Pensamiento y palabra son inseparables uno del otro. El fondo y la forma son dos partes de lo mismo: el estilo es pensar con palabras’ (Newman 2014Newman, John Henry. 2014. La idea de la universidad. MadridEncuentro. [Google Scholar], 58). Por ello, toda la formación universitaria depende del suficiente aprendizaje previo de los estudios elementales (Newman 2014Newman, John Henry. 2014. La idea de la universidad. MadridEncuentro. [Google Scholar], 109 y ss.) que explica en la Lección 4 de la segunda parte de Idea (Newman 1907Newman, John Henry. 1907. The Idea of a University. LondonLongmans, Green and Co. [Google Scholar]), primeramente, publicada en la Catholic University Gazette y en My Campaign in Irelandentre 1854–1856. La atención de Newman se centra en la educación del intelecto para pensar con rigor y saber interrelacionar los conocimientos que se van adquiriendo y asimilando.

El primer peldaño para andar el camino hacia el saber es la Gramática o análisis científico de la lengua. Dominar la propia lengua lleva a ser capaz de entender el significado de las frases y su fuerza comunicativa, cuando uno se enfrenta a determinados párrafos. El alumno podrá, entonces, construir una frase o analizarla.

Una vez dominada la Gramática, se puede subir al peldaño de la composición, lo que requiere previamente el haber sido constante en la lectura guiada, con un método apropiado para adquirir rigor, yendo al fundamento y al verdadero sentido de las cosas. Este ejercicio forma en la mente la capacidad de análisis. Para componer, es necesario pensar antes de escribir, y no redactar hasta que se tenga algo que decir. El tema sobre el que se escribe ha de ser concreto y la composición ha de versar sobre el tema, con un enfoque amplio y no sólo una parte del él sin su contexto. Newman enumera los cuatro requisitos para la buena composición de la siguiente manera: ‘buena dicción o corrección de vocabulario, sintaxis, idioma y elegancia. El punto que exige especial atención es la propiedad idiomática. Por idioma se entiende el uso de las palabras que es peculiar a una lengua correcta’ (Newman 2014Newman, John Henry. 2014. La idea de la universidad. MadridEncuentro. [Google Scholar], 139).

Para ello recomienda de nuevo el latín, y su correcta escritura, lo que considera el tercer peldaño para la formación intelectual elemental. Dicho adiestramiento de la mente capacita a quien ha sido universitario a enfrentar la vida social y política con un marco amplio de referencia, y a abordar el estudio de las ciencias específicas con una mente integradora de todos los conocimientos. En la educación que Newman recibió, la cultura latina y por tanto su lengua y literatura se consideraba una pieza esencial en la formación intelectual. Él mismo consideraba que su estilo de escritura en inglés la había aprendido de los textos latinos de Cicerón. El latín es una lengua muy lógica y por ello forma de manera eficaz la mente. A pesar de no ser el inglés una lengua romance, Newman anota como un resultado de buen aprendizaje de la Gramática inglesa el saber traducir una frase inglesa al latín, construyendo una nueva frase, lo que prueba que el alumno ha sabido distinguir entre una construcción latina y una inglesa. En el caso de quienes piensan y hablan en una lengua romance, se impone mucho más el estudio y dominio de la lengua latina para su adiestramiento mental (Newman 1907Newman, John Henry. 1907. The Idea of a University. LondonLongmans, Green and Co. [Google Scholar]).

Una vez que se ha explicado los elementos básicos que Newman considera para una adecuada formación intelectual en la universidad, nos centraremos en su resultado, es decir, en el perfil del egresado de una universidad que imparte una educación liberal. Newman ofrece la descripción del hombre culto y de cómo se conduce la persona que ha cultivado su inteligencia en el saber —distinto de la erudición o del conocimiento especializado en un tema aislado—, y cuya personalidad le lleva a ser dueño de sí mismo y de cada situación en la que se encuentra. Él utiliza una expresión común en su época, para calificar a una persona cabal: el gentleman(Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 210).

Durante la época victoriana, el hecho de que las personas se supieran conducir como ‘caballeros’ era esencial. El concepto de ‘gentleman’ es una invención esencialmente inglesa. El francés Hippolyte Taine intentó describir el alcance del significado de lo que se considera un ‘gentleman’ (Taine 1872Taine, Hippolyte. 1872. Notes sur l’ Angleterre. ParisLieu d’ edition. [Google Scholar]). Se trata de un constante cultivo del principal de los ideales típicamente ingleses. La clave de la cuestión es que un hombre ha de cuidar su conducta para que siempre y en todo momento se le pueda considerar un caballero, lo que corresponde a decir de las mujeres: ‘es una Lady’. Ello significa un verdadero noble, un hombre apto para mantenerse en pleno dominio de sí, con orden y mando, imparcial, correcto, capaz de exponerse a sí mismo a todos los sacrificios, ser un hombre de conciencia, cuyo generoso instinto es confirmado por su sano juicio, por lo que se comporta siempre bien con toda naturalidad, guiado por sus principios. Con esta imagen se reconoce el modelo de líder, con el típico matiz inglés de su autocontrol, su indefectible mente fría, perseverante en la adversidad, naturalmente serio, de maneras dignas, que rehúye toda afectación o fanfarroneo, que llega al nivel más alto cuando logra reunir las aspiraciones de las personas y su obediencia. El modelo de gentleman inglés queda mejor y elocuentemente retratado en el Duque de Wellington, quien se opuso militarmente a Napoleón y murió en 1852, o en algunos protagonistas prefigurados en las novelas costumbristas de Jane Austen.

Si bien Newman asimila el término inglés y su significado, él imprime a la palabra gentleman un contenido más profundo que el que transmite la figura de Wellington. A través de ‘algunos rasgos del carácter ético formado por un intelecto cultivado’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 212), la mente de Newman podría evocar la figura de William Wilberforce (1759–1833), quien desde el Parlamento británico logró la abolición de la esclavitud, e incluso a una personalidad tan amable, íntegra y sólida, de hombre cabal, como la de Jesús de Nazareth.

Su interés es capital es señalar que el fin de la universidad que propone es el saber en sí mismo, y que su consecuencia subjetiva da como resultado al verdadero universitario, profesor y alumno, que habrá de ser un hombre culto, un gentleman. Haremos a continuación un análisis breve de la descripción de cómo se conduce la persona verdaderamente cultivada.

Newman utiliza las siguientes palabras: ‘Es casi una definición de gentleman decir que es un hombre que nunca infringe dolor. Esta descripción es cuidadosa y, dentro de lo posible, precisa. Un caballero se ocupa, en gran medida, en remover los obstáculos que impiden la actividad libre y desenvuelta de quienes le rodean, y se suma a sus movimientos más bien que tomar él mismo la iniciativa’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 210). Para graficar estas palabras consideremos, en contraste, aquellos medios impresos de información que explotan comercialmente la tragedia de otros. Si por el contrario el editor se detuviera a pensar, antes de redactar una nota, que lo que publicará va a ser leído por la familia de aquel sobre quien informa, sin lugar a dudas cambiaría el tono de la noticia. Al respecto Newman había tomado como máxima el tratar a todos con tal delicadeza que incluso respecto a sus enemigos encontraba la frase amable considerando que quizá algún día podrían llegar a ser sus amigos.

La vasta cultura permite ‘evitar todo enfrentamiento de opiniones, toda colisión de sentimientos, todo retraimiento, recelo, melancolía o resentimiento, porque su gran preocupación es que todos se hallen a su gusto y como en casa. Están pendientes de todos y de cada uno’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 211). Para ello es necesario conocer y tener un profundo respeto por los interlocutores. Ser capaz de entender la posición desde donde otros captan aquella realidad y lograr comprender su postura, para localizar los puntos en los que pueden estar de acuerdo y a partir de ahí, exponer y argumentar. Es decir, el hombre culto ‘sabe bien con quien habla, se guarda de alusiones inoportunas o temas que puedan molestar’ (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar], 211).

Newman expresa una síntesis de lo que se ha dicho cuando menciona la transformación que los nuevos alumnos experimentarán en sus aulas: de ser sólo unos muchachos, pasarán a ser verdaderos hombres. Estas fueron sus palabras durante el discurso inaugural de la Universidad Católica de Irlanda, en marzo de 1854: ‘Un gentleman, si he de mencionar la diferencia entre un niño y un verdadero hombre, debo decir que un niño vive de lo que aún no es y atento a lo que le circunda de manera inmediata, depende de otros que le instruyen y con medidas impuestas; mientras que el hombre se conduce con gran mesura y en sus decisiones depende de sí mismo’. En aquella ocasión, Newman añadió: aquí vendrás a aprender cómo pasar de ser un niño a convertirte en un verdadero hombre’ (Shrimpton 2014Paul Shrimpton2014. The ‘Making of Men’. The Idea and Reality of Newman’s University in Oxford and Dublin. EnglandGracewing. Foreword of Ian Ker [Google Scholar], 177).

5. Actualidad de su propuesta

La educación liberal que propone Newman responde a una serie de debates e inquietudes en la educación superior actual. Siguiendo su punto de vista, es pertinente comenzar por devolver a la palabra ‘universidad’ su sentido original. Es decir, denominar universidad a aquellas instituciones que buscan el saber como fin en sí mismo. Y por ello, desarrollan los distintos ámbitos del saber, no de manera aislada, sino en diálogo constante. Por el contrario, aquellas instituciones de educación superior que no cultiven los ideales y prácticas propias de una verdadera universidad, no deben denominarse como tales, sino que pueden utilizar títulos como el de instituto o tecnológico, centro de educación superior o academia, donde el fin es la profesionalización, la transmisión de conocimientos restringidos a la acción externa de un trabajo. Con ello se dejará claro que, para que se llegue a una verdadera formación intelectual, los jóvenes deberán recibir una ayuda complementaria, con el fin de aprender a reflexionar y ser personas críticas (Newman 1907Newman, John Henry. 1907. The Idea of a University. LondonLongmans, Green and Co. [Google Scholar]).

La universidad debe enseñar a pensar, de otra manera no cumple con su función educativa. El aprender a pensar es una tarea ardua, que perfecciona a quien lo logra, al mismo tiempo tiene un impacto práctico. Así, la educación liberal, el gusto por aprender que propone Newman, es la adecuada respuesta de que los estudios universitarios sean también útiles a la sociedad.

La inclusión de las humanidades en los estudios universitarios no es una cuestión opcional e irrelevante. De ello depende, en buena parte, que la institución pueda llamarse legítimamente una universidad. Las humanidades, si bien son indispensables en la idea o diseño originario de una universidad, hoy día resultan ser una necesidad urgente para la formación de las nuevas generaciones que requieren de un pensamiento crítico para saber discernir lo verdadero de lo falso, lo que concuerda con la realidad y está expresado con suficiente rigor y lo que es verbosidad.

Cabe aclarar que no se trata simplemente de incluir unas cuantas asignaturas más al plan de estudios profesionales. La meta es lograr un conocimiento unitario. No basta abarcar toda la gama de saberes, no es una cuestión cuantitativa, sino que se requiere el diálogo positivo, la formación apropiada para que en la mente del universitario se vayan articulando las distintas facetas de la única realidad. Para ello hace falta la vinculación entre las propuestas de las diversas ciencias hasta armar una formulación verosímil y verdadera de la realidad en la que cada objeto de estudio y enfoque de las ciencias aporta sus propios elementos de ese todo armónico y jerárquico. Finalmente, el universitario reconocerá el lugar que a cada cosa le corresponde. Se requiere entonces la promoción del intercambio interdisciplinario (Newman 1996Newman, John Henry. 1996. Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria. PamplonaEUNSA. Traducción, introducción y notas de José Morales. [Google Scholar]).

La formación intelectual, la capacitación de la mente, requiere de una guía personal. Porque la formación humanista que ofrecen los libros escritos que transparentan la naturaleza humana, se facilitan con la cercanía de un tutor. Newman se refiere a la acción tutorial. Cuando él comenzó a trabajar como fellow en Oriel College a los 22 años fue Richard Whately, quien le transmitió de manera personal su experiencia en el trabajo intelectual y el uso de las herramientas que desarrollan la mente, por ello dejó escrito que fue él la primera persona que abrió su mente, le enseñó a pensar, a utilizar su razón e imprimió las ideas y principios de conocimiento que le ayudaron a conformar su propia forma de pensar (Ker 2010Ker, Ian. 2010. John Henry Newman Una biografía. MadridPalabra. Trad. Rosario Athié y Josefina Santana Villegas. [Google Scholar]).

Hoy día se puede con facilidad constatar en los egresados de una institución superior si llegaron a ser verdaderos universitarios. Si realmente han logrado ser personas cultas, en quienes se puede confiar por tener criterio, carácter y rigor mental. Se trata de un efecto personal, una condición y una manera de estar en el mundo. Cuánta necesidad se tiene hoy, tanto en el ámbito social como laboral, de personas gentiles, con dominio de sí, que sepan cuál es su verdadero bien y lo que les corresponde decir y hacer en cada momento, conscientes de sus limitaciones y responsabilidades, dispuestos a aportar con generosidad lo que son capaces de hacer por el bien de la sociedad a la que pertenecen.

Así la formación humanista tendrá un rol clave en la universidad, para formar mujeres y hombres cultos, capaces de aportar al mundo postmoderno la verdadera innovación: desde una visión que respeta lo que puede ser de otra manera, sin perder lo que es ineludible.

6. Conclusión

La propuesta de Newman responde al reclamo de devolver a la universidad la orientación que le corresponde, de recordar que su fin es primordialmente el saber universal, objeto de la inteligencia. En el proceso de formación de la inteligencia se comienza por la capacitación de la mente de los estudiantes, con la disciplina que se require, gracias a la promoción de las habilidades que proporcionan las matemáticas, el dominio de la propia lengua y las leyes de la lógica, es posible pensar con rigor, corrección y verdad. Con esta preparación, la mente se abre a la búsqueda del conocimiento de la realidad, articulando las distintas áreas del saber, distinguiendo unas de otras y completando el horizonte que ofrece el mundo natural y el mundo cultural.

La educación liberal, basada en la formación a traves del conocimiento profundo de la realidad humana y de su entorno, posibilita el logro de una visión amplia de lo que es esencial, gracias al diálogo interdisciplinario con los expertos de las distintas áreas de conocimiento y la guía del tutor. De esta manera se alcanzan otros dos objetivos de la educación superior: primero la promoción de la cultura, de la verdadera cultura que proporciona las condiciones para el desarrollo de las personas como tales; y segundo, la promoción de mujeres y hombres cultos que sean dueños de sí mismos, que sepan estar en el lugar que les corresponde y aportar a su entorno lo mejor de sí.

Entonces, como universitarios comprometidos con sus contemporáneos y con las generaciones futuras, sabrán ser ciudadanos participativos, positivamente críticos, no susceptibles de corrupción, ni fáciles presa de quienes pretenden manipularlos. Sólo así se puede hablar legítimamente de democracia y de promoción de la paz, tan urgente en nuestros propios países y en las relaciones con los demás.

 

 

Artículo de Rosario Athié, publicado en la revista Church, Communication and CultureVolume 3 Issue 1, ya está disponible a través de: tandfonline.com